Medir parece de lo más sencillo de enseñar: se da una regla, se pone el cero en
un extremo y se lee el número del otro. Y sin embargo es de lo que peor se queda,
porque el número que sale de ahí no significa nada si antes no se ha entendido qué
es medir.
Un niño de siete años puede leer «catorce centímetros» y no tener ninguna idea
de si eso es mucho o poco, ni de por qué el mismo lápiz medido por otro sale
igual. Lo que falta no es la regla: es lo que va debajo. Y eso se puede trabajar
mucho antes, con comparaciones — que es de lo que va Medimos.
Los tres escalones
Comparar directamente. Poner dos cosas juntas y ver cuál es más
larga. Sin números, sin unidades. Parece trivial y tiene su truco: hay que alinear
los extremos. Un niño de cuatro años compara dos lápices sin igualar la base y
concluye que el más corto es más largo, y eso hay que enseñarlo.
Comparar con un intermediario. Dos cosas que no se pueden
juntar —el ancho de la puerta y el del armario— se comparan con una cuerda. Este
escalón es enorme conceptualmente: aparece la idea de que se puede usar un tercer
objeto para comparar dos, que es exactamente lo que después hace la regla.
Medir con una unidad repetida. Cuántos palmos mide la mesa,
cuántos pies el pasillo, cuántos vasos caben en la jarra. Aquí ya se está midiendo
de verdad: se elige algo, se repite y se cuenta cuántas veces cabe.
Cuando esos tres están, el centímetro es un detalle: solo es una unidad más, que
además tiene la ventaja de que todo el mundo usa la misma.
Lo que hay que descubrir por el camino
Hay dos ideas que un niño tiene que encontrar él, y las dos aparecen solas si se
mide con unidades caseras.
La unidad tiene que ser siempre igual. Si la mesa mide ocho
palmos de mamá y doce palmos del niño, algo falla — y ese es justamente el momento
interesante. De ahí sale, sin explicaciones, por qué el mundo se puso de acuerdo en
usar centímetros.
No pueden quedar huecos ni solaparse. Medir a palmos dejando
espacio entre uno y otro da un número más pequeño. Es el error clásico y se corrige
solo cuando el niño lo comprueba dos veces y le sale distinto.
Las dos se descubren midiendo, no escuchando. Un adulto que explica de entrada
por qué hacen falta unidades fijas está contando el final de una historia que el
niño podía descubrir en dos tardes.
Longitud, peso y capacidad
Las tres se trabajan igual —comparar, intermediario, unidad repetida— y llegan
en este orden.
La longitud es la más fácil porque se ve entera de una vez.
La capacidad viene después y es sorprendentemente instructiva:
un vaso alto y estrecho parece tener más que uno bajo y ancho, y hasta los seis o
siete años un niño está convencido de que lo tiene. Trasvasar agua de uno a otro
delante de él es de las cosas más útiles que se pueden hacer en una cocina.
El peso es la más difícil porque no se ve: hay que sostener. Y
aquí aparece otra idea contraintuitiva — que una cosa pequeña puede pesar más que
una grande—, que solo se aprende cogiéndolas.
El tiempo es un caso aparte y se mide con reloj; lo contamos en Aprender las horas.
Cómo se hace en casa
Todo esto no necesita material: necesita que se pregunte.
Cuántos palmos mide la mesa. Cuántos pasos hay de la puerta a la cama. Cuántos
vasos llenan la jarra. Cuál pesa más, el paquete de arroz o el de galletas. Si el
sofá cabe por la puerta —esta es buenísima, porque hay que medir con una cuerda y
comparar, sin poder juntar las dos cosas—.
Y la cocina entera es un ejercicio de medida: una taza de harina, medio vaso de
leche, dos cucharadas. Con la ventaja de que si se mide mal, el resultado se nota
al comerlo.
Conviene apuntar los resultados. Una hoja pegada en la nevera con «la mesa: 8
palmos, la cama: 11 palmos» convierte las medidas en algo que se compara entre sí,
que es el paso siguiente.
Estimar antes de medir
Hay una costumbre que cambia bastante lo que un niño saca de medir y que cuesta
tres segundos: preguntarle cuánto cree que va a salir, antes de medirlo.
«¿Cuántos palmos crees que mide la mesa?» El niño dice un número —normalmente
disparatado la primera vez— y después mide. La diferencia entre lo que dijo y lo
que salió es la información: eso es lo que va construyendo el sentido de la
magnitud, que es exactamente lo que le falta al que lee «catorce centímetros» sin
saber si es mucho.
Al cabo de unas semanas de hacerlo, las estimaciones empiezan a acercarse. Y ese
es el objetivo real de todo esto: no medir bien —para eso está la regla— sino tener
una idea de cuánto miden las cosas sin necesidad de medirlas.
Funciona igual con el peso y con la capacidad, y es el mejor juego de espera que
hay: cuánto crees que pesa esto, cuántos vasos crees que caben.
Cuándo llega la regla
Hacia los siete años, y con dos condiciones: que ya haya medido con unidades
caseras y que sepa leer números de dos cifras.
Y con un aviso que ahorra bastantes errores: la regla no se empieza en el borde.
Casi todas tienen un trocito de plástico antes del cero, y un niño que apoya el
borde del objeto en el borde de la regla mide sistemáticamente de más. Es el error
más frecuente de todos y se arregla diciéndolo una vez.
El otro es contar las rayas en lugar de los espacios. Un niño que cuenta la raya
del cero acaba con un centímetro de más.
Cómo practicarlo jugando
Medimos trabaja los dos primeros escalones:
comparar y usar una unidad repetida, sin regla y sin números grandes de por medio.
Grande o pequeño es el paso anterior a
todo, para el niño de tres o cuatro años: darse cuenta de que las cosas se pueden
ordenar por tamaño.
Y Mayor, menor o igual lleva la
comparación a los números, que es donde acaba desembocando todo esto: medir sirve
para poder comparar dos cosas que no están juntas.
Qué imprimir
Para lo que hay debajo —que el número signifique una cantidad—, Contar hasta 10. Medir es contar
cuántas veces cabe una unidad, así que si contar todavía cuesta, medir no puede
funcionar.
Y Sumas hasta 10, porque en
cuanto se mide aparecen las preguntas de «¿cuánto más mide esta que aquella?», que
son restas con otro nombre.
Lo de que un número tiene que significar una cantidad y no una palabra está en
Contar no es recitar, y la versión de todo
esto aplicada al dinero, en Enseñar el
dinero.
Lo esencial
Antes del centímetro hay tres escalones: comparar dos cosas alineando los
extremos, compararlas con una cuerda cuando no se pueden juntar, y medir repitiendo
una unidad y contando cuántas veces cabe. Por el camino el niño tiene que descubrir
dos cosas él solo —que la unidad debe ser siempre la misma y que no puede haber
huecos—, y las descubre midiendo, no escuchando. La regla llega hacia los siete, y
con dos avisos: no se empieza en el borde y se cuentan los espacios, no las
rayas.