Se le pregunta a un niño de ocho años cómo era la película y dice que
«guay». Cómo estaba la comida: «buena». Cómo es su amigo nuevo: «majo».
No es que no tenga palabras. Es que con cinco adjetivos se puede contestar
cualquier pregunta, y mientras funcionen no hay ninguna razón para buscar
otras.
Tener una palabra y usarla
Hay dos vocabularios y no son el mismo tamaño.
El pasivo es lo que se entiende al oírlo o leerlo. Es
grande: un niño de ocho años entiende «agotado», «diminuto» o «furioso» sin
problema.
El activo es lo que sale solo al hablar. Es mucho más
pequeño, y es el que importa para escribir.
La mayoría del trabajo de vocabulario en casa se dedica a meter palabras
nuevas en el pasivo, que ya es grande. Lo que hace falta es mover palabras del
pasivo al activo, y eso pide otra cosa: usarlas, no oírlas.
Ese trabajo de afinar —decidir cuál encaja y cuál no— es el que entrena Qué sobra cuando se pide el porqué en voz alta.
Por qué importa más de lo que parece
Para escribir. Una redacción con «bonito» cinco veces no es
que esté mal escrita: es que no dice nada. Y el niño no puede mejorarla si no
tiene con qué sustituir.
Para leer. Los textos de clase a partir de tercero usan
palabras precisas, y una palabra que no se tiene activa se lee más despacio y se
retiene peor.
Para explicarse. Poder decir «me da rabia» en vez de «estoy
mal» cambia una conversación entera — es la misma idea que con las emociones.
Para pensar. Distinguir «cansado» de «agotado» obliga a mirar
con más detalle lo que se está describiendo.
Lo que no funciona
Las listas de sinónimos. Aprender que «bonito, hermoso,
precioso, bello» son sinónimos no enseña cuándo usar cada uno, que es todo el
problema. Y de hecho enseña algo falso: casi nunca son intercambiables.
Corregir la palabra. «No se dice guay, se dice
entretenida.» Corta la conversación y no deja ninguna palabra nueva
disponible.
El diccionario como primer recurso. Buscar una definición da
una explicación, no un uso. Y a los ocho años las definiciones suelen tener
dentro palabras más difíciles que la buscada.
Mandar escribir con palabras raras. Sale un texto artificial
donde las palabras están mal colocadas, y se aprende a adornar en vez de a
precisar.
Lo que sí funciona
Dar la palabra sin pedir nada. «Sí, estaba agotado» después
de que él diga «muy cansado». No se corrige, se añade. A la quinta vez la usa
él.
Preguntar por el detalle, no por la valoración. «¿Qué pasaba
en la película?» abre; «¿te gustó?» cierra en una palabra.
Poner dos palabras juntas y comparar. «¿Estabas cansado o
agotado?» Elegir entre dos parecidas es donde se aprende la diferencia.
Los contrarios. Aprender una palabra con su opuesto la fija
mejor que aprenderla sola, y de paso da dos. Es lo que hace Memori de contrarios, que se
recorta y se juega emparejando.
Los verbos, que rinden más que los adjetivos
Casi todo el esfuerzo de vocabulario se dedica a los adjetivos, y los verbos
dan mucho más.
Un niño que solo tiene «andar» no puede decir que alguien se arrastraba, se
paseaba, correteaba o iba dando saltos. Y los verbos precisos hacen algo que los
adjetivos no: cuentan la escena entera en una palabra.
Los que más rinden son los de movimiento, los de decir —susurrar, gritar,
murmurar, contestar— y los de la cocina, que son muy visuales: pelar, amasar,
batir, escurrir.
Se enseñan haciendo y narrando, no en listas. «Estoy escurriendo la pasta»
mientras se escurre la pasta.
Las palabras que no son sinónimas del todo
Aquí está la parte interesante y la que más vocabulario deja.
«Tirar» y «lanzar» no son lo mismo: se lanza con intención y se tira también
lo que sobra. «Mirar» y «ver» tampoco: mirar se hace a propósito. «Oír» y
«escuchar», igual.
Esas diferencias no se explican bien con definiciones y se entienden a la
primera con dos ejemplos opuestos. «He visto un pájaro» frente a «he mirado el
pájaro». La conversación de treinta segundos que sale de ahí es donde se aprende.
Cuánto se puede pedir a cada edad
Cinco y seis años. Que use el nombre concreto en vez del
genérico: «macarrones» y no «pasta», «margarita» y no «flor».
Siete años. Dos o tres adjetivos por familia: además de
grande, enorme y diminuto.
Ocho y nueve. Elegir entre dos parecidas según el contexto, y
notar que una queda corta. Aquí ya se puede hablar de matices.
Antes de eso, insistir en la precisión produce niños que dicen palabras raras
en sitios donde no van, que es peor que el punto de partida.
Dónde se gana vocabulario de verdad
Leer y que le lean, con mucha diferencia sobre cualquier otra cosa. Un libro
usa palabras que no salen en una conversación de casa, y las usa en contexto,
que es como se aprenden.
Por eso el cuento de la noche sigue siendo el mejor ejercicio de vocabulario
que existe, incluso cuando el niño ya lee solo: los libros que le leen pueden
ser más difíciles que los que lee, y ahí es donde entran las palabras nuevas.
Y después, hablar de lo leído. Una palabra que aparece en el cuento y se
comenta en la cena se queda; una que solo se lee, no siempre.
Las palabras que se aprenden y no se usan
Hay un momento, hacia los ocho o nueve años, en que el niño empieza a colocar
palabras difíciles en sitios donde no van. «El perro estaba melancólico.»
No es un fallo: es la fase de estrenar. Ha oído la palabra, le ha gustado y la
está probando, que es exactamente como se aprende a usarla. Corregirla con dureza
hace que deje de arriesgar, y arriesgar es lo que hace falta.
Lo que funciona es no corregir la palabra sino preguntar por el sentido: «¿qué
crees que quiere decir melancólico?». Muchas veces la respuesta revela que la
tenía casi bien y basta con afinar.
Y conviene celebrar el intento aunque falle. Un niño que solo usa palabras
seguras no amplía nada, y en las redacciones se nota enseguida quién se atreve y
quién no. Sobre cómo corregir sin frenar eso hay más en Corregir sin desanimar.
Cómo practicarlo jugando
Qué sobra pide justificar por qué algo no
encaja, y justificar es donde se afinan las palabras.
En una palabra trabaja el vocabulario
organizado por categorías, y Memoria en
inglés obliga a sostener a la vez la palabra y lo que significa, que es lo
que distingue tener una palabra de reconocerla.
Cinco minutos, y sobre todo hablar: el vocabulario se gana en las
conversaciones, no en las hojas.
Qué imprimir
La palabra justa
está hecha para esto: las tres opciones encajan y solo una es la exacta, así que
hay que decidir por el matiz. Con verbos precisos en una hoja y adjetivos que no
son sinónimos del todo en la otra.
Antes de esa, Completar frases,
donde las opciones equivocadas son claramente absurdas y lo que se trabaja es
leer la frase entera.
Y Crucigrama de la
comida, que obliga a recuperar la palabra exacta a partir de una definición
— el ejercicio contrario y muy útil.
Lo esencial
Hay dos vocabularios: el que se entiende, que es grande, y el que sale solo al
hablar, que es pequeño. El trabajo útil no es meter palabras nuevas en el
primero sino mover palabras al segundo, y eso pide usarlas. Las listas de
sinónimos no sirven porque casi nunca son intercambiables; lo que funciona es
dar la palabra sin corregir, preguntar por el detalle y comparar dos parecidas.
Los verbos rinden más que los adjetivos. Y donde de verdad se gana vocabulario
es leyendo y hablando de lo leído.