Un niño puede recitar la tabla del siete de corrido y quedarse en blanco
cuando le preguntan cuánto es siete por ocho. No es una contradicción: ha
aprendido una canción, y la canción solo se puede cantar desde el
principio.
El bingo rompe esa dependencia por la vía más simple. En el cartón hay
resultados; quien canta lee la multiplicación. Para tachar hay que ir de la
cuenta al número, sin poder empezar por el uno por siete. Es el mismo trabajo
que pide Tablas de multiplicar en
pantalla, con la diferencia de que aquí hay tres personas alrededor de la
mesa.
Por qué el sentido importa
Las tablas se usan en dos direcciones. Hacia delante, para multiplicar:
sé siete por ocho, escribo 56. Hacia atrás, para dividir: veo 56 y necesito
saber que es siete por ocho. La segunda es la que hace falta para las
divisiones, para simplificar fracciones y para casi todo lo que viene
después.
Y la segunda es la que casi no se practica, porque el formato habitual de
repaso —recitar o rellenar una cuadrícula— trabaja solo la primera. El bingo
está construido al revés a propósito.
Se nota enseguida quién tiene la tabla de verdad y quién tiene la canción.
El que la tiene de verdad tacha en un segundo; el otro empieza a mover los
labios desde el uno por siete, y para cuando llega, ya han cantado otra.
Cómo se juega en casa
Cada jugador coge un cartón con nueve resultados. Un adulto —o un niño
mayor— hace de quien canta, con las fichas de las multiplicaciones en una
bolsa o boca abajo sobre la mesa. Se saca una, se lee en voz alta, y quien
tenga el resultado lo tacha. Gana el primero que completa el cartón.
Con la casilla del centro libre, una partida dura entre cinco y diez
minutos, que es la duración ideal: lo bastante corta para repetirla y lo
bastante larga para que pasen treinta multiplicaciones por la mesa.
Conviene cantar despacio las primeras partidas y dejar cinco segundos
entre una y otra. El que va a rebufo mirando el cartón del vecino no está
calculando, está copiando, y eso desactiva todo el ejercicio.
Tres o cuatro jugadores
Con dos personas la partida se acaba en un minuto y no da tiempo a nada.
Con tres o cuatro hay suficiente tensión y suficientes repeticiones. Y si hay
niños de edades distintas, el bingo tiene una virtud que pocos juegos de
mesa tienen: el pequeño puede jugar con un cartón de sumas mientras el mayor
juega con uno de tablas, con las mismas reglas y en la misma mesa.
Otra manera de igualar: al que va más adelantado se le da el papel de
cantar. Leer la multiplicación, comprobar quién ha acertado y llevar las
fichas cantadas es un trabajo distinto y más exigente que tachar.
Qué números van en los cartones
Los nuestros llevan solo resultados que aparecen en las tablas del 2 al 9:
12, 14, 15, 16, 18, 21, 24, y así hasta 81. No hay números imposibles de
sacar, que sería frustrante, ni números que salen con demasiadas cuentas
distintas.
Hay un detalle que se puede aprovechar cuando ya se juega con soltura:
algunos resultados salen de varias multiplicaciones —24 es 3 por 8 y también
4 por 6— y otros de una sola. Preguntar «¿de cuántas maneras puede salir el
36?» abre una conversación sobre divisores que es matemáticas de verdad y no
cuesta nada.
La versión de sumar, para los pequeños
El mismo juego funciona con sumas hasta veinte a partir de los seis años,
y merece la pena empezar por ahí incluso con niños que ya multiplican: las
reglas se aprenden con lo fácil y después se cambia el contenido sin volver a
explicar nada.
Con sumas, además, la partida es más rápida y las probabilidades de que
todos tachen algo en cada ronda son mayores, lo que evita el desánimo del
que lleva el cartón limpio a la quinta ficha.
Qué no esperar de un bingo
No enseña las tablas desde cero. Un niño que no tiene ninguna tabla
sabida juega mirando el cartón sin entender qué busca y se aburre en dos
rondas.
Lo que hace es consolidar y agilizar lo que ya está a medias, y eso lo
hace muy bien: treinta multiplicaciones por partida, con atención sostenida
porque hay que estar pendiente de cada una que se canta, aunque no toque en
el propio cartón. En el artículo sobre por
dónde empezar con las tablas está el orden que conviene seguir antes de
llegar aquí.
El papel de quien canta
Se suele dar por hecho que es el papel aburrido, el que le toca al adulto
porque alguien tiene que hacerlo. Es al revés: es el más exigente de la
mesa.
Quien canta lee la multiplicación, la resuelve mentalmente para poder
comprobar, y vigila que quien ha tachado lo haya hecho bien. Eso son tres
cosas a la vez sobre cada ficha, y treinta fichas por partida. Un niño de
nueve años que ya vuela con las tablas saca más de cantar que de jugar.
Y hay un beneficio social que no conviene desaprovechar: el que canta
manda. Para un hermano pequeño que siempre pierde, o para un niño que se
frustra con facilidad, tener el control del ritmo de la partida cambia por
completo cómo la vive.
Cuando alguien no tacha nunca
Pasa, y es la manera más rápida de que un niño no quiera volver a jugar.
Con nueve casillas y veintiséis números posibles, la mala suerte existe.
Hay dos remedios sencillos. El primero: cartones más pequeños, de dos por
dos, cuando juegan niños de edades muy distintas. El segundo, mejor: no jugar
a línea ni a cartón lleno sino a cinco casillas, de modo que las partidas
sean cortas y haya muchas.
Y una regla que suaviza mucho el asunto: si alguien canta un número que
otro tiene y no ha visto, se le avisa. No es competición de vista, es repaso
de tablas — y una tarde con tres partidas jugadas vale más que una con una
partida ganada.
Cómo practicarlo jugando
Tablas de multiplicar hace el
repaso individual en partidas de cinco minutos, con opciones falsas que son
productos vecinos para que no se pueda acertar por descarte.
Divisiones con resto es donde
se cobra el trabajo del bingo: ir del producto a la cuenta es exactamente lo
que pide una división. Y Encuentra la
pareja mantiene despierta la memoria visual que hace falta para no
perderse en el cartón.
Qué imprimir
El Bingo de multiplicar
trae cartones para tres jugadores y las fichas para quien canta, todo listo
para recortar.
Para los más pequeños, el Bingo de
sumas hace lo mismo con sumas hasta veinte. Y si lo que hace falta es
repasar las tablas en papel antes de jugar, las Tablas mezcladas son el
material directo.
Lo esencial
- Recitar la tabla entrena un solo sentido. El bingo obliga al contrario:
del resultado a la cuenta, que es el que hace falta para dividir.
- Cantad despacio las primeras partidas: el que va a rebufo del vecino no
está calculando.
- Tres o cuatro jugadores. Con dos se acaba antes de que pase nada.
- Al más adelantado, el papel de cantar: es más difícil que tachar.
- No enseña las tablas desde cero, las consolida. Con cero tablas sabidas,
el juego aburre en dos rondas.