Una cuadrícula de cinco por cinco con los números del uno al veinticinco
repartidos en desorden. La consigna es tocarlos en orden, del uno al
veinticinco, lo más rápido posible. Un cronómetro al lado. Eso es todo.
Parece demasiado simple para ser útil y sin embargo es uno de los pocos
ejercicios donde un niño puede comprobar por sí mismo que está mejorando. Esa
propiedad —ser medible— vale más que cualquier explicación sobre por qué hay
que hacerlo.
Qué se entrena exactamente
Lo primero, la búsqueda visual: encontrar un objeto concreto entre muchos
parecidos. A los seis o siete años esa búsqueda se hace casilla por casilla,
como quien lee un texto, y por eso el primer intento tarda dos minutos.
Lo segundo, y es lo interesante, el campo visual. Con la práctica se deja
de recorrer y se empieza a abarcar: la vista se queda cerca del centro y el
número aparece sin haberlo buscado. Eso no se puede forzar diciéndolo, pero
sí se puede provocar poniendo un límite de tiempo que haga imposible la
estrategia lenta.
Y lo tercero, atención sostenida. Veinticinco búsquedas seguidas sin
perder la cuenta de por dónde se iba son dos minutos de concentración pura, y
esa resistencia es exactamente la que se agota a mitad de un ejercicio de
clase. La versión en pantalla, Tablas de
Schulte, hace lo mismo con la ventaja de que cronometra sola y guarda los
tiempos.
El cronómetro no es un adorno
Sin medir el tiempo, la tabla es un pasatiempo agradable. Con el tiempo
apuntado se convierte en otra cosa, porque aparece una comparación que no
tiene ningún ejercicio de cálculo: uno mismo, hace una semana.
Conviene dejar claro desde el principio que la comparación es con uno
mismo y no con el hermano. Un niño que compite con otro y pierde deja de
jugar; un niño que compite con su tiempo del martes pasado tiene un rival a
su medida y siempre alcanzable.
Por eso las fichas llevan un renglón debajo de cada tabla para escribir
los segundos. Vale la pena guardarlas y sacarlas al mes siguiente: ver el
papel de hace un mes con un tiempo peor es una prueba de que el esfuerzo
sirve, y ese mensaje es difícil de dar de otra manera.
La regla que lo convierte en ejercicio
Hay una instrucción que separa el ejercicio del pasatiempo, y es esta: la
vista se queda en el centro de la tabla y los números se buscan sin recorrer
las casillas una a una.
Al principio es casi imposible y no importa. Lo que importa es que exista
la instrucción, porque orienta la práctica: sin ella, un niño puede hacer
cincuenta tablas recorriéndolas con el dedo y no mejorar nada más que la
paciencia.
Una manera suave de conseguirlo con niños pequeños es pedirles que no
señalen con el dedo, solo con la mirada, y que digan el número en voz alta al
encontrarlo. Quitar el dedo obliga a la vista a trabajar sola.
Qué tabla para qué edad
La de cuatro por cuatro, con dieciséis números, entra a los seis años, en
cuanto reconoce las cifras hasta el dieciséis sin dudar. Es corta y da la
sensación de logro enseguida.
La de cinco por cinco es la clásica y encaja de los siete a los nueve. Un
tiempo razonable para empezar está entre minuto y medio y dos minutos; con
práctica regular baja a cuarenta o cincuenta segundos, y ahí ya se nota el
cambio de estrategia.
La de seis por seis, con treinta y seis números, solo tiene sentido cuando
la de veinticinco baja de minuto y medio. Antes de eso se hace larga, el niño
se pierde y el tiempo empeora, que es la manera más rápida de que no quiera
volver a verla.
Dos intentos y se deja
Es un ejercicio corto y cansa mucho más de lo que parece. Dos tablas por
sesión es lo razonable; a la tercera o la cuarta el tiempo empieza a subir en
vez de bajar, y acabar con un tiempo peor deja mal sabor aunque el ejercicio
haya estado bien.
Funciona muy bien como calentamiento antes de los deberes: dos minutos,
tiene principio y final claros, y deja la atención encendida. También sirve
para lo contrario, como cierre corto cuando ya no queda energía para nada
largo.
Lo que no funciona es usarlo como castigo o como relleno. En cuanto se
convierte en obligación pierde lo único que lo hace especial, que es el
interés propio por bajar el tiempo.
De dónde sale el ejercicio
Las tablas llevan el nombre de un psiquiatra alemán que las usaba a
mediados del siglo pasado para medir la atención de sus pacientes. No se
inventaron para niños ni para aprender a leer: se inventaron para medir, y de
ahí les viene la única característica que las hace especiales, que es el
cronómetro.
Con el tiempo se empezaron a usar como entrenamiento y no solo como
medida, y ahí conviene ser prudente con lo que se promete. Lo que se entrena
es buscar deprisa y sostener la atención un par de minutos. Es útil y es
poco: no arregla la comprensión lectora ni la memoria, que se trabajan de
otras maneras.
Dicho eso, hay pocas cosas en el cuaderno de un niño de siete años que
mejoren de manera tan visible con tan poco tiempo. Dos minutos al día durante
un mes bajan el tiempo de manera clara, y esa experiencia —esforzarse en algo
pequeño y ver el resultado— es transferible aunque el ejercicio no lo
sea.
Variantes que cambian el ejercicio
Cuando la tabla normal se hace corta, hay tres variantes que renuevan el
interés sin cambiar de material. La primera: recorrerla al revés, del
veinticinco al uno. Cuesta bastante más, porque la serie hacia atrás no está
automatizada, y de eso hablamos también en el artículo sobre contar hacia atrás.
La segunda: dos personas a la vez, una del uno hacia arriba y otra del
veinticinco hacia abajo, sobre la misma tabla. Se cruzan por el medio y hay
que no perder el propio hilo mientras otro habla, que es un ejercicio de
atención bastante más duro.
Y la tercera, para los mayores: decir en voz alta el número que se busca
mientras se señala el anterior. Suena a tontería y obliga a llevar dos cosas
a la vez en la cabeza.
Cómo practicarlo jugando
Tablas de Schulte en pantalla
cronometra sola y va subiendo el tamaño de la tabla con el nivel, así que el
salto de dieciséis a veinticinco llega cuando toca y no cuando lo decide un
adulto.
Encuentra el objeto trabaja la
misma búsqueda visual pero en una escena con dibujos, que es más agradable y
menos exigente. Y Busca la casilla
añade el cruce de fila y columna, que es un barrido de rejilla con
método.
Qué imprimir
Las Tablas de Schulte traen
seis tablas repartidas en tres hojas, de dieciséis y de veinticinco números,
cada una con su renglón para apuntar el tiempo.
Cuando la de veinticinco baje de minuto y medio, las Tablas de Schulte
difíciles suben a treinta y seis. Y para trabajar la búsqueda dentro de
un dibujo en vez de una rejilla, Encuentra las diferencias
pide lo mismo de otra manera.
Lo esencial
- Veinticinco números en desorden, en orden y contra el reloj. Lo que lo
hace valioso es que el niño puede medirse a sí mismo.
- El cronómetro no es un adorno: sin tiempo apuntado es un pasatiempo, con
tiempo apuntado hay un rival a medida, que es uno mismo de la semana
pasada.
- La instrucción que convierte esto en ejercicio: la vista en el centro y
sin recorrer casilla por casilla. Quitad el dedo.
- Cuatro por cuatro a los seis, cinco por cinco de siete a nueve, seis por
seis solo cuando la anterior baje de minuto y medio.
- Dos tablas por sesión. La tercera casi siempre sale peor y estropea el
recuerdo.