El sudoku tiene fama de juego de adultos y de periódico, y sin embargo la
regla se explica en quince segundos: en cada fila, en cada columna y en cada
cuadro no se puede repetir nada. Un niño de cuatro años la entiende a la
primera.
Lo que cambia con la edad no es la regla sino con qué se rellenan las
casillas. Y ahí hay una escalera de tres peldaños que conviene subir sin
saltarse ninguno.
Los tres peldaños
Con colores, 4×4. El primero de todos y el más subestimado.
No hay que leer, no hay que contar y no hay que escribir: se colorea la casilla
vacía. Todo el trabajo es de lógica pura, sin ningún peaje. Va bien desde los
cuatro años.
Con cifras, 6×6. El escalón intermedio, y el que casi nadie
usa porque no viene en los cuadernos. Introduce los números y aumenta el tamaño,
pero los bloques son de dos por tres y siguen siendo abarcables. De los seis a
los ocho.
El clásico, 9×9. Ya con bloques de tres por tres y ochenta y
una casillas. Es un salto grande y no urge: bien entrados los ocho o los nueve
años, y no antes de que el de seis salga solo.
Saltar del primero al tercero es lo que hace que muchos niños concluyan que el
sudoku no es para ellos. En Sudoku para niños está
contado el arranque; esto va del peldaño de en medio.
Para ver por dónde anda sin gastar una hoja, Sudoku permite probar los tres tamaños en
dos minutos: si el de cuatro sale solo y el de seis se atasca, ya está localizado
el escalón de hoy.
Qué cambia al pasar a los números
Tres cosas, y ninguna es la lógica.
Hay que leer la cifra. Con colores, la información entra de
un vistazo. Con números hay que reconocer el símbolo, y si eso todavía cuesta
atención, la atención se la quita al razonamiento.
Hay que escribirla. Y escribir un número dentro de una
casilla pequeña exige un control de la mano que no todos tienen a los seis
años.
Hay una tentación nueva: sumar. Muchos niños intentan al
principio hacer cuentas, porque hay cifras. No hay ninguna suma en un sudoku, y
conviene decirlo de entrada: los números aquí son etiquetas, podrían ser letras o
dibujos y funcionaría igual.
Ese último punto es el que más aclara las cosas. Si se explica que el 6 no
vale más que el 2 y que solo hace falta que no se repitan, el niño deja de buscar
operaciones y se pone a razonar.
La estrategia entera, en una frase
Buscar la fila, la columna o el bloque al que solo le falte un número.
Ahí no hay nada que decidir: solo cabe uno. Se escribe, y esa casilla nueva
suele dejar otra fila o columna a falta de uno. El sudoku entero se resuelve
encadenando eso, y no hace falta ninguna técnica más hasta bastante arriba.
Lo que hay que enseñar además es el gesto de comprobar en tres sitios antes de
escribir: su fila, su columna y su bloque. El fallo típico —y prácticamente el
único— es mirar solo la fila, y se descubre cuatro casillas más tarde, cuando ya
no hay salida y hay que empezar de nuevo.
De ahí que sea mejor a lápiz. Y que, cuando algo no cuadre, convenga rehacer
la rejilla en vez de ir corrigiendo: un número mal puesto arrastra a todos los
siguientes.
Qué entrena de verdad
Un sudoku es una máquina de practicar una sola operación mental: descartar. No
«¿cuál va aquí?» sino «¿cuáles no pueden ir aquí?», y ver qué queda.
Ese razonamiento por eliminación es raro en la vida de un niño y aparece
después en todas partes: en los problemas de matemáticas con datos que sobran, en
las preguntas de examen de varias opciones, y en cualquier situación en que haya
que llegar a una conclusión sin que nadie la diga.
Entrena además algo muy concreto: comprobar tres condiciones sobre el mismo
elemento antes de decidir. Es lo mismo que hace Clasifica en cestas cuando el criterio
cambia de una ronda a otra, y lo mismo que pide Qué
sobra al justificar por qué algo no encaja.
Señales de que todavía no toca
No hay prisa ninguna, y hay tres señales bastante claras.
Si en el de colores todavía se equivoca a menudo, el problema no son los
números: es que la regla de las tres comprobaciones no está automatizada. Se
queda unas semanas más en colores y ya está.
Si reconoce los números pero tarda, mejor esperar. La lógica necesita la
cabeza libre, y leer cifras despacio la ocupa entera.
Y si abandona a los cinco minutos con cara de agobio, casi siempre es tamaño y
no dificultad: una rejilla de treinta y seis casillas asusta a quien viene de
dieciséis. La solución es empezar por los que traen más pistas puestas, no
insistir con el mismo.
Por qué la solución única no es un detalle
Un sudoku bien hecho tiene una sola salida posible. Uno mal hecho —y los hay
en muchos cuadernos baratos— admite dos o tres, y eso produce una escena
frustrante y bastante común.
El niño resuelve la rejilla entera, comprueba que no se repite nada en ninguna
fila, columna ni bloque, y su solución no coincide con la respuesta impresa. Ha
hecho todo bien y le dicen que está mal. La conclusión que saca no es que el
cuaderno esté mal hecho: es que no lo entiende.
Merece la pena mirarlo antes de comprar. Y si aparece una situación así, lo
honesto es comprobar la rejilla del niño con él y, si cumple la regla, decirle
que la equivocada es la hoja.
El sitio y el momento
Un sudoku no es una hoja de deberes ni conviene tratarlo como tal. Es un
pasatiempo, y funciona mejor cuando no hay ningún reloj cerca: en una sobremesa,
en una sala de espera, un domingo por la mañana.
Tampoco hay que terminarlo de una sentada. Dejarlo empezado y volver al rato
es perfectamente razonable, y a partir de los siete años es además una habilidad
que conviene practicar: retomar algo a medias es más difícil de lo que parece.
Y si se atasca, la ayuda buena no es señalar la casilla que falta. Es
preguntar «¿a qué fila le falta solo un número?». Se le devuelve el método en vez
de la respuesta, y a la segunda vez ya lo busca solo.
Cómo practicarlo jugando
Sudoku es la versión de pantalla y tiene dos
ventajas sobre el papel para esta etapa: no se puede escribir un número que
rompa la regla, así que el error se detecta al momento en vez de cuatro casillas
después, y no hay que borrar nada.
Es útil justo al empezar con las cifras, cuando el niño todavía se olvida de
comprobar el bloque. Después conviene volver al papel, porque ahí sí hay que
sostener la comprobación uno mismo y eso es parte del ejercicio.
Clasifica en cestas y Qué sobra trabajan la misma familia de razonamiento
—criterios que hay que cumplir, cosas que se descartan— por caminos más ligeros.
Hay más sobre esa manera de pensar en Dónde vive cada animal.
Qué imprimir
Sudoku de colores es el primer
peldaño: rejillas de 4×4 que se resuelven con cuatro lápices y sin leer nada.
Para cuatro a siete años.
Sudoku de números es el
intermedio: 6×6 con cifras del 1 al 6, seis rejillas repartidas en tres hojas y
con las pistas bajando poco a poco —de dieciocho en la primera a quince en la
última—, para que la dificultad suba sola sin cambiar de cuaderno. Al final va la
hoja de respuestas.
Las dos tienen solución única garantizada, que no es un detalle menor: en un
sudoku mal generado hay más de una salida, el niño llega a una que no coincide
con la respuesta y no hay manera de explicarle por qué está mal.
Y Series y patrones como
antesala, para los que todavía no sostienen una regla varias veces seguidas.
Lo esencial
Entre el sudoku de colores y el clásico de nueve hay un peldaño intermedio —el
de seis con cifras— que evita que el salto se atragante. Lo que cambia al pasar a
los números no es la lógica sino el peaje: hay que leer la cifra y escribirla, y
si eso cuesta atención, no queda para razonar. Conviene decir de entrada que
aquí no se suma nada, porque muchos lo intentan. Y la estrategia entera cabe en
una frase: buscar la fila, columna o bloque al que solo le falte uno.