El problema de la práctica de cálculo es siempre el mismo: hacen falta
muchas repeticiones y las repeticiones aburren. Una hoja de treinta sumas se
abandona a la doceava, y las dieciocho que faltan son justo las que habrían
automatizado algo.
El bingo resuelve eso por la vía social. Treinta sumas pasan por la mesa
en una partida, y ninguna se vive como un ejercicio, porque lo que mueve al
niño no es acabar sino ganar. En pantalla, Sumar jugando consigue algo parecido con
estrellas y niveles; en papel, hace falta otra gente.
Cómo se juega
Cada jugador coge un cartón con nueve resultados. Alguien hace de quien
canta y va sacando fichas con las sumas: «siete más cinco». Quien tenga el 12
lo tacha. Gana el primero que completa el cartón, o una línea si se quiere
que las partidas sean más cortas.
Con la casilla del centro libre, una partida dura entre cinco y diez
minutos. Es el formato ideal para repetir dos o tres veces seguidas, que es
donde está el trabajo de verdad.
Y tiene la ventaja de que no hay turnos: todos juegan en cada ficha. Nadie
espera, nadie se distrae, y eso a los seis años es la diferencia entre un
juego que funciona y uno que se disuelve a los cinco minutos.
Los resultados en el cartón, no las sumas
Es la decisión de diseño que hace útil el juego. Si en el cartón fueran
las sumas y se cantaran los resultados, el niño buscaría una cadena de
símbolos y podría acertar sin calcular.
Con los resultados en el cartón, al oír «siete más cinco» hay que resolver
antes de mirar. No hay atajo posible: el número que se busca solo existe
después de la suma.
Ese detalle es el mismo que hace valioso el bingo de multiplicar, y por la
misma razón: obliga a ir en el sentido que no se practica recitando.
Cantar despacio
La tentación de quien canta es ir rápido para que la partida sea
emocionante. Es un error: el niño que va justo de cálculo se queda atrás,
mira el cartón del vecino y deja de calcular.
Cinco segundos entre ficha y ficha las primeras partidas. Se puede acelerar
después, cuando todos vayan sobrados, y entonces la velocidad sí añade algo
—cálculo bajo presión— en vez de excluir a alguien.
Y hay una regla de la casa que arregla casi todo: si alguien tiene el
número y no lo ha visto, se le avisa. No es una competición de vista.
Con hermanos de edades distintas
Es una de las mejores propiedades de este juego. Con los mismos cartones y
las mismas reglas se puede jugar con contenidos distintos: el pequeño con
sumas hasta diez, el mediano con sumas hasta veinte y el mayor con
multiplicaciones.
Todos juegan la misma partida, todos pueden ganar y cada uno trabaja lo
suyo. Pocas actividades escolares permiten eso, y en una casa con dos o tres
niños vale su peso en oro. En el artículo
sobre el bingo en casa están las variantes con letras y con sílabas para
los que todavía no calculan.
El que canta también trabaja
Leer la suma, resolverla para comprobar y vigilar quién ha tachado bien es
más difícil que jugar. Por eso conviene rotar el papel, y por eso es la mejor
manera de que participe un niño que ya vuela con las sumas.
Hay además un efecto que no es matemático: el que canta lleva el ritmo, y
para un niño que se frustra fácil o que suele perder, tener el control de la
partida cambia por completo cómo la vive.
Cuando alguien no tacha nunca
Con nueve casillas y dieciséis resultados posibles, hay partidas en las que
a alguien no le sale nada. A los seis años eso es motivo suficiente para no
querer volver a jugar.
Dos remedios. El primero: partidas a cinco casillas en vez de a cartón
lleno, de modo que haya muchas partidas cortas y la mala suerte se reparta.
El segundo: cartones de dos por dos para el más pequeño, con menos números y
por tanto más probabilidad relativa.
Qué hace y qué no
Hace agilidad: convierte sumas que se resuelven en cinco segundos en sumas
que se resuelven en uno. Y hace atención sostenida, porque hay que estar
pendiente de cada ficha aunque no toque.
No enseña a sumar. Un niño que todavía cuenta con los dedos desde el uno
no puede seguir el ritmo y se aburre. Para eso están antes las fichas de
sumas y los juegos con apoyo visual, y solo después el bingo como
consolidación.
Variantes que renuevan el mismo material
Con los mismos cartones se pueden jugar cosas bastante distintas, y eso
alarga mucho la vida del juego.
La primera: en vez de cantar la suma, cantar el resultado y pedir que
quien lo tenga diga una suma que lo dé. Es mucho más difícil, porque hay que
producir en vez de reconocer, y trabaja la descomposición del número.
La segunda: bingo a la contra, donde gana el último en completar el
cartón. Suena tonto y cambia la tensión de la partida por completo — de
repente interesa no tener los números que salen, y hay que estar igual de
atento.
Y la tercera, para niños que ya van sobrados: dos fichas cantadas seguidas
y hay que tachar el resultado de sumarlas entre sí. Sube mucho el nivel sin
imprimir nada nuevo.
El material, que dura si se guarda
Los cartones y las fichas se recortan una vez y se usan cincuenta, siempre
que no acaben repartidos por la casa. Un sobre con el nombre escrito, o una
bolsa con cierre, y el juego sigue disponible dentro de seis meses.
Conviene imprimir los cartones en el papel más grueso que admita la
impresora, o pegarlos en cartulina. Las fichas para cantar también: si se
doblan, se reconocen por detrás y quien canta acaba sacando siempre las
mismas.
Y merece la pena hacer una copia de más de los cartones. Cuando aparece un
amigo o un primo, tener un cuarto cartón a mano es la diferencia entre jugar
y no jugar.
Cómo practicarlo jugando
Sumar jugando trabaja las sumas con
dibujos que se pueden contar, que es el paso previo cuando el cálculo todavía
no es automático.
Resuelve la operación quita el
apoyo visual y pide ya el resultado directo. Y A
contar es el material de base para los más pequeños, donde el número
todavía se construye contando.
Qué imprimir
El Bingo de sumas trae cartones
para tres jugadores y las fichas para quien canta, con resultados hasta
veinte.
Para los que ya multiplican, el Bingo de multiplicar hace lo
mismo con las tablas. Y si lo que falta es la práctica en papel, las Sumas hasta 20 son el material
de siempre.
Lo esencial
- Treinta sumas por partida y ninguna se vive como ejercicio: lo que mueve
no es acabar, es ganar.
- Los resultados van en el cartón y las sumas se cantan. Al revés se podría
acertar sin calcular.
- Cinco segundos entre fichas las primeras partidas. El que va a rebufo del
vecino no está calculando.
- Mismos cartones, contenidos distintos: hermanos de edades diferentes
juegan la misma partida y cada uno trabaja lo suyo.
- Consolida y agiliza, no enseña a sumar. Con los dedos desde el uno, el
ritmo del bingo es inalcanzable.