Casi todos los diarios de niño empiezan igual: «Me he levantado, he
desayunado, he ido al cole». El tercer día ya no hay nada que escribir, porque
todos los días son iguales.
El problema no es el niño ni la idea del diario: es la consigna. «Cuenta tu
día» pide exactamente eso, una lista de horarios.
La pregunta en vez de la consigna
Lo que sostiene un diario es una pregunta concreta y distinta cada vez, aunque sea siempre de la misma familia.
«Lo mejor de hoy.» «Algo que no me esperaba.» «Algo que me ha costado.» «Alguien que me ha caído bien.»
Con una pregunta así, un día normal tiene material. Sin ella, hace falta que pase algo extraordinario para tener qué contar.
Y las preguntas se pueden repetir cada pocas semanas: la respuesta será distinta, y comparar la de hoy con la de hace un mes es lo mejor que da un diario.
Una cosa entera, no el día entero
Cinco líneas sobre algo que pasó valen más que veinte de resumen. Y son más fáciles de escribir, que es lo que importa.
Contar una cosa entera significa decir dónde fue, quién estaba y qué pasó exactamente. Eso es lo que hace que se pueda releer dentro de un año.
Un resumen del día no se puede releer: no dice nada que no diga cualquier otro día.
Ordenar lo que pasó antes y después es la mitad del trabajo, y eso se entrena con Qué va antes mucho antes de escribir nada.
No se corrige
Es la regla que hay que respetar aunque cueste: en un diario no se corrige nada, ni la ortografía ni el contenido.
Un diario corregido deja de ser un diario y pasa a ser un ejercicio, y los ejercicios se abandonan.
Si hace falta trabajar ortografía, se trabaja en otro sitio. Aquí lo que se está construyendo es la costumbre de escribir sin miedo.
Y esa costumbre es lo que después hace que escribir una redacción no dé pereza, así que sale rentable — es la misma idea de Escribir para alguien con el lector puesto en uno mismo.
Y no se lee, si no quiere
Es la otra mitad de lo anterior y la que más cuesta a los adultos.
Un diario que sabe que alguien va a leer se escribe pensando en ese alguien, y entonces no es un diario: es una redacción con otro nombre.
Conviene decirlo explícitamente el primer día: esto es tuyo y no lo voy a leer salvo que tú quieras enseñármelo.
Y cumplirlo. Casi siempre acaba enseñando alguna página por su cuenta, que es infinitamente mejor que haberla leído sin permiso.
Cuánto y cuándo
Cinco líneas y tres o cuatro días por semana. Un diario diario y de folio entero no lo sostiene nadie.
La hora buena suele ser antes de dormir, porque el día ya está entero y hay poco que hacer después. Pero si a esa hora está agotado, mejor al volver del colegio.
Y saltarse días está bien. Un diario con huecos sigue siendo un diario; uno que se abandona por no haber escrito el martes, no.
Lo que sí ayuda es tener sitio fijo: un cuaderno concreto, en un cajón concreto, con un boli que esté siempre ahí.
A qué edad
Cinco y seis años. Dibujar el día y dictar una frase que el adulto escribe debajo.
Siete. Dos o tres líneas con una pregunta dada.
Ocho. Cinco líneas, y ya eligiendo él sobre qué escribir.
Nueve. Sin pregunta, y con la costumbre instalada. A esta edad muchos empiezan a escribir cosas que no cuentan a nadie, y eso es exactamente lo que se buscaba.
Las variantes que funcionan
El diario de una semana concreta. Un viaje, un campamento, la semana antes de un cumpleaños. Tiene principio y final, y eso ayuda mucho.
El diario compartido. Un cuaderno que va y viene entre el niño y un adulto, cada uno escribe una página. Funciona muy bien a los ocho.
El diario de una cosa. De lo que come una mascota, del tiempo que hace, de una planta que crece. Más fácil que el de uno mismo y buen entrenamiento.
Con dibujos. Media página de dibujo y tres líneas debajo. A los siete años eso es un diario completo.
Lo que lo mata
«Cuenta tu día». Es la consigna que produce listas de horarios.
Corregirlo. Una sola vez basta para que el siguiente tenga cuatro palabras.
Leerlo sin permiso. Rompe lo único que hacía especial al cuaderno.
Exigir todos los días. Un diario obligatorio es deberes, y los deberes se hacen a desgana o no se hacen.
Para qué sirve un diario
Conviene tener claro qué se está buscando, porque no es mejorar la redacción
—eso pasa de rebote— sino dos cosas distintas.
Escribir sin miedo. Un sitio donde nadie corrige nada es el
único lugar en el que un niño escribe como habla, y esa soltura es la que después
hace que una redacción no dé pereza.
Mirar el propio día. Para contestar «lo mejor de hoy» hay que
repasar el día y elegir, y eso es un ejercicio de atención a lo que uno vive que
casi nadie hace.
Cualquiera de las dos justifica el cuaderno. Y las dos se pierden en cuanto el
diario se convierte en una tarea con nota.
Releerlo, que es el premio
Un diario tiene una recompensa que llega tarde y que conviene anunciar desde
el principio: dentro de un año se puede leer.
A los pocos meses ya funciona. Leer lo que escribió en octubre produce un
efecto raro y bueno: se acuerda de cosas que había olvidado del todo, y ve que
entonces le preocupaban cosas que ahora le dan igual.
Ese momento es el que hace que quiera seguir escribiendo, mucho más que
cualquier insistencia.
Por eso conviene poner la fecha en cada entrada, aunque parezca lo de menos:
sin fecha, releer no tiene la misma gracia. Y basta con el día y el mes escritos
a mano en la esquina, que además es una manera indolora de practicarlos.
Cómo practicarlo jugando
Adivina la emoción ayuda a poner nombre a lo que se siente, que es lo que falta cuando un diario se queda en qué pasó y no en qué tal.
Qué va antes trabaja el orden de los hechos, y En una palabra encontrar la palabra que resume.
Cinco minutos. Y el cuaderno en el mismo sitio de siempre.
Qué imprimir
Escribir un diario son cuatro páginas con una pregunta distinta cada una, para que la primera semana no se convierta en una lista.
Escribir una carta trabaja el otro escrito personal, este con lector al otro lado.
Y Terminar la frase si todavía cuesta arrancar con el folio vacío.
Lo esencial
Un diario que pide «cuenta tu día» produce una lista de horarios y se abandona en tres días: lo que lo sostiene es una pregunta concreta y distinta cada vez. Se cuenta una cosa entera, no el día entero, porque cinco líneas con detalle se pueden releer dentro de un año y un resumen no. Y hay dos reglas que hay que cumplir aunque cuesten: no se corrige y no se lee sin permiso. Sin ellas deja de ser un diario y pasa a ser una redacción.