Juegos y actividades

Encontrar lo que no encaja: el porqué es el ejercicio

Por El equipo de Kodomi Club · 2 de septiembre de 2026 · 8 min

Encontrar lo que no encaja: el porqué es el ejercicio

Es el ejercicio de lógica más repetido de infantil y el que peor se aprovecha: casi siempre se da por terminado en cuanto se tacha algo.

Perro, gato, silla, caballo. El niño tacha la silla en dos segundos y pasa a la siguiente. Ejercicio terminado, hoja hecha, nada aprendido.

Porque la parte que enseña no es cuál sobra: es por qué. Y esa se salta casi siempre, en casa y en clase.

Qué pide en realidad

Tres operaciones encadenadas, y solo la primera es fácil.

Encontrar qué tienen en común tres de ellos. Esto es abstraer: dejar de ver perro, gato y caballo y ver «animales».

Comprobar que el cuarto no lo cumple. Es la verificación, y mucha gente se la salta: se elige el que «parece raro» sin comprobar.

Ponerle nombre al criterio. Decir «los otros son animales». Aquí está el aprendizaje entero, y es lo que no se pide.

Un niño que tacha sin explicar ha hecho la primera y media. Es lo mismo que trabaja Qué sobra, donde conviene pedir el porqué en voz alta aunque el juego no lo exija.

Por qué el porqué importa tanto

Porque convierte una acción en una idea, y las ideas se pueden trasladar.

Un niño que tacha la silla ha resuelto ese grupo. Uno que dice «los otros tres son animales» ha construido una categoría, y esa categoría le sirve en el siguiente grupo, en un texto y en conocimiento del medio.

Además, decirlo en voz alta obliga a comprobar. Muchas veces el niño empieza a justificar y se da cuenta a mitad de que su respuesta no se sostiene — y se corrige solo, que es la mejor corrección que hay.

Cuando hay más de una respuesta buena

Es lo que más incomoda a los adultos y lo más valioso del ejercicio.

En «león, tigre, vaca, lobo», la respuesta esperada es la vaca —los otros son salvajes—. Pero un niño puede decir el león porque es el único con melena, o el tigre porque es el único con rayas. Y tiene razón.

La regla es simple: si el criterio se sostiene, la respuesta es buena. Aunque no sea la del libro.

Corregir esas respuestas enseña algo muy malo — que hay que adivinar lo que quiere el adulto en vez de pensar. Y eso se traslada a todo lo demás.

La ayuda que enseña

Cuando se atasca, no señalar el que sobra. Preguntar: «¿en qué se parecen los otros tres?».

Esa pregunta va al primer paso, que es donde está el bloqueo real. Casi siempre, en cuanto el niño encuentra qué comparten los tres, el cuarto salta solo.

Y si ni así, se reduce el grupo: se tapan dos y se pregunta en qué se parecen los dos que quedan. Con dos siempre sale.

La escalera de dificultad

Por categoría evidente. Animales contra un mueble. Desde los cuatro años.

Por categoría fina. Animales de granja contra uno salvaje. Todos son animales, así que hay que afinar. Hacia los seis.

Por una propiedad. Pares contra un impar, cosas que vuelan contra una que no. Aquí la categoría no es «qué son» sino «cómo son». Siete años.

Por una relación. Palabras que empiezan por el mismo sonido, o que tienen tres sílabas. Ocho o nueve.

Subir de golpe del primero al tercero es lo que hace que un niño diga que no sabe: no le falta capacidad, le falta el escalón intermedio.

Lo mismo al revés

Hay una variante que enseña más y se usa mucho menos: en vez de quitar el que sobra, nombrar el grupo.

«Silla, mesa, armario: ¿cómo se llaman todos juntos?» Eso es En una palabra, y es más difícil porque hay que producir la categoría en vez de reconocerla.

Y hay una tercera: dar la categoría y pedir ejemplos. «Dime cinco cosas que se puedan comer.» Las tres juntas cubren el trabajo entero de clasificar, contado en Clasificar para aprender.

Dónde aparece esto después

En más sitios de los que parece, y por eso merece hacerlo bien.

En comprensión lectora. Encontrar la idea que agrupa un párrafo es exactamente esto.

En conocimiento del medio. Todo el temario son clasificaciones: vertebrados e invertebrados, plantas y animales.

En matemáticas. Pares e impares, mayores que diez, figuras de cuatro lados.

En los tests. Las series y las analogías de cualquier prueba son este ejercicio con otra forma.

Los grupos que no tienen respuesta

Hay un caso que merece la pena provocar a propósito a partir de los ocho: grupos donde no sobra ninguno, o donde sobran dos.

«Perro, gato, conejo, hámster» — los cuatro son animales de compañía y no hay ninguno que desentone. Un niño acostumbrado a que siempre haya respuesta se inventa una para salir del paso.

Decirle que a veces no hay, y que decir «no sobra ninguno» es una respuesta válida, cambia bastante cómo se enfrenta a los ejercicios. Deja de buscar la respuesta que hay que dar y empieza a mirar.

Es la misma idea que aceptar que una pieza no encaja en ninguna columna al clasificar: lo que enseña es que la realidad no siempre viene ordenada.

De aquí a las analogías

Hacia los nueve años aparece el escalón siguiente y conviene saber que es el mismo trabajo: las analogías.

«Guante es a mano como calcetín es a…». Hay que encontrar la relación entre los dos primeros y aplicarla a la tercera. Es exactamente encontrar el criterio y usarlo, con otra forma.

Y es de lo que más aparece en cualquier prueba de razonamiento, desde las de clase hasta las de acceso a cualquier sitio, veinte años después.

El puente entre las dos cosas es la pregunta de siempre: ¿en qué se parecen? Solo que aquí se aplica a una pareja en vez de a un grupo.

Hacerlo con palabras, no con dibujos

A partir de los siete conviene pasar de las fichas con imágenes a las de palabras, y no es un detalle menor.

Con dibujos, buena parte del trabajo es reconocer qué hay dibujado. Con palabras, el niño tiene que evocar la cosa antes de compararla, y eso es un paso mental más.

Además las palabras permiten categorías que un dibujo no dibuja: cosas que suenan parecido, palabras de tres sílabas, verbos frente a nombres.

Y prepara directamente para lo que viene en clase, donde a partir de segundo casi todo el material es texto.

Cómo practicarlo jugando

Qué sobra es el directo, y gana mucho si se pide el porqué en voz alta después de cada ronda.

En una palabra es la versión difícil —nombrar el grupo— y Clasifica en cestas la versión larga: aplicar el criterio doce veces seguidas.

Cinco minutos. Y en el coche, sin nada: «coche, avión, barco, árbol».

Qué imprimir

Qué sobra en cada grupo trae un renglón debajo de cada grupo para escribir el porqué, que es la parte que convierte el ejercicio en algo. Y sube por la escalera: categoría evidente, categoría fina y propiedad.

Para la versión de repartir en columnas, Ordenar palabras por su ortografía, que aplica lo mismo a algo que no se toca.

Y Series y patrones, que es sostener un criterio aplicado a un orden en vez de a montones.

Lo esencial

Tachar el que sobra es la mitad fácil; el ejercicio es explicar por qué, porque eso convierte una acción en una categoría que se puede trasladar. Cuando hay más de una respuesta defendible, la buena es cualquiera que se sostenga — corregirlas enseña a adivinar lo que quiere el adulto. La ayuda que desbloquea no es señalar el que sobra sino preguntar en qué se parecen los otros tres. Y hay una escalera de cuatro escalones que conviene no saltarse, porque el salto es lo que hace que un niño diga que no sabe.

Para practicarlo jugando

Seguir leyendo