En tercero llega el momento temido: quedan las tablas del 6, del 7, del 8 y
del 9. Cuatro tablas, cuarenta operaciones, y una cara larga en la mesa de la
cocina.
Pero esas cuarenta no son cuarenta cosas nuevas. Si ya están las del 2 al 5,
la mayor parte del trabajo está hecho y el niño no lo sabe. Contárselo es lo
primero que hay que hacer, y cambia el ánimo antes de empezar.
Cuántas quedan de verdad
Hagamos la cuenta con él, en un papel.
De la tabla del 6: 6×1, 6×2, 6×3, 6×4 y 6×5 ya se saben — están en las tablas
que ya tiene, solo que dichas al revés. Quedan 6×6, 6×7, 6×8, 6×9 y 6×10. Y el
×10 es gratis, porque basta con añadir un cero.
Lo mismo pasa con las otras tres, y además se solapan entre sí: 7×6 es 6×7, ya
contado. Cuando se tachan todas las repetidas, lo que queda son unas diez
operaciones de memoria nueva. Diez, no cuarenta.
Ese descubrimiento tiene un nombre —que el orden de los factores no cambia el
resultado— y no hace falta llamarlo así. Basta con enseñarlo con objetos: tres
filas de cuatro son doce, y girando la hoja son cuatro filas de tres, y siguen
siendo doce. Sobre por dónde empezar todo esto está Tablas de multiplicar.
Y para practicar sin cuaderno, Tablas de multiplicar mezcla las tablas en
desorden, que es lo que de verdad hace falta: recitada de corrido, una tabla se
sabe siempre; salteada, se ve lo que hay.
Las que sí hay que aprender
Son estas, y conviene tenerlas localizadas: 6×6, 6×7, 6×8, 7×7, 7×8, 8×8, y
poco más. La estrella de la dificultad es 7×8, que sale en todas
las encuestas como la que más se resiste, probablemente porque no tiene ningún
truco ni ninguna rima.
Con esas media docena localizadas, el trabajo se concentra donde hace falta en
vez de repasar cuarenta operaciones de las que treinta ya están.
Merece la pena escribirlas en un papel y colgarlo. Ver que la lista de lo que
falta cabe en media cuartilla es exactamente lo contrario de la sensación de que
quedan cuatro tablas enteras.
La del 9, que tiene truco
Es la única con un atajo que funciona y que además se recuerda solo.
Los resultados de la tabla del 9 tienen una propiedad: las cifras suman
siempre nueve. 9×3 es 27, y dos más siete son nueve. 9×7 es 63, y seis más tres
son nueve. Y la primera cifra del resultado es siempre uno menos que el número
por el que se multiplica.
Con las dos reglas juntas se reconstruye cualquiera: para 9×6, la primera
cifra es 5 y la segunda la que falta para nueve, o sea 4. Cincuenta y cuatro.
También está el truco de las manos, que a algunos niños les encanta y a otros
les parece un lío. Vale la pena enseñárselo y dejar que decida: los trucos que no
se usan solos no sirven de nada.
Cómo se estudian sin que sea una tortura
Una tabla por semana, no cuatro por mes. Y repaso corto todos
los días. Cinco minutos seis días valen más que media hora el domingo, porque lo
que fija la memoria es la repetición espaciada y no la duración.
Salteadas desde el primer día. Recitar de corrido engaña:
muchos niños «saben» la tabla del 7 y no saben cuánto es 7×6 preguntado a secas,
porque necesitan arrancar desde el principio. Si se pregunta siempre en desorden,
eso no llega a instalarse.
Con una salida cuando no se acuerda. Es lo que separa saber
las tablas de haberlas memorizado. Si no sale 7×8, se llega por 7×4 dos veces, o
por 7×10 menos 7×2. Un niño con esa herramienta nunca se queda en blanco; el que
solo tiene memoria, se bloquea.
Sin cronómetro al principio. La velocidad llega sola con la
repetición. Medir el tiempo desde el primer día convierte el repaso en una prueba
y añade nervios a algo que ya cuesta.
Para qué sirve tenerlas automáticas
La pregunta «¿por qué hay que sabérselas de memoria si existe la
calculadora?» es razonable y tiene una respuesta concreta.
Cuando en cuarto aparecen las divisiones largas, las fracciones y los
problemas de varios pasos, un niño que tiene las tablas automáticas dedica toda
su atención al procedimiento. Uno que tiene que parar a calcular 7×8 en cada paso
pierde el hilo de lo que estaba haciendo.
No es que las tablas sean importantes en sí. Es que ocupan sitio en la cabeza
mientras no están automatizadas, y ese sitio hace falta para lo siguiente. Es la
misma lógica que hay detrás de dejar los dedos al sumar, contada en Sumar hasta 10.
Cuándo hay que parar
Si el niño falla mucho, casi nunca es falta de estudio: suele ser que falta el
escalón de debajo.
Multiplicar es sumar grupos iguales. Si eso no está entendido —si 4×3 no es
«cuatro grupos de tres»—, las tablas son una lista de sonidos sin significado, y
memorizar sonidos sin significado es agotador y se olvida en una semana.
La comprobación es rápida: se le pide que dibuje 4×3 con palitos. Si lo dibuja
como cuatro grupos de tres, adelante. Si no sabe por dónde empezar, hay que
volver ahí antes de seguir con ninguna tabla.
Lo que engaña de recitar
Hay una escena que se repite en muchas casas: el niño recita la tabla del
siete de corrido, sin un fallo, y al día siguiente en clase no sabe cuánto es
siete por seis.
No se le ha olvidado. Es que lo que tiene memorizado no son las operaciones
sino una cantinela, y la cantinela solo funciona empezando por el principio. Se
le pregunta 7×6 y su cabeza arranca en 7×1 y va subiendo — si nadie le mete
prisa, llega; si hay prisa o hay clase, se bloquea.
La comprobación casera es inmediata: preguntar tres operaciones sueltas y en
desorden, con unos segundos entre una y otra para que no pueda encadenar. Si esas
tres salen, la tabla está de verdad. Si hace falta arrancar desde el principio,
lo que hay es una canción.
Y la manera de que no se instale es no dejar nunca que se recite entera.
Preguntar salteado desde el primer día cuesta lo mismo y evita el problema.
Cómo practicarlo jugando
Tablas de multiplicar es el más
directo y tiene la ventaja de preguntar en desorden, que es lo que de verdad
mide si la tabla está.
Encuentra la misma cantidad
trabaja lo que hay debajo: reconocer que dos disposiciones distintas son la misma
cantidad. Es el cimiento de que el orden de los factores dé igual.
Y Sumar jugando sigue haciendo falta: las
salidas para cuando no se recuerda una multiplicación son sumas y restas rápidas,
y si esas cuestan, la salida no funciona.
Cinco minutos al día, en desorden y sin reloj.
Qué imprimir
Tablas del 6 al
9 son tres hojas de veinte operaciones cada una, mezcladas y con las
respuestas al final. Están pensadas para después de las del 2 al 5, no en
paralelo.
Si esas todavía no están firmes, Tablas del 2 al 5 es
por donde hay que ir: saltarse ese paso es lo que convierte las cuatro últimas en
un muro.
Y para los días en que no apetece una hoja de cuentas, Colorea con las tablas: cada
resultado lleva un color y al final sale un dibujo. Se hacen cuarenta
multiplicaciones sin que lo parezca.
Lo esencial
Las cuatro tablas que quedan no son cuarenta operaciones nuevas: quitando las
que ya se saben del revés y el ×10, quedan unas diez, y 7×8 es la que más se
resiste. Hacer esa cuenta con el niño en un papel cambia el ánimo antes de
empezar. Se estudian una por semana, salteadas desde el primer día y con una
salida para cuando no se recuerdan. Y si falla mucho, conviene comprobar que
entiende qué es multiplicar antes de insistir con la memoria.