La dificultad de un mapa no está en los nombres ni en los colores: está en
que hay que mirar desde arriba, y un niño nunca ha mirado nada desde arriba.
Por eso dibuja la mesa con sus cuatro patas cuando se le pide el plano de su
habitación. Está dibujando lo que ve, que es lo razonable.
Mirar desde el techo
Un plano es lo que vería un pájaro parado justo encima. Desde ahí una mesa es un rectángulo y las patas no se ven porque quedan debajo.
La manera de enseñarlo no es explicarlo: es hacerlo. Se pone un objeto en la mesa y se mira desde arriba, con la cabeza justo encima, y se dibuja lo que se ve.
Con tres o cuatro objetos —un vaso es un círculo, un libro un rectángulo, un lápiz una raya— la idea entra.
Y después, el plano de su habitación. Ese es el ejercicio que cierra el asunto, y sale mucho mejor si antes se ha hecho lo del vaso.
La escala
Un mapa es más pequeño que lo que representa, y hace falta saber cuánto. Eso lo dice la escala, que suele estar en una esquina con una reglita dibujada.
Si esa regla mide un centímetro y pone «1 km», cada centímetro del mapa son mil metros. Con eso se puede medir con los dedos cuánto hay de un sitio a otro.
Conviene hacerlo de verdad, con una regla y un mapa de la zona: de casa al colegio, de aquí al pueblo de al lado.
Comparar medidas y estimar es lo que trabaja Medimos, y aquí sirve para algo con consecuencias.
Los colores no son de adorno
En un mapa físico el color dice la altura, y eso permite leer un país entero sin leer un solo nombre.
Verde es lo bajo, casi al nivel del mar. Amarillo y marrón son montañas, y cuanto más oscuro, más alto. Azul es agua.
Con esa clave, mirar un mapa de España y decir dónde están las montañas es un ejercicio de tres minutos que a los ocho años sorprende.
Y explica cosas: por qué los ríos van por donde van, por qué las ciudades grandes están donde están, por qué se cruza un puerto para ir de un sitio a otro.
El norte arriba
Casi todos los mapas se dibujan con el norte arriba, y por eso se puede saber la dirección de las cosas sin brújula: lo que está más arriba está al norte.
No siempre fue así. Hubo mapas con el este arriba, porque era por donde sale el sol, y mapas con el sur arriba.
Decir que es una costumbre y no una ley de la naturaleza suele producir un momento de sorpresa bueno, y enseña algo más amplio: que muchas cosas que parecen obvias son acuerdos.
Y con eso se puede hacer el juego de girar el mapa y ver qué raro queda todo, que es exactamente lo que sentiría alguien acostumbrado a otro.
El índice y la cuadrícula
Es donde todo esto se junta y donde el mapa deja de ser un dibujo bonito para ser una herramienta.
Se busca una calle en la lista alfabética, viene con una referencia del tipo D3, y se va a esa casilla del mapa.
Para eso hacen falta dos cosas que ya se han trabajado por separado: buscar en orden alfabético y encontrar una casilla por sus coordenadas.
Y funciona muy bien hacerlo con un mapa del sitio donde se vive, buscando la propia calle. Ese momento es el que fija el tema.
Los símbolos y la leyenda
Un mapa está lleno de dibujitos que significan cosas, y todos están explicados en un recuadro que casi nadie mira: la leyenda.
Enseñar a mirarla primero es un hábito que sirve para mapas, para gráficas y para cualquier plano de un sitio.
Y admite un juego bueno: inventar los símbolos de un mapa propio. Cómo se dibuja un parque, una tienda, la casa de la abuela.
Hacer el mapa del barrio con su leyenda y su escala aproximada es probablemente el mejor proyecto de este tema entero.
A qué edad
Cuatro y cinco años. Nada de mapas: dibujar un objeto visto desde arriba, y planos de la mesa.
Seis y siete. El plano de la habitación y de la casa. Y los mapas del mundo como dibujo, sin exigir nada.
Ocho. La escala, los colores y el norte. Y buscar por coordenadas.
Nueve. Hacer un mapa propio con leyenda, y leer un mapa de carreteras de verdad.
Lo que no funciona
Empezar por el mapamundi. Es lo más grande y lo más abstracto. La habitación primero.
Memorizar nombres. Saberse los ríos de memoria no es leer un mapa, y se olvida en un mes.
Mapas solo en pantalla. El de papel se ve entero de golpe, y eso es justo lo que hay que aprender a mirar.
Explicar sin un mapa delante. Este tema entero necesita uno abierto en la mesa, y sin él no se sostiene.
Antes del mapa, orientarse
Hay un paso previo que se salta casi siempre y que explica por qué a algunos
niños el mapa no les entra: saber orientarse sin papel.
Es decir, saber dónde está uno, por dónde ha venido y hacia dónde va. Eso se
practica andando y preguntando, no dibujando.
Las preguntas que sirven son concretas: ¿por dónde hemos venido? ¿queda a la
derecha o a la izquierda? ¿está más cerca el parque o el colegio?
Un niño que contesta esas tres entiende un mapa enseguida. Uno que no, va a
copiar dibujos sin que signifiquen nada por mucho que se le explique la escala.
El mapa del camino al colegio
Es el proyecto que junta todo el tema y se hace en dos tardes.
Se anda el camino apuntando lo que hay: las esquinas, los cruces, una tienda,
un semáforo. Después, en casa, se dibuja de memoria mirando las notas.
Sale torcido y sin escala, y da igual: lo que importa es que el orden de las
cosas sea el bueno y que alguien pudiera seguirlo.
La comprobación es lo mejor: se vuelve a hacer el camino con el mapa en la
mano y se corrige lo que falte. Ahí el niño descubre solo qué es lo que hace útil
a un mapa.
Cómo practicarlo jugando
Dictado en cuadrícula entrena moverse por una rejilla, que es la base de buscar por coordenadas.
Encuentra el objeto trabaja la búsqueda ordenada, y Medimos comparar distancias.
Cinco o diez minutos. Y un mapa de papel abierto en la mesa, que es lo que de verdad enseña.
Con la brújula lleva al hámster por un plano con órdenes como «tres pasos al norte», con el norte siempre arriba.
Qué imprimir
Leer sobre los mapas son cuatro textos con preguntas: mirar desde arriba, la escala, los colores y el norte.
Más colorear por coordenadas practica encontrar una casilla, que es lo que pide el índice de un mapa.
Y Leer sobre España para poner nombres a lo que se ha aprendido a mirar.
Lo esencial
Lo que cuesta de un mapa es que hay que mirar desde arriba, y nadie ha mirado nunca desde ahí: por eso se empieza dibujando un vaso visto desde el techo y el plano de la propia habitación, no con el mapamundi. La escala se aprende midiendo de verdad con una regla, los colores dicen la altura y permiten leer un país sin leer un nombre, y el norte arriba es una costumbre y no una ley. Y todo se junta buscando la calle de casa en el índice.