Hay niños que borran hasta agujerear el papel, que no levantan la mano si no están seguros del todo y que cierran el cuaderno en cuanto un ejercicio se les resiste. No es falta de ganas: es que fallar les cuesta demasiado.
Lo que deshace eso no son los ánimos, son las tareas donde probar no penaliza. En El rectángulo de multiplicar se puede montar y deshacer la caja las veces que haga falta y no cuenta como error: solo cuenta la respuesta final.
De dónde sale
Casi siempre de una suma de cosas pequeñas. Un curso en el que todo salía a la primera y ahora no; un hermano al que se le da bien lo mismo; comentarios que celebraban el acierto y callaban cuando costaba.
También ayuda a instalarlo un detalle del material escolar: casi todo lo que hace un niño acaba corregido en rojo por otra persona. El error llega siempre de fuera y con nombre y apellidos.
Y hay una parte de temperamento que no se cambia. Un niño cuidadoso lo va a seguir siendo; lo que se puede cambiar es el precio que le pone a equivocarse, y eso sí se mueve.
Cómo se reconoce
Los tres síntomas más claros son borrar en exceso, preguntar «¿está bien?» después de cada línea y elegir siempre la tarea fácil cuando hay dos opciones.
Hay uno menos evidente: contestar «no lo sé» muy rápido, antes de haberlo pensado. No es desconocimiento, es una manera de salir de la situación sin arriesgar.
Y otro que suele confundirse con vagancia: dejar el ejercicio a la mitad y ponerse a hacer otra cosa. Abandonar antes de fallar deja el resultado en «no lo he terminado», que duele menos que «lo he hecho mal».
Tareas donde probar es gratis
La forma más rápida de bajar el precio del error es pasar tiempo en tareas donde intentar no cuesta nada. Un laberinto que se puede recorrer con el dedo, un sudoku a lápiz, una caja que se monta y se deshace.
Lo importante es que el estado intermedio no esté mal ni bien: simplemente está a medias. Ahí el niño se permite mover cosas, y mover cosas es la única manera de encontrar la solución de algunos problemas.
Los juegos de estimar funcionan igual de bien. En ¿Dónde vive el número? se coloca a ojo y, si falla, la corrección consiste en llevar la pieza hasta el sitio bueno: el error se arregla con la mano y en dos segundos.
Qué decir cuando falla
Lo que menos funciona es «no pasa nada». El niño ya sabe que sí pasa algo, y la frase le confirma que se le está consolando, que es peor.
Funciona mejor describir sin valorar: «aquí has puesto el siete y va el ocho». Es información, se puede usar y no lleva ninguna opinión sobre él.
Y funciona mucho decir en voz alta los propios errores. Un adulto que se equivoca al sumar la cuenta del súper, lo dice y lo corrige delante, enseña más que cualquier explicación sobre el valor de intentarlo.
Separar el error del examen
Un fallo en un ejercicio de casa y un fallo en un examen no valen lo mismo, y conviene que el niño lo tenga clarísimo. Los ejercicios existen precisamente para que aparezcan los fallos.
Ayuda decirlo con esas palabras cuando se sienta a trabajar: esto no es para ver cuánto sabes, es para encontrar lo que todavía no sabes. Un ejercicio sin ningún fallo no ha servido para nada.
Y ayuda que la corrección de casa no se parezca a la del colegio. Sin rojo, sin nota, señalando el renglón en el que hay algo que revisar y dejando que lo encuentre él.
Los juegos de mesa hacen la mitad del trabajo
Perder una partida es una forma de fallar que no tiene ninguna consecuencia y que además se repite muchas veces en una tarde. Es el mejor gimnasio que hay para esto.
Conviene que el adulto no se deje ganar siempre, y que gane y pierda con la misma cara. Un mayor que se enfada al perder le está enseñando exactamente lo contrario de lo que dice.
Y conviene incluir juegos donde influya el azar. Ahí perder no significa nada sobre uno mismo, y es la puerta de entrada más suave para un niño al que ganar le importa demasiado.
Cuando el miedo se lleva la tarea entera
Si el niño se bloquea antes de empezar, el tamaño de la tarea suele ser el problema. Una hoja de veinte cuentas es una montaña; la misma hoja doblada, con cinco cuentas a la vista, es otra cosa.
Tapar el resto con un folio funciona sorprendentemente bien, y no es un truco infantil: es reducir lo que hay que decidir de golpe. Muchos adultos hacen lo mismo con una lista larga.
Y en las tareas que se le atragantan siempre, empezar por el ejercicio que sabe hacer. Los dos primeros aciertos pagan el peaje de intentar el tercero.
Lo que no hay que hacer
No hay que quitarle todas las tareas difíciles. Un niño que solo hace lo que le sale bien confirma cada día que lo difícil es peligroso, y el margen se le va estrechando.
No hay que celebrar en exceso los aciertos fáciles: aumenta el contraste con lo que cuesta y hace más caro fallar. Vale más comentar el trabajo que el resultado.
Y no hay que discutir con la frase «no sé hacerlo». Se responde poniendo el primer paso encima de la mesa y esperando, que es lo único que la desactiva.
El cronómetro, con cuidado
Medir el tiempo puede ir en las dos direcciones. A algunos niños les quita hierro —es una carrera, no un examen— y a otros les añade una presión que no necesitaban.
La diferencia está en contra qué se compite. Contra el reloj de uno mismo, apuntando lo que tardó la semana pasada, funciona casi siempre; contra otro niño, casi nunca en este caso concreto.
Y conviene cronometrar solo tareas que ya domina. Poner el reloj sobre algo que le cuesta junta las dos cosas que peor lleva, y el resultado es que deja de intentarlo antes todavía.
Antes y después de esto
Cómo corregir sin que se venga abajo está en corregir sin desanimar, y lo que enseñan las partidas perdidas, en aprender a perder.
Para el niño que deja las cosas por la mitad, cuando el niño abandona a la mitad. Y para las preguntas que se dejan de hacer por vergüenza, la edad de los porqués.
Cómo practicarlo jugando
El rectángulo de multiplicar deja probar tamaños sin penalizar: solo cuenta la caja que se entrega.
Sudoku para niños admite deshacer y rehacer, y ¿Dónde vive el número? convierte el fallo en una corrección de dos segundos.
Qué imprimir
Juegos para dos en papel pone muchas partidas cortas seguidas, que es lo que quita hierro a perder.
Acertijos de lógica se resuelven probando, y Diplomas para imprimir sirve para reconocer lo que costó y no lo que salió fácil.
Lo esencial
- Borrar en exceso, preguntar si está bien y abandonar a la mitad son la misma cosa.
- Lo que baja el precio del error son las tareas donde probar no penaliza.
- «No pasa nada» confirma que sí pasa; describir sin valorar funciona mejor.
- Un ejercicio de casa existe para que aparezcan los fallos, y conviene decirlo así.
- Perder muchas partidas cortas es el mejor entrenamiento que hay.