No hay en todo el año un texto que un niño quiera escribir con tantas ganas como la carta a los Reyes. Es una oportunidad que se desaprovecha si se queda en una lista de juguetes copiada del catálogo.
Con tres renglones guiados —cómo me llamo, qué he hecho este año, qué me gustaría— la misma carta se convierte en un texto con estructura. Las palabras que más cuestan se pueden preparar antes con juegos como Forma la palabra.
El renglón del medio es el que enseña
Pedir es fácil. Lo difícil, y lo interesante, es tener que decir algo que uno ha hecho antes de decir lo que quiere.
Ese renglón obliga a repasar el año y a elegir: he aprendido a nadar, he ayudado con mi hermano, me he portado regular en octubre. Muchos niños escriben ahí cosas que sorprenden.
Y coloca la carta en su sitio: no es un formulario de pedidos, es una carta a alguien. La diferencia entre las dos cosas se entiende perfectamente a los seis años si el papel la marca.
Cómo se rellena a cada edad
Con cuatro y cinco años se hace al dictado: el niño dice, el adulto escribe y él pone su nombre. Escribir su nombre en la carta más importante del año es motivo suficiente para practicarlo la semana antes.
Con seis y siete escribe la carta entera. Aquí hay que aguantarse las ganas de corregir: una carta llena de tachones rojos deja de ser suya, y los Reyes, que se sepa, no corrigen ortografía.
De ocho en adelante ya se le puede pedir que la escriba dos veces: un borrador donde se piensa y una copia a limpio. Es la primera vez que verá para qué sirve un borrador, y con este texto no protesta.
Dos cartas por hoja, y no es por ahorrar
La primera carta se estropea casi siempre: un tachón, un cambio de idea, un hermano que quiere la suya. Tener la segunda a mano evita el drama.
También permite algo mejor: escribir una a lápiz para probar y otra a boli para entregar. El niño ve que el texto mejora entre una y otra, que es la idea del borrador sin llamarla así.
Y si hay dos hermanos, cada uno la suya en la misma hoja. Compararlas después, sin competir, es una conversación buena: se ve que cada uno pide cosas distintas y escribe distinto.
Las palabras que se atascan
Hay cinco o seis que aparecen siempre: «queridos», «Majestades», «gustaría», «portado», «gracias» y los tres nombres. Merece la pena escribirlas en un papel aparte para copiarlas.
Melchor, Gaspar y Baltasar dan además una lección de mayúsculas que se aprende sola: son nombres propios, van con mayúscula, y se ven tres seguidos en la misma línea.
«Gustaría» esconde la tilde y el uso del condicional, que a los siete años suena mejor de lo que se escribe. Decirlo en voz alta antes de escribirlo resuelve la mitad de los casos.
Lo que se pide y lo que se recibe
Conviene hablar del número antes de escribir, no después. Tres cosas, o cinco, o las que se decidan en casa, pero decididas antes: una lista de veinte juguetes acaba en decepción segura.
Ayuda mucho la costumbre de pedir de categorías distintas: algo para jugar, algo para leer, algo para ponerse. Da variedad y evita la lista de doce muñecos iguales.
Y ayuda escribir también algo que no sea un objeto: ir a un sitio, hacer algo con alguien. No siempre sale, pero cuando sale es lo que se recuerda del año.
La entrega es parte del texto
Una carta escrita y guardada en un cajón se queda a medias. La entrega —al paje, al buzón de la cabalgata, al balcón— es lo que cierra el círculo y lo que hace que el año siguiente la escriba con más cuidado.
Antes de entregarla conviene leerla en voz alta entre los dos. Leer lo que uno ha escrito es un paso que casi nunca se da, y aquí se da con gusto porque no es una corrección.
Guardar una copia o una foto tiene además un premio a largo plazo: las cartas de tres años seguidos, leídas juntas, cuentan cómo ha cambiado el niño mejor que cualquier álbum.
Y en enero, la respuesta
La carta de agradecimiento del 7 de enero es la mitad que casi nadie escribe, y es la que más enseña: dar las gracias por escrito es una habilidad social que se aprende sólo si alguien la propone.
Dos líneas bastan: qué le ha gustado más y por qué. Con eso se practica justificar una opinión, que es lo que le van a pedir en el colegio durante los diez años siguientes.
Y se puede dirigir a quien de verdad hizo el regalo cuando ya sabe cómo funciona el asunto: a los abuelos, a los tíos. Ahí la carta cambia de destinatario y no de estructura.
Cuando ya no se lo cree
Llega un año, entre los siete y los nueve, en que el niño lo sabe o lo sospecha. La carta no tiene por qué desaparecer entonces: cambia de sentido y sigue sirviendo.
Se puede escribir igual, dirigida a quien de verdad la va a leer, y se puede hacer una segunda para un hermano pequeño, haciendo de paje. Pasar al otro lado del asunto suele gustar más que lo que se ha perdido.
Lo que no conviene es que el mayor le estropee la ilusión al pequeño en la mesa de la cocina. Un encargo concreto —guardar el secreto, ayudar a preparar la noche— resuelve eso mejor que cualquier advertencia.
Hay un detalle de estilo que merece una frase: en la carta se habla de usted, porque son tres señores a los que no se conoce. Es de las pocas ocasiones naturales para usar esa forma, y a los ocho años se aprende mejor aquí que en una tabla de verbos.
Y conviene leerla en voz alta antes de doblarla. Casi todos los errores que se oyen al leer no se veían al escribir, y corregirlos entonces no duele: no lo señala nadie, lo nota él.
Antes y después de esto
La estructura de una carta cualquiera está en escribir una carta, y el borrador antes del texto, en el plan antes de escribir.
La postal de diciembre, más corta y para más gente, está en una postal escrita a mano. Y para la mayúscula de los nombres propios, la mayúscula de los nombres.
Cómo practicarlo jugando
Forma la palabra prepara las palabras que se atascan en la carta, letra por letra.
En una palabra amplía el vocabulario con el que se describe lo que se pide, y Une las frases trabaja la frase completa.
Qué imprimir
La carta a los Reyes Magos trae dos cartas con los tres renglones guiados y una corona para colorear.
Escribir una carta trabaja el formato completo, y Escribir mi nombre y mis datos asienta lo primero que hay que poner.
Lo esencial
- Es el texto que más ganas tiene de escribir en todo el año: conviene aprovecharlo.
- El renglón de «qué he hecho este año» convierte una lista de pedidos en una carta.
- No se corrige en rojo: los Reyes no revisan ortografía.
- Dos cartas por hoja permiten borrador y copia a limpio sin llamarlo así.
- La carta de gracias del 7 de enero es la mitad que casi nadie escribe.