Lectura y lenguaje

Dibujar antes de escribir

Por El equipo de Kodomi Club · 11 de septiembre de 2026 · 7 min

Dibujar antes de escribir

El dibujo ordena el recuerdo y da de qué escribir. Es el paso que convierte una página en blanco en un texto de tres frases.

Se le pone delante una hoja con cinco renglones y se le pide que cuente el día. Escribe «me lo he pasado bien» y levanta la cabeza. No es falta de ganas ni falta de vocabulario: es que no tiene por dónde empezar.

Con la misma hoja, pero dibujando primero, escribe tres frases. El dibujo hace un trabajo que el niño todavía no sabe hacer con palabras: elegir un momento y ordenarlo. Poner sucesos en orden es lo mismo que pide ¿Qué va antes? con dibujos.

Qué hace el dibujo

Lo primero, elegir. En un día entero han pasado veinte cosas, y en un folio cabe una. Esa elección es la parte más difícil de escribir y el dibujo la resuelve sin que se note.

Lo segundo, concretar. Para dibujar la playa hay que decidir quién estaba, qué había alrededor, qué se estaba haciendo. Todo eso son después los detalles del texto.

Y lo tercero, ordenar en el espacio. Lo que está en el centro del dibujo es lo importante; lo del borde, el contexto. Cuando escribe, esa jerarquía ya está hecha.

Escribir mirando el dibujo

La consigna que funciona es sencilla: «cuéntame lo que has dibujado». Con el dibujo delante, el niño no está buscando en el aire, está describiendo algo que ve.

Y funciona todavía mejor si primero lo cuenta en voz alta y después lo escribe. Hablar es más fácil que escribir, y lo dicho se puede copiar.

Con niños que se atascan de verdad, el adulto puede escribir la primera frase de lo que acaba de oír y dejar que él siga. Arrancar es casi todo el problema.

Cuántos renglones

Cinco renglones es el tamaño que funciona de los siete a los diez años. Menos parece poco y más agobia nada más verlo.

Con cinco y seis años, dos renglones, y el resto de la hoja para el dibujo. Con cuatro, ninguno: dibuja él y escribe el adulto lo que le dicte, con su nombre debajo.

Lo importante es que la cantidad esté fijada y sea siempre la misma. Un espacio que se sabe de antemano se llena; una hoja abierta se abandona.

Cada cuánto

Dos o tres veces por semana, no todos los días. Un diario diario se convierte en obligación en la primera semana y se abandona en la segunda.

En verano funciona muy bien atarlo a algo: los días en que ha pasado algo distinto. Ir a la piscina no cuenta si se va todos los días; la primera vez que salta del trampolín, sí.

Y conviene no forzar los días malos. Un diario que se llena a regañadientes deja un recuerdo peor que uno con huecos.

Las consignas que dan mejores textos

«Cuenta tu día» es la peor de todas: demasiado grande. Las que funcionan son estrechas: lo mejor de hoy, un sitio nuevo, algo que no esperabas, alguien a quien has visto.

Cuanto más concreta la consigna, más largo el texto. Es al revés de lo que parece: la libertad total paraliza y el marco estrecho da de qué hablar.

Y una que rinde mucho en agosto: «lo que quiero contar en septiembre». Escribir pensando en un lector futuro cambia el texto, y además da un motivo para releerlo.

Qué se corrige

Muy poco. Un diario no es un ejercicio de ortografía, y corregirlo con rojo es la manera más rápida de que no se escriba el siguiente.

Lo que sí se puede hacer es leerlo en voz alta juntos y comentar el contenido: preguntar por algo que no queda claro, pedir un detalle más. Eso mejora el texto siguiente sin corregir el actual.

Si hay una falta que se repite mucho, se apunta aparte, en la libreta de las palabras propias, y se trabaja otro día. El diario se queda como está.

Lo que se gana con el tiempo

Un cuaderno de verano grapado en septiembre es un objeto que se lee muchas veces. Y a diferencia de las fotos, cuenta lo que él consideró importante.

De un año para otro se ve el cambio en la letra, en la longitud de las frases y en lo que elige contar. A los diez años, releer el diario de los siete es una experiencia rara y buena.

Y engancha con algo mayor: la costumbre de escribir para uno mismo, sin destinatario ni nota. Es la única forma de escritura que sobrevive al colegio.

Cuando no quiere dibujar

Hay niños a los que dibujar les incomoda tanto como escribir, sobre todo a partir de los ocho, cuando empiezan a juzgar sus propios dibujos.

Con ellos funciona sustituir el dibujo por un esquema: cuatro palabras sueltas en la parte de arriba de la hoja, y después las frases. Cumple la misma función de elegir y ordenar.

También sirve pegar algo: una entrada, un billete, una hoja del paseo. El objeto hace de dibujo y da de qué escribir exactamente igual.

Dónde se escribe

El sitio cambia el resultado más de lo que parece. En la mesa de los deberes, el diario se convierte en deberes; en el sofá, en la terraza o en la mesa de la cocina después de cenar, sigue siendo suyo.

El material también cuenta: un cuaderno que le gusta, un boli que elige él, y nada de reglas sobre márgenes ni fechas subrayadas. Todo lo que se parezca al cuaderno del colegio le resta ganas.

Y ayuda que el adulto escriba algo a la vez, en su propia hoja y sin enseñarlo. Un niño que ve a alguien escribiendo a su lado, sin vigilarle, escribe bastante más que uno al que se le pide que escriba mientras otro espera.

De una hoja suelta a un cuaderno

Las hojas sueltas tienen una ventaja al principio: no dan miedo. Un cuaderno entero por delante pesa, y una hoja se llena y se acaba.

Pero conviene guardarlas todas juntas desde el primer día, en una carpeta o con una pinza. Al final del verano se grapan por orden y aparece un cuaderno que él no ha tenido que empezar.

Numerar las hojas o ponerles la fecha es lo único que hay que recordar. Sin fecha, al graparlas nadie sabe qué fue antes, y medio valor del diario —ver cómo cambia— se pierde.

Antes y después de esto

El diario como formato está en escribir un diario, y contar algo en viñetas, en contar una historia en cuatro cuadros.

El cierre del curso que da pie al verano está en la ceremonia de fin de curso en casa. Y para las faltas que se apuntan aparte, el cuaderno de las faltas propias.

Cómo practicarlo jugando

¿Qué va antes? entrena poner en orden lo que ha pasado, que es la mitad de contar un día.

Recuerda la secuencia trabaja el orden de memoria, y Une las frases, la frase completa que después hay que escribir.

Qué imprimir

El diario del verano trae tres hojas con marco grande para el dibujo y cinco renglones debajo.

Escribir un diario trabaja el formato durante el curso, y Describir un lugar da el vocabulario de los sitios que se cuentan.

Lo esencial

  • Ante una hoja en blanco escribe una frase; con el dibujo hecho, escribe tres.
  • El dibujo elige el momento, concreta los detalles y ordena la importancia.
  • Cinco renglones fijos de siete a diez años: un espacio conocido se llena.
  • Dos o tres veces por semana; un diario diario se abandona.
  • No se corrige con rojo: se comenta el contenido y las faltas se apuntan aparte.

Para practicarlo jugando

Seguir leyendo