En una ficha de problemas, los números están en el enunciado y todos se usan.
En la vida, los datos están en otro sitio —una lista de precios, un horario, una
etiqueta— y muchos de ellos no hacen falta.
Esa diferencia es más grande de lo que parece, y explica por qué un niño que
resuelve bien las hojas se queda parado ante un problema con una tabla al
lado.
Qué hay que hacer que no se practica
Localizar el dato. Encontrar la fila del queso entre ocho
productos. Es búsqueda visual y se falla más de lo que se cree: se coge el
número de la línea de al lado y no se nota.
Decidir cuáles sirven. Si hay cinco precios y la pregunta es
por dos, los otros tres sobran. Descartar es una decisión activa.
Cruzar dos entradas. En una tabla de verdad hay filas y
columnas, y el dato está donde se cortan — lo mismo que buscar la casilla B3, y
se cuenta en Filas y
columnas.
Volver varias veces. Una pregunta puede pedir dos datos y
otra tres. Hay que ir y venir sin perder el sitio.
La parte de rastreo visual la entrena directamente Tablas de Schulte: buscar un número
concreto en una rejilla desordenada, que es exactamente el gesto de localizar
una fila.
El método que evita los errores
Leer la pregunta primero. Antes que la tabla. Si se mira la
tabla sin saber qué se busca, se lee entera y no se retiene nada.
Subrayar los datos que se van a usar. Los dos o tres, en la
lista, antes de operar. Es el paso que más errores evita y el que más se salta.
Comprobar que son los de la fila correcta. Con el dedo. En
una lista de ocho líneas, saltarse una es lo más fácil del mundo.
Preguntarse qué sobra. Si la tabla tiene cinco datos y se han
usado dos, los otros tres estaban ahí a propósito.
Por qué falla, cuando falla
Casi nunca es de cálculo. La pregunta que lo revela es «¿de dónde has sacado
ese número?», hecha antes de mirar la operación.
Las respuestas suelen ser tres. «De aquí» señalando la fila de al lado —
error de localización. «Porque estaba» — ha usado un dato que sobraba. O «no
sé» — ha operado con lo primero que ha visto.
Ninguna de las tres se arregla con hojas de operaciones, y las tres se
arreglan subrayando antes de calcular.
Dónde hay tablas en la vida de un niño
El horario de clase. Filas y columnas, y hay que cruzar día
con hora. Es la primera tabla de verdad que maneja.
El calendario. Buscar qué día cae una fecha es cruzar semana
con día.
La carta de un restaurante. Platos y precios, y la pregunta
real es cuánto suma lo que hemos pedido.
El marcador de un partido. Equipos, goles, puntos. Y da para
comparar, que es media tabla.
La tabla de multiplicar completa. La cuadrícula del uno al
diez es exactamente una tabla de doble entrada, y usarla como tal enseña dos
cosas a la vez.
Los gráficos, que vienen después
Hacia los ocho años aparecen los gráficos de barras, y son una tabla dibujada.
Tienen una ventaja: comparar es inmediato, se ve qué barra es más alta sin
leer ningún número. Y una trampa: si el eje no empieza en cero, las diferencias
parecen mucho mayores de lo que son.
No hace falta explicar eso a los ocho años, pero sí conviene que el niño lea
siempre los números del eje y no solo mire las alturas. Es el primer paso de algo
que después sirve para no dejarse engañar por un gráfico de periódico.
Hacer la tabla, no solo leerla
Como con las instrucciones, escribirla enseña más que leerla.
Contar cuántos coches de cada color pasan por la ventana y apuntarlo en una
tabla. Anotar el tiempo que hace cada día durante una semana. Llevar la cuenta de
quién gana en un juego de mesa a lo largo de varias partidas.
Al construirla aparecen decisiones que leyendo no se ven: qué va en las filas,
qué en las columnas, cómo se titula cada una. Y de paso la tabla resultante se
lee con otros ojos.
Es además el primer contacto con recoger datos y sacar una conclusión, que es
lo que después será toda la estadística.
Cuándo toca
Listas simples con precios o cantidades, hacia los siete. Tablas de doble
entrada, hacia los ocho. Y gráficos de barras, entre los ocho y los nueve.
La condición es que el cálculo esté automatizado: si sumar dos precios ya
cuesta, no queda atención para buscar el dato correcto. Y la otra es que leer no
sea un esfuerzo, porque en una tabla hay mucho texto pequeño.
El error de dar siempre los datos masticados
Merece decirse porque es lo que hace que esta habilidad no aparezca.
Casi todas las hojas de problemas dan los números en el enunciado, en orden y
sin ninguno de sobra. Un niño que solo hace ese tipo de ejercicio aprende una
cosa razonable y falsa: que los datos vienen dados y todos se usan.
Después, en un problema real —o en un examen algo más elaborado— busca los
números, encuentra tres y los mete todos en alguna cuenta. Y no es que no sepa:
es que nunca ha tenido que decidir.
Basta con que una de cada cinco hojas tenga los datos aparte para que esa
costumbre no se instale.
La lista de la compra, que ya es una tabla
Es el ejercicio más barato de todos y no lo parece: darle la lista y que él
vaya buscando y tachando.
Tiene las cuatro cosas del método. Hay que localizar el producto en la lista,
comprobar que es la línea correcta, tachar lo hecho para no repetir, y volver
varias veces sin perder el sitio.
Y admite subir de nivel sin cambiar nada: primero una lista de cinco cosas,
después una con cantidades —«tres yogures»—, y al final una con precios
apuntados al lado para ir sumando mientras se llena el carro.
Esa última versión es un problema de tabla completo, hecho de pie en un
pasillo y sin que nadie lo llame ejercicio.
Cómo practicarlo jugando
Tablas de Schulte entrena la búsqueda
ordenada en una rejilla, que es el gesto físico de localizar una fila.
Encuentra el objeto trabaja el
rastreo visual sin números, y Mayor, menor o
igual la comparación, que es lo que más se pide de una tabla.
Cinco minutos. Y el horario del colegio pegado en la nevera, que es la mejor
tabla que va a manejar este año.
Qué imprimir
Problemas con tabla de
datos pone los datos arriba —una lista de precios en una hoja, unas alturas
en otra— y las preguntas debajo. Algunos datos sobran a propósito.
Para la parte de cruzar filas y columnas, Colorea por coordenadas, que
es la misma operación en un formato que no parece matemáticas.
Y Problemas de dos
pasos, porque muchas preguntas de tabla piden dos operaciones seguidas.
Lo esencial
En las fichas los datos vienen en el enunciado y todos se usan; fuera de
ellas hay que ir a buscarlos y decidir cuáles sirven. Eso pide cuatro cosas que
casi no se practican: localizar el dato, descartar los que sobran, cruzar filas
con columnas y volver varias veces sin perder el sitio. El método es leer la
pregunta antes que la tabla y subrayar los datos antes de operar. Cuando falla
casi nunca es cálculo, y la pregunta que lo revela es «¿de dónde has sacado ese
número?». Y basta con que una de cada cinco hojas traiga los datos aparte para
que el niño no aprenda que siempre vienen dados.