Un acertijo de lógica no se sabe: se saca. No hay que haber estudiado nada, y esa es toda su gracia — el niño que va flojo en cálculo puede resolverlo antes que el que va sobrado.
Lo que hace falta es leer despacio y no dar por supuesto nada que no esté escrito. Deducir a partir de pistas se practica también en ¿Qué sobra?, con material más simple.
Se lee dos veces antes de contestar
La primera lectura da la impresión de haber entendido. La segunda es la que encuentra la palabra que lo cambia todo.
Casi todos los acertijos fallan por leer algo que no está escrito, y no por no razonar.
Imponer la segunda lectura como norma quita la mitad de los errores sin explicar nada más.
No se mira la respuesta
Está impresa boca abajo en la misma hoja a propósito: resistirse forma parte del ejercicio.
Y hay que decirlo claro, porque la tentación es enorme y mirar la respuesta convierte el acertijo en un chiste.
Si se ha mirado, no pasa nada: se guarda para otro día y se hace otro. No hay ninguna prisa.
La ayuda que sirve
No es dar una pista: es preguntar qué dice exactamente el enunciado. «Léemelo otra vez, despacio».
Muchas veces el niño se corrige solo al leerlo en voz alta, porque oye lo que estaba dando por hecho.
Eso es lo que hay que enseñar, y solo se enseña si el adulto se aguanta las ganas de resolverlo.
El acertijo de los calcetines
Tres. Con dos puede salir uno de cada color, y con tres es imposible que no haya dos iguales.
Es el primero que conviene poner porque enseña una idea potente: el peor caso posible.
Pensar en lo peor que puede pasar, y no en lo que suele pasar, es una manera de razonar que después vale para muchas cosas.
El caracol de la pared
Sube tres y baja dos, así que avanza uno al día. Pero el último día no baja, porque ya ha llegado.
Ese detalle —el último paso es distinto— es el que hace fallar a casi todo el mundo, adultos incluidos.
Dibujarlo día a día en un papel resuelve la duda y enseña a comprobar en vez de discutir.
Los que parecen de cálculo y no lo son
El ladrillo que pesa un kilo más medio ladrillo pesa dos kilos, y la cuenta es trivial: lo difícil es plantearla.
Ahí está la lección: en un problema, la parte difícil casi nunca es calcular.
Decirlo explícitamente ayuda a los niños que creen que las matemáticas son operaciones.
Los de ordenar por altura
Ana más alta que Berta, Carla más baja que Berta, Diego más alto que Ana. Se resuelve poniéndolos en una fila en un papel.
Intentarlo de cabeza falla a partir de tres personas, y descubrirlo es más útil que acertar.
La conclusión práctica —hay problemas que necesitan lápiz— es una de las cosas más valiosas que se pueden aprender aquí.
El de las tres sillas
Dos padres y dos hijos son tres personas: abuelo, padre e hijo. El padre es las dos cosas a la vez.
Es un acertijo de palabras y no de números, y enseña que una misma persona puede tener varios papeles.
Funciona muy bien con la propia familia delante: tu padre es hijo de tu abuelo.
El de las campanadas
Las tres tardan seis segundos, o sea tres segundos por hueco entre campanadas: dos huecos.
A las seis hay cinco huecos, quince segundos. Lo que cuenta no son las campanadas sino los intervalos.
Es el mismo error de contar postes de una valla, y aparece constantemente en la vida real.
El del euro que falta
No falta ninguno. Se pagaron veintisiete, que son veinticinco de cuenta y dos de propina. Sumar la propina a los veintisiete es contarla dos veces.
Es el más difícil de los clásicos y conviene dejarlo para el final.
Y hay que resolverlo despacio con papel: es un acertijo sobre cómo se hace una cuenta, no sobre cuánto suma.
Cuando la respuesta es «no se puede saber»
Algunos acertijos no tienen solución única, y darse cuenta de eso es un logro y no un fallo.
Conviene meter uno de esos de vez en cuando, porque enseña a comprobar si los datos bastan.
En la vida, la mayoría de las preguntas no tienen datos suficientes, y notarlo es más útil que acertar.
Hacerlos en voz alta y entre dos
Explicar el razonamiento mientras se piensa hace que aparezcan los saltos que en silencio no se ven.
Y permite al adulto ver dónde se pierde, que es información que una respuesta escrita no da.
Además convierte el acertijo en una conversación, que es como funcionan mejor a esta edad.
Los errores típicos
Contestar lo primero que suena bien sin comprobarlo. Es el número uno.
Añadir condiciones que no están: «pero el caracol se cansará». El enunciado dice lo que dice.
Y rendirse en treinta segundos. Aguantar dos minutos pensando es parte de lo que se entrena, y hay que decirlo.
Qué edad
Acertijos de una sola idea —los calcetines, las tres sillas— desde los siete u ocho.
Los de ordenar y los de intervalos, a partir de los ocho o nueve.
El del euro y los de varias condiciones a la vez, a los diez. Antes producen frustración sin aprendizaje.
Inventar uno propio
Difícil y muy revelador: hay que controlar qué información se da y qué se oculta.
Casi siempre el primero que sale es imposible o trivial, y arreglarlo es donde se aprende.
Dárselo después a alguien y ver si lo resuelve cierra el ejercicio del todo.
Para qué sirven de verdad
Para practicar leer con precisión, aguantar sin respuesta un rato y comprobar antes de afirmar.
Son tres cosas que no se entrenan en casi ningún otro sitio del curso.
Y tienen la ventaja de que no parecen deberes, que a partir de los ocho años empieza a importar.
Cuánto por sesión
Dos o tres. Son cortos de leer y largos de pensar, y cuatro seguidos saturan.
Van muy bien en la mesa después de comer, o en un viaje: no necesitan material.
Y conviene repetir el mismo un mes después: si se ha entendido el razonamiento, sale enseguida; si se memorizó la respuesta, también, y eso ya dice algo.
Antes y después de esto
La diferencia entre deducir y probar al azar está en deducir en vez de adivinar. Y los acertijos con rima de la tradición oral, en adivinanzas y trabalenguas.
Cómo practicarlo jugando
¿Qué sobra? pide encontrar la razón por la que uno no encaja, que es deducción en pequeño.
Sudoku para niños y ¿Qué viene después? trabajan el mismo razonamiento con reglas fijas.
Qué imprimir
Acertijos de lógica trae doce acertijos con la respuesta impresa boca abajo en la misma hoja.
Para el razonamiento con cuadrícula, Tablas lógicas difíciles. Y para los clásicos con rima, Adivinanzas.
Lo esencial
- Se leen dos veces: casi todos fallan por dar por supuesto algo que no está escrito.
- La ayuda que sirve es pedir que relea el enunciado en voz alta, no dar una pista.
- Los de ordenar por altura necesitan lápiz, y descubrirlo vale más que acertar.
- En las campanadas y en las vallas se cuentan los huecos, no los elementos.
- Aguantar dos minutos pensando forma parte de lo que se entrena.