«Dos a la derecha. Tres hacia arriba. Uno a la izquierda.» El niño cuenta
casillas y traza. Al cabo de veinte órdenes el contorno se cierra y aparece
un cohete que nadie había anunciado.
El dictado en cuadrícula es uno de los ejercicios más completos que caben
en una hoja de papel, y cuando las figuras se alargan añade algo que las
cortas no piden: aguantar. La versión en pantalla, Dictado en cuadrícula, hace lo mismo
con la voz grabada y con la línea dibujándose sola al acertar.
Qué se junta en este ejercicio
Cuatro cosas a la vez, y esa simultaneidad es lo que lo hace valioso. Oír
y entender una instrucción hablada. Retenerla mientras se ejecuta. Contar
casillas exactas. Y orientarse en el papel: derecha, izquierda, arriba,
abajo.
Es exactamente la cadena de un dictado de clase, con la ventaja de que
aquí el resultado se ve. Un dictado de palabras mal hecho produce una hoja
con faltas; un dictado en cuadrícula mal hecho produce un churro, y el churro
es información inmediata para el niño.
La orientación merece un apunte: aquí es sobre el papel, no sobre el
propio cuerpo. Un niño puede tener clarísima su mano derecha y dudar sobre
qué es la derecha de una hoja. Son dos cosas distintas y la segunda es la que
después pide el cuaderno de cuadros.
Por qué las figuras largas
Una figura de nueve órdenes se hace en tres minutos y trabaja la
orientación. Una de veinte trabaja lo mismo y añade la constancia, que es
otra cosa y probablemente más escasa.
A la orden número quince es donde se abandona. No por dificultad —la
número quince es igual que la número tres— sino por cansancio de sostener la
atención. Y esa resistencia es lo que se agota a mitad de un examen o de una
página de deberes.
Por eso conviene que las figuras largas lleguen cuando las cortas ya salen
sin fallos. Si se presentan antes, el niño se pierde por falta de técnica y
la sesión enseña lo contrario de lo que se pretendía.
Cómo se dicta
Una orden cada vez, y no más de dos repeticiones. Repetir infinitamente
convierte el ejercicio en copiar al dictado sin memoria de por medio, y la
memoria era la mitad del asunto.
El ritmo lo marca el niño: se espera a que trace antes de decir la
siguiente. Ir por delante produce atascos y ir muy por detrás aburre; después
de dos o tres figuras se coge el punto.
Y conviene decir las órdenes siempre con la misma estructura —número
primero, dirección después— porque cambiar la forma añade una dificultad que
no interesa. «Tres a la derecha», no «a la derecha, tres».
Cuando se pierde
Va a pasar en una figura de veinte órdenes, y la manera de gestionarlo
decide si habrá una segunda.
Lo que no funciona: empezar de cero. Rehacer una hoja entera por un error
en la orden doce es un castigo, y el niño no vuelve a querer.
Lo que funciona: parar, mirar juntos dónde está el último punto que
cuadra, y seguir desde ahí. La figura queda con una marca, y no pasa nada.
Aprender a retomar desde el último punto bueno, en vez de tirarlo todo, es
una lección aparte y bastante útil.
Que la figura sea una sorpresa
Conviene no decir qué se está dibujando. Si el niño sabe que es un cohete,
empieza a anticipar y a corregir según lo que espera, y entonces deja de
seguir las órdenes.
Además la sorpresa es el premio, y funciona muy bien: veinte órdenes son
un rato largo y el «¡ah, es un castillo!» del final es lo que hace pedir
otra.
Sí se puede decir cuántas órdenes tiene, que ayuda a dosificar el esfuerzo
igual que saber cuántos kilómetros quedan.
El papel importa
Cuadrícula de medio centímetro, que es la del cuaderno escolar. Más
pequeña cansa la vista y obliga a un trazo demasiado fino; más grande hace
que la figura no quepa.
Y un lápiz con la punta despuntada, no muy afilada. Una punta muy fina se
clava en el papel al contar y hace agujeros, y además invita a apretar, que a
los siete años es el problema de la mano más común.
Dictar en la otra dirección
Cuando ya salgan bien, hay una vuelta de tuerca excelente: que dicte él.
Se le da una figura dibujada en cuadrícula y tiene que dictarla a un adulto,
orden por orden.
Es bastante más difícil, porque hay que leer el dibujo, traducirlo a
instrucciones y decirlas en el orden correcto. Y falla de una manera muy
informativa: se olvida de decir la dirección, o dice «para allá». Ahí se ve
si el vocabulario espacial está de verdad instalado.
Qué edad y con qué frecuencia
Las figuras cortas, de nueve a once órdenes, entran a los cinco o seis
años, en cuanto la derecha y la izquierda del papel están razonablemente
claras. Las largas, a partir de los siete.
Una figura por sesión, dos como mucho. Es un ejercicio de atención
sostenida y encadenar tres largas produce exactamente el abandono del que
hablamos en el artículo
sobre abandonar a la mitad: no por dificultad, por agotamiento.
Dos veces por semana es un buen ritmo. Es de las actividades que rinden
más por sesión corta y repetida que por sesión larga, y además necesita un
adulto disponible, así que conviene no plantearlo como una rutina diaria que
después no se sostiene.
Lo que se ve por el camino
Un dictado en cuadrícula deja ver bastantes cosas si se mira con
atención. Si confunde derecha e izquierda de manera sistemática, es
vocabulario espacial y se trabaja aparte, con referencias fijas —«la derecha
es hacia la ventana»— antes de volver al papel.
Si cuenta mal las casillas, el problema no es de orientación sino de
conteo, y suele arreglarse pidiendo que señale cada casilla con la punta del
lápiz mientras cuenta.
Y si pide repetir la orden cada vez, lo que está corto es la memoria de
trabajo. Ahí conviene no repetir siempre: repetir una vez, y a partir de la
segunda pedirle que diga en voz alta lo que ha oído antes de trazar. Decirlo
lo fija.
Cómo practicarlo jugando
Dictado en cuadrícula hace el
mismo ejercicio con la voz grabada, y tiene una ventaja: se puede repetir la
orden con un botón tantas veces como haga falta, sin que nadie se canse de
repetir.
Busca la casilla trabaja la
orientación en rejilla desde el otro lado, con coordenadas. Y Simetría pide contar casillas y trasladar
posiciones, que es la misma mecánica manual.
Qué imprimir
Dictado en
cuadrícula difícil trae tres figuras largas —cohete, castillo y barco—
con sus órdenes para dictar y la cuadrícula lista.
Si las de veinte órdenes quedan grandes, Dictado en cuadrícula
tiene figuras de nueve a once, y Dictado en
cuadrícula: los primeros es el punto de entrada.
Lo esencial
- Junta cuatro cosas a la vez: oír, retener, contar y orientarse en el
papel. Es la cadena del dictado de clase, con el resultado a la vista.
- Las figuras largas no añaden dificultad, añaden constancia. Se abandona
en la orden quince por cansancio, no por no saber.
- Una orden cada vez, dos repeticiones como mucho, y el ritmo lo marca el
niño.
- Si se pierde, se retoma desde el último punto bueno. Empezar de cero es
lo que hace que no quiera repetir.
- No digáis qué figura es: la sorpresa es el premio, y saberlo hace que
deje de seguir las órdenes.