Un niño de cuatro años dibuja una persona y le salen los brazos directamente de
la cabeza. Uno de seis dibuja una casa y se ven a la vez el tejado por fuera y los
muebles por dentro. Uno de siete dibuja el cielo como una franja azul arriba, con
un hueco blanco entre el cielo y el suelo.
Ninguna de esas tres cosas es un error. Son etapas, están descritas desde hace
un siglo y aparecen en el mismo orden en cualquier niño. Saberlas cambia bastante
lo que se le dice mirando su dibujo — y, sobre todo, lo que no se le dice.
Y hay una parte del dibujo que sí se puede acompañar sin corregir nada: el
repertorio de formas. Un niño que sabe nombrar un círculo, un cuadrado y un
triángulo —lo que trabaja Qué figura es— tiene
con qué construir cualquier cosa que quiera dibujar, y de paso con qué describir
lo que ha hecho.
Del garabato a la figura
Hasta los tres años: el garabato. Primero es puro movimiento
del brazo, sin intención. Hacia los dos y medio o tres aparece algo importante: el
niño dibuja y después decide qué es. «Es un perro.» El dibujo no se parece a nada
y da igual — lo que acaba de ocurrir es que unas rayas significan una cosa, y esa
es la misma idea que sostiene después la lectura.
Tres o cuatro: el renacuajo. El primer monigote: una cabeza
grande con dos rayas por piernas y a veces dos por brazos, saliendo de la cabeza.
No hay tronco. Es exactamente lo esperable, y dibujar así a los cuatro años no
significa nada más que tener cuatro años.
Cuatro o cinco: aparece el tronco. Y con él, las manos con
dedos —casi siempre siete u ocho por mano, porque lo que importa es que hay dedos,
no cuántos—. El niño empieza a añadir detalles que le interesan: los botones, el
pelo, un lazo.
Cinco o seis: la escena. Ya no hay una figura suelta, hay una
situación: la casa, el sol, el árbol, la familia. Y aparecen dos convenciones que
llaman mucho la atención de los adultos y que son señales de que va bien.
Las dos rarezas que no hay que corregir
La transparencia. Un coche del que se ve al conductor entero,
piernas incluidas, a través de la puerta. Una casa con las paredes y a la vez los
muebles de dentro. Una tripa de embarazada con el bebé dibujado.
El niño no dibuja lo que ve: dibuja lo que sabe. Y sabe que dentro del coche hay
un señor. Corregir eso —«pero si no se ve»— es pedirle que renuncie a contar lo que
sabe, y desaparece solo hacia los siete u ocho años.
La línea de tierra y la franja de cielo. Todo apoyado sobre una
raya en la parte de abajo, y el cielo como una franja azul arriba del todo, con un
hueco en medio. Es una manera perfectamente lógica de organizar el espacio antes de
manejar la profundidad, y también se va sola.
Con eso, la regla práctica para cualquier dibujo: no se corrige un
dibujo. Se pregunta por él, que es otra cosa.
Qué decir delante de un dibujo
Hay dos frases que no aportan y una que sí.
«Qué bonito» no dice nada y el niño lo sabe: la ha oído por todo. Y «¿qué es?»
es peor de lo que parece, porque obliga a defender que aquello es un perro cuando
él ya sabe que no lo parece.
Lo que funciona es describir lo que se ve y preguntar por la historia: «has
puesto muchas ventanas», «¿qué está pasando aquí?». Con eso, un dibujo se convierte
en una conversación, que es donde de verdad está el valor — vocabulario, orden del
relato, causa y efecto.
Y merece la pena poner la fecha detrás. Tres dibujos del mismo niño con seis
meses de diferencia dicen más sobre cómo va que cualquier lista de edades.
Qué relación tiene con escribir
Más directa de lo que parece, y en las dos direcciones.
Un niño que dibuja mucho fortalece la mano y controla el trazo sin que nadie se
lo pida, así que llega a las letras con ventaja. Y al revés: un niño que evita el
lápiz llega a los seis años con la mano por hacer.
Hay además una pieza concreta que se comparte. Copiar figuras —círculo,
cuadrado, triángulo, rombo— es la habilidad que predice mejor cuándo estará listo
para las letras, porque cada letra es una combinación de esas mismas formas. El
círculo llega hacia los tres, el cuadrado a los cuatro, el triángulo a los cinco y
el rombo a los seis o siete. Ese orden es bastante estable.
Por eso Qué figura es y Trazar letras se apoyan mutuamente: el primero da
el vocabulario de formas y el segundo el recorrido de la mano.
Si no quiere dibujar
Hay niños a los que dibujar no les llama, y en la mayoría de los casos es por
una de dos cosas bastante prácticas.
La mano se cansa. Si sujetar el lápiz cuesta, cinco minutos de dibujo son
trabajo físico, y lo que se ve desde fuera es que «no le gusta». Ahí lo que hace
falta es fuerza de mano —plastilina, recortar, pinzas— antes que insistir con
folios.
O ha oído demasiadas veces qué debería mejorar. Un niño al que se le ha dicho
que el sol no es así o que le faltan las orejas deja de dibujar para no
equivocarse. Se arregla dejando de comentar durante un par de meses.
Y hay un truco que casi siempre funciona: dibujar al lado, cada uno lo suyo, sin
mirar el del otro. Sin propuesta y sin comentarios.
Cómo practicarlo jugando
Lo que se entrena en pantalla es la parte de precisión y de forma, que es la
que después se traslada al papel.
Trazar letras es el recorrido de cada
figura con el dedo, sin gastar mano: útil precisamente para el niño al que
escribir le cansa.
Qué figura es da los nombres de las formas
básicas, que es lo que permite describir un dibujo —el suyo y el de otro— con algo
más que «bonito».
Y Simetría añade lo que aparece hacia los seis o
siete: darse cuenta de que una figura y su reflejo son cosas distintas, que es lo
que hay detrás de dibujar una casa con las dos mitades parecidas.
Qué imprimir
Para la mano, Trazos y
líneas con los pequeños y Sombrear sin salirse a partir de los
cuatro: rayar una figura entera da fuerza y control sin pedir que nada quede
bonito, que es justo lo que necesita el niño que evita el lápiz.
Y Dibuja la otra
mitad hacia los cinco o seis, cuando ya empieza a mirar si las dos partes de
una figura se corresponden.
El orden general de qué prepara la mano y en qué momento está en Grafomotricidad: por dónde
empezar.
Lo esencial
El dibujo va por etapas y aparecen en el mismo orden: el garabato al que después
se le pone nombre, el monigote sin tronco con los brazos en la cabeza, el tronco y
los dedos, y la escena completa. Las transparencias —ver al conductor dentro del
coche— y la franja de cielo con hueco en medio no son errores: el niño dibuja lo
que sabe y no lo que ve, y desaparecen solas. No se corrige un dibujo; se pregunta
por él. Y copiar figuras —círculo, cuadrado, triángulo, rombo— es lo que mejor
anticipa cuándo estará listo para las letras.