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Las tablas de Schulte

Por El equipo de Kodomi Club · 4 de septiembre de 2026 · 7 min

Las tablas de Schulte

Es el único ejercicio del cuaderno donde el niño puede medirse a sí mismo y ver que mejora. Eso lo cambia todo.

Una cuadrícula de cinco por cinco con los números del uno al veinticinco repartidos en desorden. La consigna es tocarlos en orden, del uno al veinticinco, lo más rápido posible. Un cronómetro al lado. Eso es todo.

Parece demasiado simple para ser útil y sin embargo es uno de los pocos ejercicios donde un niño puede comprobar por sí mismo que está mejorando. Esa propiedad —ser medible— vale más que cualquier explicación sobre por qué hay que hacerlo.

Qué se entrena exactamente

Lo primero, la búsqueda visual: encontrar un objeto concreto entre muchos parecidos. A los seis o siete años esa búsqueda se hace casilla por casilla, como quien lee un texto, y por eso el primer intento tarda dos minutos.

Lo segundo, y es lo interesante, el campo visual. Con la práctica se deja de recorrer y se empieza a abarcar: la vista se queda cerca del centro y el número aparece sin haberlo buscado. Eso no se puede forzar diciéndolo, pero sí se puede provocar poniendo un límite de tiempo que haga imposible la estrategia lenta.

Y lo tercero, atención sostenida. Veinticinco búsquedas seguidas sin perder la cuenta de por dónde se iba son dos minutos de concentración pura, y esa resistencia es exactamente la que se agota a mitad de un ejercicio de clase. La versión en pantalla, Tablas de Schulte, hace lo mismo con la ventaja de que cronometra sola y guarda los tiempos.

El cronómetro no es un adorno

Sin medir el tiempo, la tabla es un pasatiempo agradable. Con el tiempo apuntado se convierte en otra cosa, porque aparece una comparación que no tiene ningún ejercicio de cálculo: uno mismo, hace una semana.

Conviene dejar claro desde el principio que la comparación es con uno mismo y no con el hermano. Un niño que compite con otro y pierde deja de jugar; un niño que compite con su tiempo del martes pasado tiene un rival a su medida y siempre alcanzable.

Por eso las fichas llevan un renglón debajo de cada tabla para escribir los segundos. Vale la pena guardarlas y sacarlas al mes siguiente: ver el papel de hace un mes con un tiempo peor es una prueba de que el esfuerzo sirve, y ese mensaje es difícil de dar de otra manera.

La regla que lo convierte en ejercicio

Hay una instrucción que separa el ejercicio del pasatiempo, y es esta: la vista se queda en el centro de la tabla y los números se buscan sin recorrer las casillas una a una.

Al principio es casi imposible y no importa. Lo que importa es que exista la instrucción, porque orienta la práctica: sin ella, un niño puede hacer cincuenta tablas recorriéndolas con el dedo y no mejorar nada más que la paciencia.

Una manera suave de conseguirlo con niños pequeños es pedirles que no señalen con el dedo, solo con la mirada, y que digan el número en voz alta al encontrarlo. Quitar el dedo obliga a la vista a trabajar sola.

Qué tabla para qué edad

La de cuatro por cuatro, con dieciséis números, entra a los seis años, en cuanto reconoce las cifras hasta el dieciséis sin dudar. Es corta y da la sensación de logro enseguida.

La de cinco por cinco es la clásica y encaja de los siete a los nueve. Un tiempo razonable para empezar está entre minuto y medio y dos minutos; con práctica regular baja a cuarenta o cincuenta segundos, y ahí ya se nota el cambio de estrategia.

La de seis por seis, con treinta y seis números, solo tiene sentido cuando la de veinticinco baja de minuto y medio. Antes de eso se hace larga, el niño se pierde y el tiempo empeora, que es la manera más rápida de que no quiera volver a verla.

Dos intentos y se deja

Es un ejercicio corto y cansa mucho más de lo que parece. Dos tablas por sesión es lo razonable; a la tercera o la cuarta el tiempo empieza a subir en vez de bajar, y acabar con un tiempo peor deja mal sabor aunque el ejercicio haya estado bien.

Funciona muy bien como calentamiento antes de los deberes: dos minutos, tiene principio y final claros, y deja la atención encendida. También sirve para lo contrario, como cierre corto cuando ya no queda energía para nada largo.

Lo que no funciona es usarlo como castigo o como relleno. En cuanto se convierte en obligación pierde lo único que lo hace especial, que es el interés propio por bajar el tiempo.

De dónde sale el ejercicio

Las tablas llevan el nombre de un psiquiatra alemán que las usaba a mediados del siglo pasado para medir la atención de sus pacientes. No se inventaron para niños ni para aprender a leer: se inventaron para medir, y de ahí les viene la única característica que las hace especiales, que es el cronómetro.

Con el tiempo se empezaron a usar como entrenamiento y no solo como medida, y ahí conviene ser prudente con lo que se promete. Lo que se entrena es buscar deprisa y sostener la atención un par de minutos. Es útil y es poco: no arregla la comprensión lectora ni la memoria, que se trabajan de otras maneras.

Dicho eso, hay pocas cosas en el cuaderno de un niño de siete años que mejoren de manera tan visible con tan poco tiempo. Dos minutos al día durante un mes bajan el tiempo de manera clara, y esa experiencia —esforzarse en algo pequeño y ver el resultado— es transferible aunque el ejercicio no lo sea.

Variantes que cambian el ejercicio

Cuando la tabla normal se hace corta, hay tres variantes que renuevan el interés sin cambiar de material. La primera: recorrerla al revés, del veinticinco al uno. Cuesta bastante más, porque la serie hacia atrás no está automatizada, y de eso hablamos también en el artículo sobre contar hacia atrás.

La segunda: dos personas a la vez, una del uno hacia arriba y otra del veinticinco hacia abajo, sobre la misma tabla. Se cruzan por el medio y hay que no perder el propio hilo mientras otro habla, que es un ejercicio de atención bastante más duro.

Y la tercera, para los mayores: decir en voz alta el número que se busca mientras se señala el anterior. Suena a tontería y obliga a llevar dos cosas a la vez en la cabeza.

Cómo practicarlo jugando

Tablas de Schulte en pantalla cronometra sola y va subiendo el tamaño de la tabla con el nivel, así que el salto de dieciséis a veinticinco llega cuando toca y no cuando lo decide un adulto.

Encuentra el objeto trabaja la misma búsqueda visual pero en una escena con dibujos, que es más agradable y menos exigente. Y Busca la casilla añade el cruce de fila y columna, que es un barrido de rejilla con método.

Qué imprimir

Las Tablas de Schulte traen seis tablas repartidas en tres hojas, de dieciséis y de veinticinco números, cada una con su renglón para apuntar el tiempo.

Cuando la de veinticinco baje de minuto y medio, las Tablas de Schulte difíciles suben a treinta y seis. Y para trabajar la búsqueda dentro de un dibujo en vez de una rejilla, Encuentra las diferencias pide lo mismo de otra manera.

Lo esencial

  • Veinticinco números en desorden, en orden y contra el reloj. Lo que lo hace valioso es que el niño puede medirse a sí mismo.
  • El cronómetro no es un adorno: sin tiempo apuntado es un pasatiempo, con tiempo apuntado hay un rival a medida, que es uno mismo de la semana pasada.
  • La instrucción que convierte esto en ejercicio: la vista en el centro y sin recorrer casilla por casilla. Quitad el dedo.
  • Cuatro por cuatro a los seis, cinco por cinco de siete a nueve, seis por seis solo cuando la anterior baje de minuto y medio.
  • Dos tablas por sesión. La tercera casi siempre sale peor y estropea el recuerdo.

Para practicarlo jugando

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