Un niño termina una hoja, la entrega, y vuelve con siete marcas rojas: dos
faltas de ortografía, una letra torcida, un número mal alineado, dos operaciones
mal y un punto que falta.
Todo verdad, y aun así la corrección no ha servido de nada. Siete cosas a la
vez no dicen qué hacer distinto mañana — solo dicen que ha salido mal.
Corregir una cosa
Vale la pena mirar antes cómo corrige una pantalla, porque lo hace bien sin
proponérselo: en Laberinto el error se ve en el
momento, no viene de una persona y no queda ninguna marca al terminar. Esas tres
cosas son las que hay que imitar en el papel.
Es la regla que más cambia el resultado: una sola cosa por hoja,
elegida antes de empezar.
Si hoy se trabaja el punto final, se señala el punto final. Las faltas de
ortografía de esa misma hoja se dejan pasar, aunque salten a la vista.
Suena a dejar pasar errores y lo es, a propósito. Un niño puede cambiar un
hábito a la vez; señalándole tres no cambia ninguno y además se lleva la
sensación de que todo lo hace mal.
Y la elección conviene anunciarla: «hoy miramos solo los puntos». Así la
corrección deja de ser un juicio y pasa a ser parte del ejercicio.
Antes, durante o después
Los tres momentos sirven para cosas distintas y el peor es el que más se usa.
Antes. Recordar la regla del día en una frase, mientras
todavía no hay nada escrito. Es cuando más barato sale.
Durante. Un toque en el momento en que va a cometer el error.
Es lo más eficaz de los tres y lo que menos se hace, porque exige estar al
lado.
Después. Es lo habitual y lo más flojo: llega cuando la hoja
ya está hecha, cuando el niño ya ha desconectado y cuando no se sabe qué estaba
pensando al equivocarse.
Si solo se puede hacer al final, conviene al menos hacerlo con la hoja delante
y con él, no en rojo y a solas.
Señalar dónde, no qué
Hay una diferencia grande entre corregir y dar la respuesta.
«Aquí hay una falta» deja el trabajo en su sitio. «Aquí va be y no uve» lo
termina uno mismo. La primera hace que vuelva a mirar; la segunda, que copie.
Lo mismo con las cuentas: una marca al lado de la operación que no cuadra, sin
decir cuál es el resultado bueno. Encontrar el propio error es un ejercicio
aparte y de los que más enseñan.
Y en un problema, la mejor corrección no es una marca sino una pregunta: «¿de
dónde has sacado este número?». La respuesta suele revelar el fallo mejor que
cualquier repaso.
Los errores que no son errores
Conviene distinguirlos porque señalarlos hace daño y no arregla nada.
Los de la edad. Escribir todo junto a los seis años, poner la
letra al revés, decir «rompido». Son etapas y se pasan solas.
Los de cansancio. Aparecen al final de la hoja y no al
principio. La respuesta no es corregir sino parar antes la próxima vez.
Los que demuestran que está pensando. «Cabo» por «quepo» es
una regularización — ha aplicado bien una regla a un verbo irregular. Merece más
un comentario curioso que una corrección.
Los de un método más largo pero correcto. Sumar para
multiplicar, contar con los dedos. No están mal: están en camino.
Qué se dice cuando está bien
Aquí se falla tanto como al corregir, y en la misma dirección: se dice
demasiado poco o demasiado vago.
«Muy bien» no informa. Lo que sirve es señalar qué ha estado bien y
que sea algo que él controle: «has empezado por los bordes», «has vuelto a mirar
el texto para contestar», «no has usado los dedos en esta».
Eso además hace algo útil de fondo: pone el mérito en lo que hizo y no en lo
listo que es. Un niño al que se le dice que es muy listo tiene algo que perder
la próxima vez que algo le salga difícil.
La hoja que sale mal entera
Pasa, y lo que se haga entonces importa bastante.
Corregirla toda es inútil: si el ochenta por ciento está mal, el nivel no era
el de hoy. Lo que toca no es una corrección sino un escalón más abajo, y no hace
falta decirlo — basta con que mañana aparezca otra hoja.
Y conviene tener claro que una hoja que sale mal entera es información valiosa
y no un mal día: dice exactamente dónde está el límite, que es lo que se
necesitaba saber. Sobre cómo moverse entre escalones hay más en Cuándo subir de nivel.
Que se corrija solo
Es el objetivo de todo esto y llega antes de lo que parece si se enseña.
En lectura: leer en voz alta lo escrito. En cálculo: comprobar el resultado al
revés —si 12 − 5 son 7, entonces 7 + 5 tienen que ser 12—. En un problema:
preguntarse si el resultado tiene sentido.
Esas tres comprobaciones se pueden enseñar a los siete u ocho años y cambian
la relación con el error: pasa de ser algo que descubre otro a algo que uno
mismo caza.
Y hay un ejercicio buenísimo para instalarlo: darle una hoja ya hecha con tres
fallos metidos a propósito y que los encuentre. Buscar errores en algo ajeno es
mucho más fácil, y después se traslada a lo propio.
El tono, en dos frases
No hace falta un discurso. Lo que marca la diferencia es de dónde se habla:
del trabajo o de la persona.
«Aquí falta un punto» habla del trabajo. «Nunca te acuerdas de los puntos»
habla de él. La primera se puede arreglar en diez segundos; la segunda no se
puede arreglar de ninguna manera.
Cuando el error se repite
Hay fallos que vuelven una y otra vez por mucho que se señalen, y ahí conviene
cambiar de estrategia en vez de subir el volumen.
Un error que se repite casi siempre significa una de dos cosas: o el hábito
correcto todavía no está automatizado y compite con el antiguo, o falta entender
algo que hay debajo.
Se distinguen con una pregunta: pedirle que explique la regla. Si la dice bien
y aun así falla, es automatización — y eso se arregla con repetición corta y
diaria, no con explicaciones. Si no la sabe explicar, hay que volver atrás.
Y hay un tercer caso que conviene tener presente: el error que solo aparece
cuando escribe deprisa o cuando el ejercicio es largo. Ese no es de conocimiento
ni de hábito — es de carga, y se arregla acortando la tarea.
Cómo practicarlo jugando
Los juegos de pantalla corrigen solos y en el momento, que es justo el mejor
momento — y sin que la corrección venga de una persona, que quita todo el peso
emocional.
Laberinto y Sudoku para niños tienen además una
propiedad útil: el error se nota solo, sin que nadie lo señale. Y Sumar jugando da la respuesta buena al momento,
que es cuando más se aprovecha.
Cinco minutos. Y en el papel, una cosa por hoja.
Qué imprimir
Las hojas con soluciones son las mejores para esto, porque permiten que la
corrección sea suya:
Problemas de sumar y restar, Comprensión lectora y Sumas hasta 20 traen todas la suya
al final.
La manera de usarlas es dársela a él cuando ha terminado, no quedársela: que
compare y marque lo que no coincide. Ahí la corrección deja de ser un juicio.
Y sobre cuánto intervenir en general, Deberes: cuánto ayudar.
Lo esencial
Corregirlo todo enseña menos que corregir una cosa: un niño puede cambiar un
hábito a la vez, y siete marcas solo dicen que ha salido mal. Se elige qué se va
a mirar antes de empezar y se anuncia. Se señala dónde está el fallo, no cuál es
la respuesta. Hay errores que no son errores —los de la edad, los de cansancio y
los que demuestran que está razonando— y no se tocan. El elogio también tiene que
ser concreto y sobre lo que hizo, no sobre lo listo que es. Y el objetivo es que
acabe corrigiéndose solo.