El bingo parece el juego menos educativo que existe: no hay que decidir nada,
gana quien tiene suerte, y lo único que se hace es tachar.
Y aun así es de los mejores para cinco y seis años, por lo que pasa entre que
alguien canta el número y el niño lo encuentra.
Qué entrena de verdad
Reconocer la cifra oída. Se dice «veintitrés» y hay que buscar el 23 escrito. Ese enlace entre la palabra y el símbolo es exactamente lo que hace falta para todo lo demás.
Buscar ordenadamente. Nueve casillas parecen pocas hasta que hay que recorrerlas deprisa sin saltarse ninguna. Es lo mismo que hace Encuentra el objeto con dibujos.
Aguantar el turno. Hay que esperar sin hacer nada mientras cantan, y eso a los cinco años es trabajo.
Y una cuarta que no se suele contar: aceptar perder por suerte, que es más fácil que perder por haber jugado peor y por eso es un buen sitio para empezar.
Cómo se monta
Cartones con nueve casillas, un número en cada una, y fichas pequeñas con todos los números para meter en una bolsa.
Cada jugador coge un cartón distinto y algo para tapar: garbanzos, monedas, trocitos de papel. Tapar es mejor que tachar, porque el cartón se puede reutilizar.
Quien canta saca una ficha, dice el número en voz alta y no lo enseña. Esa es la regla que hace que el juego sirva para algo.
Y conviene dejar las fichas cantadas a la vista, boca arriba, para poder comprobar al final quién ha cantado línea de verdad.
La regla que lo cambia todo
Que cante el niño de vez en cuando.
Sacar la ficha, leer la cifra en voz alta y esperar a que los demás la busquen es un ejercicio mucho más exigente que tapar en el propio cartón: hay que leer bien y decirlo claro.
Y le da un papel de responsabilidad que a los seis años gusta bastante.
Con niños que todavía dudan al leer números de dos cifras, esto es lo que de verdad practica, y se hace sin que parezca un ejercicio.
Ajustar la dificultad
Cinco años. Del 1 al 20, cartones de nueve casillas y partida a línea, no a cartón lleno.
Seis y siete. Hasta el 30 o el 50, y cartón lleno si aguantan.
Ocho. Se puede cantar la operación en vez del número: en vez de «doce», «seis más seis». Eso convierte el bingo en cálculo mental disfrazado.
Esa última variante es la más rentable de todas y no cuesta nada: las fichas son las mismas y solo cambia lo que dice quien canta.
Otras versiones
De letras. Se canta la letra y hay que encontrarla. Sirve para el reconocimiento de la letra escrita a los cuatro y cinco años.
De sílabas. Un paso más: se canta «pa» y hay que buscarla. Prepara la lectura por sílabas.
De dibujos y colores. Para los más pequeños, antes de que haya letras ni números.
En inglés. Cantar los números en inglés convierte una partida de casa en práctica de oído sin que lo parezca.
Por qué funciona en familia
Es de los pocos juegos donde un niño de cinco puede jugar de igual a igual con un adulto, porque la suerte iguala.
Eso importa más de lo que parece: casi todos los juegos de mesa o son demasiado fáciles para el mayor o demasiado difíciles para el pequeño.
Y admite mucha gente a la vez sin que nadie se aburra esperando, al contrario que el parchís o el dominó — que tiene otras virtudes, contadas en El dominó.
Las partidas duran diez minutos, que es la longitud correcta para esta edad.
Lo que estropea una partida
Enseñar la ficha al cantar. Quita la parte auditiva, que es el noventa por ciento del valor.
Cantar demasiado deprisa. Hay que dar tiempo a buscar. Si se va rápido, el juego se convierte en frustración.
Ayudar a señalar. Si un adulto va indicando dónde está el número, el niño deja de buscar. Mejor esperar.
Jugar solo a cartón lleno. Alarga la partida más allá de lo que aguantan los pequeños. Línea primero, siempre.
Hacer los cartones a mano
Hay una variante que vale casi tanto como jugar: que el niño se haga su propio
cartón.
Se dibuja una cuadrícula de tres por tres y hay que escribir nueve números
distintos entre uno y treinta. Eso ya es un ejercicio completo: escribir cifras,
no repetir ninguna y controlar el rango.
Y aparece una conversación interesante sin buscarla: ¿da igual qué números
poner? Con un cartón hecho a propósito de números seguidos y otro de números
repartidos se puede comprobar jugando.
A los ocho años eso es una primera idea de probabilidad, hecha con lápiz y sin
nombrarla.
Qué hacer con el que pierde
El bingo tiene un problema conocido: gana uno y los demás se quedan con el
cartón a medias.
Lo que lo arregla es seguir jugando hasta que todos canten, aunque el primero
ya haya ganado. La partida dura tres minutos más y nadie se queda fuera.
Y funciona muy bien cambiar quién canta en cada partida, de manera que todos
tengan el papel bueno alguna vez.
Perder por suerte es de las maneras más suaves de aprender a perder, y por eso
conviene no estropearlo dejando que alguien se levante de la mesa con la sensación
de no haber jugado.
De dónde viene el bingo de la lotería
Hay un detalle que a los ocho años despierta bastante interés: el bingo que se
juega en casa es el mismo juego que la lotería de Navidad, en pequeño.
En los dos se sacan bolas al azar de un bombo y se canta lo que sale. Lo único
que cambia es cuánta gente juega y qué hay en juego.
De ahí sale una conversación honesta y útil: en estos juegos no se puede hacer
nada para ganar más. No hay estrategia, no hay habilidad, y quien dice que tiene
un truco no lo tiene.
Contarlo pronto y con naturalidad es probablemente más útil que cualquier otra
cosa que se aprenda con este juego.
Cómo practicarlo jugando
Repasar números afianza el reconocimiento de la cifra, que es la base de todo el juego.
Encuentra el objeto entrena la búsqueda ordenada, y Quién falta el fijarse en lo que no está.
Cinco minutos de pantalla y después la partida de verdad, con más gente.
Qué imprimir
Bingo de números trae cartones y las fichas para cantar, del 1 al 30, listos para recortar.
Bingo de letras y Bingo de sílabas son las versiones de lectura, para antes o en paralelo.
Conviene pegar todo en cartulina antes de recortar y guardarlo en un sobre. Un bingo con las fichas perdidas no se vuelve a usar.
Lo esencial
El bingo parece suerte y entrena tres cosas que cuestan: reconocer un número oído, buscar sin saltarse casillas y esperar el turno. La regla que lo hace valioso es no enseñar la ficha al cantar, y la que lo multiplica es dejar que cante el niño. A los ocho años se puede cantar la operación en vez del número —«seis más seis» en vez de «doce»— y el mismo juego pasa a ser cálculo mental. Y con los pequeños, siempre a línea antes que a cartón lleno.