El sudoku tiene fama de pasatiempo para adultos con paciencia, y de ahí viene
la sorpresa cuando uno ve a un niño de cinco años resolviendo uno. La clave está
en quitarle lo único que de verdad lo hacía inaccesible: los números.
Un sudoku no va de números. Va de una regla —en cada fila, columna y cuadro no
puede repetirse nada— y de aplicarla mirando en tres sitios a la vez. Los números
son solo cuatro símbolos que no se repiten; cuatro colores hacen exactamente el
mismo papel, y un niño que aún no cuenta puede jugar. Es la misma partida que
hay en Sudoku para niños, donde además la
rejilla no deja colocar una pieza que rompa la regla.
Qué entrena
Tres cosas, y ninguna es aritmética.
Aplicar una regla a rajatabla. No hay excepciones, no hay
interpretaciones, no vale «casi». Para un niño de cinco años, que vive en un
mundo donde casi todo es negociable, encontrarse con una regla que no cede es una
experiencia nueva y bastante interesante.
Mirar en tres direcciones antes de decidir. La fila, la
columna y el cuadro. El fallo típico es mirar solo la fila, y lo bueno es que se
descubre solo: tres casillas después ya no hay manera de continuar. Nadie tiene
que corregirle.
Buscar por dónde se puede empezar. Esta es la que de verdad
se transfiere fuera. En un sudoku no se empieza por la primera casilla sino por
la que solo admite una respuesta, y encontrarla es una estrategia completa:
localizar la parte fácil de un problema y tirar de ahí.
La única estrategia que hay que enseñar
Se busca la fila, la columna o el cuadro al que le falte una sola cosa. Ahí no
hay nada que decidir: lo que falta es lo que va. Se pone, y esa casilla nueva
suele dejar a otra fila con un solo hueco.
Eso es todo. Con esa regla se resuelven todos los 4×4 y la mayoría de los 6×6,
y es la misma que usa un adulto en un sudoku de periódico, solo que con nueve
símbolos en lugar de cuatro.
Lo que no hay que enseñar todavía es a probar y ver qué pasa. Un niño
que empieza a rellenar por tanteo acaba con la rejilla llena de tachones y sin
entender por qué no le sale. Si no encuentra ninguna casilla evidente, es que la
rejilla es demasiado difícil para él — no que le falte paciencia.
La escalera, en cuatro peldaños
Colores, 4×4. Cuatro lápices y una rejilla pequeña. No hay
que leer, ni contar, ni reconocer cifras. Desde los cuatro o cinco años.
Figuras, 4×4. Círculo, cuadrado, triángulo, estrella. Igual de
fácil, pero ahora los símbolos se distinguen por la forma y no por el color, que
es un pelín más abstracto y además funciona para un niño que confunde colores.
Cifras, 4×4 y después 6×6. Aquí entran los números, y con
ellos aparece una confusión que conviene desmontar en voz alta: el 4 del sudoku
no significa cuatro cosas, es solo un símbolo distinto del 3. Muchos niños
intentan sumar algo la primera vez.
9×9. Hacia los ocho, y no antes. No porque la regla sea más
difícil, sino porque hay que sostener mucha más información a la vez, y eso es
cuestión de edad y no de práctica. Lo contamos en Por qué olvida la consigna a mitad del
ejercicio.
Qué hacer con el niño que quiere ayuda todo el rato
Pasa mucho al principio y tiene una explicación razonable: el niño no sabe si
va bien, y como el sudoku no da ninguna señal hasta el final, prefiere
preguntar cada dos casillas antes que descubrir dentro de diez minutos que lo ha
hecho todo mal.
La respuesta que corta eso no es «tú puedes», que no informa de nada. Es
enseñarle a comprobarse solo: se pone el dedo en la casilla que acaba de
colorear y se recorre con él su fila, su columna y su cuadro diciendo el color en
voz alta. Si no se repite, está bien. Con tres o cuatro casillas comprobadas así,
deja de necesitar al adulto y —lo que importa más— empieza a saber cuándo tiene
razón sin que se lo confirme nadie.
El error de saltarse los colores
La tentación, con un niño que ya conoce los números, es empezar directamente
por el sudoku de cifras. Casi siempre sale mal, y el motivo es sutil: cuando hay
cifras, el niño intenta darles sentido matemático. Busca sumas, patrones,
progresiones. Y como no hay ninguno, se frustra buscando algo que no está.
Con colores no cabe esa confusión. La regla se ve desnuda —esto no se repite
aquí— y una vez entendida, pasar a las cifras es trivial. Media hora con la
rejilla de colores ahorra una semana de peleas con la de números.
Cuánto se tarda y cuándo parar
Una rejilla de 4×4 se resuelve en tres o cuatro minutos cuando ya se lleva el
método, y en quince la primera vez. Dos por sesión es una buena medida: la
tercera se hace en piloto automático y deja de entrenar.
Hay un momento concreto en el que conviene parar, y es cuando empieza a
rellenar casillas sin comprobar. Se nota enseguida — va rápido y no levanta la
vista de la casilla que está pintando. A partir de ahí ya no está resolviendo
nada, está adivinando, y lo que se lleva de la sesión es que en un sudoku a veces
se acierta por suerte, que es justo lo contrario de lo que enseña.
Si al terminar hay un color repetido en alguna fila, no hay que buscarle el
fallo por él ni corregir sobre lo pintado. Se coge otra rejilla. Es más rápido, no
deja la hoja llena de tachones y evita la conversación de por qué está mal, que a
los cinco años no lleva a ninguna parte.
Cómo practicarlo jugando
Sudoku para niños tiene la ventaja de
que no deja colocar una pieza que rompa la regla, y esa negativa inmediata enseña
la regla mucho mejor que cualquier explicación. En papel, el error se descubre
diez casillas después y ya no se sabe de dónde venía.
Antes del sudoku, si aún cuesta, están los dos ejercicios que hay debajo: Clasifica en cestas, que es agrupar por
una propiedad, y Qué sobra, que es detectar lo
que no encaja en un grupo. Un sudoku es las dos cosas a la vez, aplicadas tres
veces por casilla.
Qué imprimir
Sudoku de colores son ocho
rejillas de 4×4 repartidas en dos hojas, de menos a más pistas, con las
soluciones al final. Se resuelven con cuatro lápices de colores y no hace falta
saber ni leer ni contar.
Todas tienen solución única, y eso no es un detalle decorativo: se comprueba
al generarlas quitando casillas de una en una y verificando que sigue habiendo
una sola salida. Un sudoku con dos soluciones posibles enseña al niño que a veces
hay que adivinar, que es exactamente lo contrario de lo que este ejercicio
sirve para enseñar.
Cuando las ocho salgan sin ayuda, el paso siguiente en dificultad —y en la
misma familia de aplicar reglas— son las series y patrones.
Lo esencial
Un sudoku no va de números sino de aplicar una regla mirando en tres
direcciones, así que se puede empezar con colores a los cuatro o cinco años. La
única estrategia que hay que enseñar es buscar la fila, columna o cuadro al que
le falte una sola cosa. No se enseña a probar por tanteo: si no hay ninguna
casilla evidente, la rejilla es demasiado difícil. Y conviene no saltarse la
etapa de los colores aunque el niño sepa contar, porque con cifras delante
intentará hacer cuentas que no existen.