Se le da a un niño un montón de cosas y dos cajas, y se le pide que las
reparta. Parece un juego de ordenar y es una de las operaciones mentales que más
rinde a estas edades.
Porque para repartir hay que decidir un criterio, aplicarlo a cada cosa y
sostenerlo hasta el final. Y eso es lo que después permite estudiar.
Qué pasa por dentro al clasificar
Hay que encontrar en qué se parecen. Antes de repartir nada
hay que ver qué tienen en común unas y otras, que es abstraer.
Hay que aplicar la regla muchas veces. Doce veces seguidas la
misma decisión, sin cambiar de criterio a mitad.
Hay que resistir lo llamativo. Si se clasifica por forma, el
color no cuenta, aunque grite. Esa capacidad de ignorar lo que no toca es
atención pura.
Hay que sostener el criterio en la cabeza. Nadie lo recuerda
por ti a mitad del montón.
Todo eso es lo que hace Clasifica en
cestas sin que parezca ninguna de esas cosas.
La escalera, de tres a nueve años
Tres años. Un criterio evidente y dos montones: los rojos y
los azules. Y con las cosas delante.
Cuatro y cinco. El mismo montón clasificado de dos maneras
distintas: primero por color y después por forma. Ese es el salto grande —
darse cuenta de que una misma cosa pertenece a varios grupos.
Seis y siete. Criterios que no se ven: los que vuelan y los
que no, los que se comen y los que no.
Ocho y nueve. Dos criterios a la vez, en una tabla de filas y
columnas. Y clasificar cosas abstractas: palabras, números, operaciones.
El salto que más importa
Es el de los cuatro o cinco años y merece detenerse: reclasificar el mismo
montón con otro criterio.
Un niño que ha repartido los botones por color y a quien se le pide que ahora
los reparta por tamaño tiene que deshacer lo hecho y mirar lo mismo de otra
manera. Al principio se resiste bastante — los botones «ya estaban ordenados».
Cuando eso sale, ha entendido algo importante: que las categorías no están en
las cosas sino en cómo las miramos. Y esa idea sostiene después media
comprensión lectora y toda la biología.
Se practica con lo que haya en un cajón y no cuesta nada.
El porqué es el ejercicio
Aquí está el error más común: dar por terminado el ejercicio cuando los
montones están hechos.
Lo que enseña no es el reparto sino la justificación. «¿Por qué este va
aquí?» convierte una acción en una idea, y es la pregunta que hay que hacer
siempre.
Y admite una respuesta inesperada que conviene aceptar: si el niño ha usado
un criterio distinto del previsto pero lo sostiene en todas las piezas, está
bien. Ha clasificado, que es lo que se pedía.
La misma lógica que en Qué sobra: lo que
importa no es cuál sobra sino por qué.
Clasificar palabras
A partir de los siete años se puede clasificar algo que no se toca, y ahí el
ejercicio se vuelve una herramienta de estudio.
Palabras por su ortografía: las que llevan hache y las que no. Números por
una propiedad: pares e impares, mayores y menores que veinte. Operaciones por lo
que piden: las de sumar y las de restar.
Tiene una ventaja concreta sobre rellenar huecos: hay que mirar la palabra
entera y decidir, sin que nadie señale dónde está la dificultad. Por eso funciona
tan bien para fijar ortografía, como se cuenta en La ortografía.
La tabla de dos criterios
Hacia los ocho o nueve llega el escalón siguiente: clasificar por dos cosas a
la vez, en filas y columnas.
Animales que vuelan y no vuelan, cruzado con animales de granja y salvajes.
Cada casilla es una combinación, y de pronto hay cuatro grupos en vez de dos.
Es difícil y es exactamente lo que se pide en conocimiento del medio a partir
de tercero. Y prepara la lectura de tablas, que es media matemática aplicada.
Conviene empezar con dos criterios muy separados —color y tamaño— antes de
meter dos que se parezcan.
Dónde se clasifica en casa
Guardando la compra. Lo que va a la nevera, al congelador y
al armario. Tres columnas y un criterio útil.
Con la ropa limpia. Por persona, o por tipo de prenda. Y se
puede hacer de las dos maneras, que es el salto de los cinco años.
Recogiendo los juguetes. Si hay cajas con criterio, recoger
es clasificar. Si hay una caja grande, no.
Con los cubiertos del lavavajillas. El clásico, y con la
ventaja de que el cajón ya viene con las columnas hechas.
Lo que no funciona
Decir el criterio y que solo ejecute. «Pon los rojos aquí»
quita la parte de encontrar en qué se parecen, que era la buena.
Corregir cuando el criterio es otro válido. Desanima y enseña
a adivinar lo que quiere el adulto.
Demasiadas piezas. Con cuarenta cosas se pierde el criterio a
mitad y el ejercicio se convierte en una tarea.
Criterios que se solapan. «Los grandes y los azules» no es
una clasificación: una cosa puede ser las dos.
El montón que no encaja en ninguna
Al clasificar aparece casi siempre una pieza que no va claramente en ningún
sitio, y lo que se haga con ella importa bastante.
La tentación es meterla a la fuerza en la columna que más se le parezca. Lo
que enseña es lo contrario: dejarla fuera, en un montón de «no sé», y hablar de
ella al final.
Porque casi siempre esa pieza señala algo interesante. O el criterio no estaba
bien definido, o hay un caso intermedio de verdad —un tomate, que es fruta y se
come como verdura— y eso es una conversación mucho más valiosa que el
reparto.
Aceptar que hay cosas que no encajan del todo es además una idea que sirve
mucho más allá de una hoja de ejercicios.
De clasificar a resumir
Hacia los nueve años, clasificar se convierte en la herramienta de estudio
más útil que hay, y merece la pena señalar el enlace.
Resumir un texto de conocimiento del medio es clasificar: esto va con lo de
los mamíferos, esto es un ejemplo, esto es una consecuencia. Un esquema no es
otra cosa que un montón de cosas repartidas por criterio.
Por eso un niño que ha clasificado mucho con objetos llega a los esquemas con
la operación mental ya hecha, y solo tiene que aplicarla a palabras.
Y funciona bien hacerlo explícito: al estudiar un tema, preguntar «¿en cuántos
grupos se podría partir esto?» antes de subrayar nada.
Cómo practicarlo jugando
Clasifica en cestas cambia de
criterio entre rondas, que es justo el salto difícil.
Qué sobra es la operación contraria —detectar
lo que no encaja— y En una palabra pide
nombrar el grupo, que es el nivel más alto de los tres.
Cinco minutos. Y un cajón desordenado, que hace lo mismo gratis.
Qué imprimir
Ordenar palabras por su
ortografía aplica esto a lo que más cuesta: las palabras salen mezcladas
arriba y hay dos columnas vacías abajo. Con b y con v, con hache y sin ella, con
g y con j.
Para la versión con figuras y colores, Bingo de figuras y colores,
que se puede usar para clasificar antes de jugar.
Y Series y patrones, que es la
misma idea de sostener una regla aplicada a un orden en vez de a montones.
Lo esencial
Clasificar obliga a encontrar un criterio, aplicarlo doce veces sin cambiarlo
y resistir lo que llama la atención pero no cuenta. El salto importante llega
hacia los cinco años: reclasificar el mismo montón con otro criterio, que enseña
que las categorías están en cómo miramos y no en las cosas. El ejercicio no
termina cuando los montones están hechos sino cuando el niño explica por qué — y
si su criterio es otro pero lo sostiene, está bien. A partir de los siete se
puede clasificar lo que no se toca, y ahí se convierte en una herramienta de
estudio.