Hay una escena que sorprende porque llega después de años de lo contrario: un
niño que a los cuatro llenaba folios sin parar, a los seis se planta delante de
uno en blanco y dice que no sabe dibujar. O que le salga mal. O que dibuje el
adulto.
No ha perdido ninguna habilidad. Ha ganado una: la de comparar lo que le sale
con lo que quería que saliera. Y durante un tiempo esa comparación pesa más que
las ganas.
Por qué aparece justo entonces
Hacia los cinco o seis años cambia lo que el niño quiere del dibujo. Antes
dibujaba para dibujar: el resultado era lo que fuera y daba igual. A partir de
ahí quiere que se parezca, y descubre a la vez dos cosas incómodas — que
no se parece tanto, y que al de al lado le sale mejor.
Ese descubrimiento es normal y hasta buena señal: significa que ya tiene en la
cabeza una imagen de cómo debería quedar. El problema es que la mano tarda años
en alcanzar a la cabeza, y en ese hueco es donde se abandona.
De ahí que lo que mejor funciona sea, de entrada, no pedirle que dibuje. Todo
lo que lleva el camino ya marcado —repasar un trazo, unir puntos, colorear
dentro de un contorno— trabaja la mano igual y no expone a ningún juicio, porque
no hay nada que pueda salir parecido o no. Trazar
letras es el ejemplo más claro: hay una línea que seguir y el niño no lo
vive como dibujar, que es justamente la ventaja.
Hay más sobre qué toca a cada edad en El dibujo infantil. Lo importante
aquí es que este bloqueo casi nunca es de falta de habilidad: es de exceso de
juicio.
Los tres motivos que hay detrás
El folio en blanco es demasiado abierto. «Dibuja lo que
quieras» exige decidir qué, cómo y dónde, todo a la vez y sin ninguna pista. A un
adulto le pasa lo mismo con una página en blanco. Cuanto más abierto el encargo,
más fácil es no empezar.
La mano no responde. Si el trazo cuesta esfuerzo, el dibujo
cansa antes de terminarse. Esto no siempre se ve: se lee como falta de interés y
muchas veces es falta de fuerza o de control, contado en Grafomotricidad.
Alguien ha valorado el resultado. «Qué bonito» tiene un
reverso: si lo bonito se premia, lo no-bonito se evita. Y bastan un par de
comentarios sobre lo bien que dibuja un hermano para que deje de intentarlo.
Lo que no funciona
Insistir con el folio. Sacar otro y decir «venga, que sí
sabes» repite exactamente la situación que le bloquea.
Dibujar uno el modelo. «Mira, se hace así» pone al lado la
prueba de que hay una manera correcta y de que la suya no lo es. El efecto es el
contrario del buscado.
Elogiar más fuerte. Si ya no se fía del juicio, subir el
volumen del elogio lo confirma. Un niño de seis años detecta perfectamente cuándo
se le está animando por compromiso.
Convertirlo en obligación. Diez minutos de dibujo diarios
impuestos aseguran que el dibujo quede asociado a un mal rato.
Lo que sí funciona: quitar la hoja en blanco
La salida no es dibujar más: es dibujar sin tener que inventar. Todo lo que
lleva algo ya puesto en el papel esquiva el bloqueo entero, porque no hay nada
que decidir ni nada que se parezca o deje de parecerse.
Completar lo que falta. Media figura hecha y la otra media
por hacer. El niño no dibuja: copia lo que ya está al lado, y el resultado se
parece necesariamente.
Unir puntos. El dibujo aparece solo, y el mérito es de él.
Es una de las pocas actividades donde el resultado está garantizado — Une los puntos lo hace en pantalla, y la
sensación de que sale bien es exactamente el antídoto.
Colorear. El contorno ya está; solo hay que rellenar. Trabaja
la mano igual y no expone a ningún juicio.
Repasar trazos. Cenefas, ondas, bucles. Es el ejercicio más
puro de mano y el que menos se parece a dibujar, así que suele aceptarse sin
protestas.
Cómo se vuelve al folio
Poco a poco y desde el lado del juego, no del arte.
Dibujar juntos en el mismo papel. Uno hace una raya, el otro
otra, hasta que salga algo. Nadie es el autor y no hay nada que valorar.
Dibujar cosas que no tienen que parecerse. Un monstruo, un
planeta inventado, un bicho que no existe. Como nadie sabe cómo son, no puede
salir mal — y esto desbloquea a muchos niños en una tarde.
Preguntar por el dibujo, no valorarlo. «¿Y este quién es?
¿Dónde va?» En vez de «qué bonito». Se habla del contenido, que es lo que a él le
importa, y desaparece la nota.
Dibujar delante sin hacerlo bien. Un adulto que dibuja
regular y se ríe de su propio dibujo enseña, sin decirlo, que dibujar mal está
permitido. Es probablemente lo que más funciona de todo.
Cuándo conviene mirar la mano
Hay una diferencia entre no querer dibujar y no poder sostener el lápiz sin
cansarse.
Las señales de lo segundo son concretas: aprieta tanto que marca el papel o lo
rompe, cambia de mano a media tarea, se queja de que le duele, o abandona
cualquier actividad de mesa a los cinco minutos —también recortar, también
colorear, no solo dibujar—.
Eso no es rechazo al dibujo: es una mano que todavía no tiene la fuerza o el
control, y se trabaja con plastilina, pinzas, recortar y masa antes que con
lápiz. Si además ya está en primero y escribir le supone el mismo esfuerzo, vale
la pena comentarlo con el tutor, que lo ve escribir todos los días.
Cómo practicarlo jugando
Une los puntos es el mejor primer paso
después de un bloqueo: el dibujo sale seguro y sale de su mano.
Colorea por números trabaja el
control del trazo dentro de un contorno, con el añadido de que la imagen final
también está garantizada.
Y Trazar letras es el que más entrena la
mano de los tres, precisamente porque no se parece a dibujar: hay un camino
marcado y solo hay que seguirlo. Para un niño que ha decidido que dibuja mal,
esto no cuenta como dibujar — y esa es la ventaja.
Cinco minutos, sin comentar el resultado. Sobre por qué la sesión corta y
diaria gana, hay más en Diez minutos
al día.
Qué imprimir
Dibuja la otra mitad
es la hoja exacta para esto: media figura ya hecha, y la otra media se copia. No
hay nada que inventar y el resultado se parece por construcción.
Cenefas para
completar y Bucles y
ondas trabajan la mano sin que nada tenga que parecerse a nada — el camino
más corto para recuperar fuerza sin exponerse.
Y Unir los puntos en papel, que
tiene la ventaja sobre la pantalla de que el trazo lo hace la mano de verdad, con
un lápiz que hay que sujetar.
Lo esencial
El rechazo al folio en blanco aparece hacia los cinco o seis años porque el
niño empieza a comparar lo que le sale con lo que quería, y la mano va años por
detrás de la cabeza. No es falta de habilidad sino exceso de juicio. Insistir,
dibujar el modelo o subir el elogio empeoran las tres cosas. Lo que funciona es
quitar la hoja en blanco —completar, unir puntos, colorear, repasar trazos—,
dibujar cosas que no tienen que parecerse a nada, y que el adulto dibuje regular
delante sin darle importancia.