Al niño al que escribir le da pereza, el cómic le quita el miedo: piensa primero en imágenes, que es como piensa de verdad, y el texto llega después.
Y el orden de los sucesos, que es lo que más falla al contar, se practica en Qué se hace primero.
El marco obliga a ser breve
En una viñeta no cabe un párrafo. Dos renglones y se acabó, así que las frases interminables sin puntos desaparecen sin tener que corregirlas.
Es la única restricción que consigue eso sin discutir, porque no la impone un adulto sino el tamaño del cuadro.
Y una vez acostumbrado a frases cortas, esa costumbre se lleva al texto seguido.
Cuatro cuadros, cuatro momentos
Antes de dibujar nada se cuentan con los dedos: qué pasa al principio, qué se tuerce, qué se intenta y cómo acaba.
Si la historia no cabe en cuatro, no faltan viñetas: sobran cosas. Esa decisión de quitar es lo más difícil y lo más útil.
Con esa estructura de cuatro, el final deja de quedarse fuera, que es el problema clásico del cuento escrito por un niño.
Planificar en un papel aparte
Apuntar los cuatro momentos en una lista antes de tocar la hoja buena evita el desastre habitual: tres viñetas para el principio y el final apretado en un rincón.
Es la misma idea del guion de un texto, pero mucho más fácil de aceptar porque se ve enseguida para qué sirve.
Cinco líneas de plan y después ya se dibuja.
El dibujo puede ser malísimo
Lo que se corrige aquí no es el dibujo, es si se entiende el orden. Un monigote de palotes cuenta una historia igual de bien.
Decirlo en voz alta antes de empezar libera a los niños que dicen que no saben dibujar, que son muchos.
Y quita la excusa más frecuente para no hacer la hoja.
La prueba del que no estaba
Se le enseña a alguien que no ha visto cómo se hacía y se le pide que cuente qué pasa mirando solo los cuadros.
Si lo cuenta igual, la historia está bien contada. Si se pierde, falta un momento o sobra uno.
Es una corrección que no la hace el adulto y por eso se acepta sin discusión.
Diálogo con raya
Una de las hojas pide escribir lo que dicen los personajes con la raya del diálogo delante. Es el sitio más natural para aprender ese signo.
Cada viñeta, una frase de uno de los dos. Si hablan los dos, hacen falta dos rayas y dos renglones.
Después, cuando aparezca un diálogo en un texto seguido, la raya ya no será una novedad.
Lo que se ve y lo que se cuenta
Debajo del cuadro no hay que escribir lo que ya se ve dibujado. Si en la viñeta hay un niño corriendo, poner «un niño corre» sobra.
El texto tiene que añadir algo: por qué corre, qué está pensando, qué pasó justo antes.
Esa división del trabajo entre imagen y palabra es una idea sofisticada y en un cómic se entiende sola.
Seis viñetas para un cuento conocido
El ejercicio siguiente es contar en seis cuadros un cuento que ya se sabe. No vale saltarse el final ni meter dos cosas en el mismo cuadro.
Al tener la historia dada, toda la atención va a repartirla, que es lo que se está aprendiendo.
Y se ve enseguida qué partes del cuento son imprescindibles y cuáles se pueden quitar.
Resumir sin darse cuenta
Repartir una historia en seis momentos es resumir, y resumir es de las cosas que más cuestan y más se piden en el colegio.
Aquí se hace sin llamarlo así y sin escribir un párrafo, que es lo que lo hace posible a los ocho años.
Después, cuando toque resumir un texto, la pregunta «¿cuáles son los seis momentos?» ya tendrá sentido.
El orden se puede romper
Con niños de diez u once se puede probar a empezar por el final y contar hacia atrás, o a poner una viñeta que pasa antes.
Es un juego que enseña que el orden de la historia y el orden de contarla no son lo mismo.
No hace falta explicarlo con vocabulario técnico: se hace y se comenta si se entiende.
Colgar el resultado
Un cómic terminado se enseña, y esa es media razón para hacerlo. Se cuelga, se manda a los abuelos o se guarda en una carpeta.
Escribir para alguien cambia la calidad de lo escrito, y aquí el lector aparece solo.
Un cuaderno de cómics propios acumulado durante un curso es de las cosas que se guardan años.
Los globos y el ruido
Meter el texto en un globo, con su rabito apuntando a quien habla, es un paso más y se puede probar en la segunda hoja.
Y están las onomatopeyas, que son una excusa perfecta para hablar de qué letras representan cada ruido.
Un niño que escribe crac, plaf y zas está pensando en la relación entre sonido y letra sin que nadie se lo pida.
Antes de esto
Hace falta escribir frases cortas con sentido y hace falta poder ordenar cuatro sucesos.
No hace falta saber dibujar ni tener buena letra: las dos cosas mejoran haciendo esto, no antes.
Si todavía no se escriben frases enteras, se puede hacer solo con dibujos y dictando el texto al adulto.
Qué edad
Con cuatro viñetas y una frase debajo de cada una, a los siete.
Con diálogo y raya, a los ocho o nueve.
Con seis viñetas y un cuento entero, a los diez u once.
Los errores del adulto
Corregir el dibujo. Pedir más texto del que cabe. Y dejar que se empiece a dibujar sin haber apuntado los cuatro momentos.
Ese plan de cinco líneas es lo que separa un cómic terminado de tres viñetas abandonadas.
Y conviene no corregir la ortografía en caliente: primero se lee la historia y se comenta, y las faltas después.
Cuánto por sesión
Una hoja por sesión, entre veinte y treinta minutos contando el dibujo. Es más largo que una ficha normal y por eso no se repite el mismo día.
Si se queda a medias, se guarda y se termina otro día: un cómic sin acabar no sirve de nada.
Y conviene proponerlo cuando hay tiempo, no en el hueco antes de cenar.
Antes y después de esto
El miedo a empezar está en el folio en blanco, y la estructura de principio, nudo y final, en el plan antes de escribir. La raya del diálogo se trabaja en escribir un diálogo.
Cómo practicarlo jugando
Qué se hace primero entrena poner en orden los momentos de una historia.
Qué viene después trabaja la continuación lógica y Une las frases la relación entre dos ideas.
Qué imprimir
Escribir un cómic trae tres hojas de viñetas en blanco: dos de cuatro cuadros y una de seis.
Para el cuento seguido, Escribir un cuento en tres partes. Y para la raya, El diálogo y la raya.
Lo esencial
- El marco de la viñeta impone frases cortas sin que lo pida un adulto.
- Cuatro cuadros, cuatro momentos: principio, lo que se tuerce, el intento y el final.
- Se apuntan los cuatro momentos en un papel aparte antes de dibujar.
- El texto no repite lo que ya se ve: añade lo que la imagen no cuenta.
- La prueba es que alguien que no estaba cuente la historia mirando los cuadros.