Se le enseña a un niño de siete años un mapa de España con las diecisiete
comunidades y se le pide que se las aprenda. A la semana siguiente sabe cuatro y
a los dos meses ninguna.
No es memoria: es que esos nombres no están enganchados a nada. Un mapa
significa algo cuando uno puede señalar en él un sitio donde ha estado.
De dentro afuera
La geografía se construye por círculos, y el primero es muy pequeño.
La casa y la calle. A los cuatro años: saber su calle, el
número, si el parque está a la derecha o a la izquierda al salir.
El barrio o el pueblo. A los cinco o seis: el camino al
colegio, dónde está el supermercado, cómo se llama el sitio donde vive.
La ciudad y la comunidad. A los siete: el nombre de su
comunidad, la capital, si hay mar o montaña cerca.
El país. A los ocho: las comunidades, los ríos grandes, las
islas.
El mundo. A los nueve: los continentes, y que España está en
Europa.
Saltarse los primeros es lo que convierte el mapa en una lista. Y el trabajo
de situar cosas unas respecto a otras empieza mucho antes, con cualquier cosa que
pida colocar en el espacio — como ¿Dónde
vive cada uno?, que es geografía sin mapa.
El mapa que sí funciona
Uno colgado en la pared, grande y a su altura. Y con chinchetas o
pegatinas.
Lo que lo convierte en algo suyo es marcar sitios que le importan: donde vive,
donde viven los abuelos, dónde fue de vacaciones, de dónde es alguien de su
clase.
Con cinco o seis chinchetas puestas, el mapa deja de ser un dibujo y pasa a
ser un sitio donde están sus cosas. Y a partir de ahí, cualquier nombre nuevo se
coloca respecto a los que ya hay.
El del tiempo del telediario funciona igual de bien y es gratis: sale todos
los días y siempre con las mismas formas.
Lo que de verdad ancla
Los viajes. Aunque sean cortos. Después de ir a un sitio, ese
sitio existe en el mapa.
La familia. De dónde es cada uno. Es el mejor motivo que hay
para que a un niño le importe una provincia.
El tiempo. Que en el norte llueva y en el sur haga calor se
ve todos los días en la tele, y explica los paisajes mejor que cualquier
texto.
La comida. Los productos de cada sitio, las fiestas, los
platos. Se comen, y eso los fija.
El fútbol. Para muchos niños de ocho años es el mapa mejor
aprendido que tienen, y no hay ninguna razón para desaprovecharlo.
Los nombres sin nada detrás
Hay una diferencia grande entre saber que el Tajo es el río más largo y saber
qué es un río.
Lo segundo se aprende viendo uno: de dónde viene el agua, hacia dónde va, que
acaba en el mar. Con eso hecho una vez, cualquier río del mapa significa
algo.
Y lo mismo con una montaña, una isla o una costa. Son palabras que parecen
sabidas y muchas veces no lo están — un niño de ciudad puede no haber visto nunca
un río de verdad.
Por eso conviene empezar por los conceptos y no por los nombres propios. Los
nombres se cuelgan después y solos.
Las comunidades, sin lista
Diecisiete nombres de golpe no se sostienen. Lo que sí funciona es irlas
metiendo por motivos.
La suya, para empezar. Las de la familia. Las que salen en las noticias o en
el tiempo. Las que se visitan. Las de los compañeros de clase.
Al cabo de un año hay ocho o diez colocadas con algo detrás, y las que faltan
se aprenden en un rato porque ya hay un mapa donde ponerlas.
Y conviene contar por qué existen: que cada una tiene su gobierno, sus
costumbres y a veces su lengua. Eso explica cosas que un niño nota —que en
Cataluña o en Galicia se hable otro idioma— y que si no quedan como rarezas.
Las lenguas de España
Merece un apartado porque es de lo que más pregunta un niño y de lo que peor
se explica.
En España se hablan varias lenguas y todas son españolas: el castellano en
todas partes, y además el catalán, el gallego, el euskera y el valenciano en sus
comunidades.
Contarlo con naturalidad —como un hecho, no como un problema— evita bastantes
ideas raras. Y para un niño es fácil de entender: en su clase puede haber alguien
que en casa hable otro idioma, y eso ya lo sabe.
El euskera además tiene algo que suele fascinar: no se parece a ninguna otra
lengua de Europa, y nadie sabe muy bien de dónde viene.
El mundo, y por qué España está donde está
Hacia los nueve años se puede dar el salto, y hay dos ideas que ordenan todo
lo demás.
Que España está en el sur de Europa, con mar por casi todos lados, y eso
explica el clima. Y que al otro lado del estrecho está África, muy cerca — a
catorce kilómetros.
Con un globo terráqueo se ve en dos minutos. Y de paso se ve por qué en
Canarias hace buen tiempo todo el año: están mucho más al sur.
Los mapas que engañan
Conviene saberlo porque un niño de nueve años lo pregunta tarde o temprano:
todos los mapas del mundo mienten un poco, y no se puede evitar.
La Tierra es redonda y el papel es plano, así que al aplanarla algo se
deforma. En el mapa más común, los países del norte salen mucho más grandes de lo
que son: Groenlandia parece como África y África es catorce veces mayor.
Se comprueba con un globo terráqueo al lado, y es de las cosas que más
impresionan a esa edad. Y enseña algo que vale para todo: un dibujo de la
realidad no es la realidad.
La conclusión práctica es tener las dos cosas si se puede — un mapa plano para
mirar y un globo para comprobar.
Las escalas y el «cuánto se tarda»
Las distancias en un mapa no significan nada hasta que se convierten en algo
que el niño conoce, y lo que mejor funciona es el tiempo.
De Madrid a Barcelona son seiscientos kilómetros, que no dice nada. Son tres
horas en tren, que sí — porque tres horas es una película y media.
Marcar en el mapa los sitios a los que se ha ido con el tiempo que se tardó
construye una escala real. Y a partir de ahí, un sitio nuevo se estima solo.
Es la misma idea que estimar antes de medir: hace falta una referencia
conocida antes de que los números signifiquen algo.
Cómo practicarlo jugando
¿Dónde vive cada uno? trabaja los
hábitats, que es la geografía del mundo natural y va antes que la política.
Estaciones del año conecta con el
clima, y Qué sobra con clasificar, que es lo que
se hace al agrupar comunidades por costa, montaña o isla.
Cinco minutos. Y un mapa colgado, que trabaja solo.
Qué imprimir
Leer sobre España trae textos
cortos sobre las comunidades, los ríos y las islas con preguntas, y una pregunta
en cada hoja que pide mirar su propio caso: en qué comunidad vive, cómo es el
paisaje donde está.
Son textos informativos, así que se leen despacio y se vuelve atrás — está
contado en Leer para aprender.
Y Leer sobre el mundo
para los conceptos de detrás: el agua, las plantas, cómo funcionan las cosas.
Lo esencial
Un mapa no significa nada hasta que se engancha a algo conocido, así que la
geografía se construye de dentro afuera: la calle, el barrio, la comunidad, el
país, el mundo. Lo que ancla son los viajes, la familia, el tiempo que hace y la
comida — cosas con las que el niño tiene algo que ver. Los conceptos van antes que
los nombres propios: saber qué es un río importa más que saber cuál es el más
largo. Y las diecisiete comunidades no se aprenden en lista sino de una en una y
por un motivo.