«Apaga los fuegos y baja por una barra.» La pista no dice bombero: dice lo
que hace un bombero y espera que el lector llegue solo. Ese rodeo, que a un
adulto le pasa desapercibido, es exactamente el trabajo de un crucigrama.
Ir de la función a la palabra es lo contrario de lo que se practica en las
listas de vocabulario, donde se da la palabra y se pregunta qué significa.
Aquí se da el significado y se pide la palabra, que es como funciona hablar.
El juego En una palabra pide algo
parecido desde otro lado: encontrar el término que abarca varios
objetos.
Leer la pista entera
El primer hábito, y el que más cuesta: leer la definición completa antes
de pensar. Muchos niños de siete años cazan una palabra conocida dentro de la
pista y contestan con ella o con algo asociado.
Ante «se hace con leche y a los ratones les encanta», leen «leche» y ponen
vaca. La pista entera decía otra cosa, pero la primera palabra reconocible se
llevó la respuesta.
El remedio es leerla en voz alta, entera, y solo después pensar. Con
cinco o seis pistas hechas así el hábito empieza a instalarse, y sirve
igual para los enunciados de matemáticas, donde ese mismo atajo produce
desastres.
Contar las casillas
El segundo hábito: mirar cuántas casillas hay antes de escribir. Es una
comprobación de dos segundos que descarta la mitad de las respuestas
plausibles.
Y tiene una consecuencia interesante: cuando la palabra que se le ocurre
no cabe, el niño tiene que buscar un sinónimo o una palabra más precisa.
«Nevera» y «frigorífico» significan lo mismo y ocupan distinto; darse cuenta
de eso es un descubrimiento de vocabulario que ninguna lista provoca.
Conviene decir en voz alta la cuenta las primeras veces: «bombero,
be-o-eme-be-e-erre-o, siete; y aquí hay siete casillas». Suena pesado y en
dos crucigramas ya no hace falta.
Usar los cruces
Lo que convierte un crucigrama en un puzle y no en un cuestionario son las
letras compartidas. Una palabra resuelta regala letras a las que la cruzan, y
esas letras a veces bastan para adivinar una definición que se resistía.
Es una técnica y hay que enseñarla explícitamente, porque casi ningún niño
la descubre solo: cuando una pista no sale, se salta y se va a otra que la
cruce. Después se vuelve.
Esa manera de trabajar —dejar algo a medias a propósito, avanzar por otro
lado y regresar con más información— es la misma que pide un problema de
matemáticas de varios datos, y aquí se practica sin coste.
Los crucigramas con dibujos, antes
Para los seis o siete años existe una versión intermedia muy útil: en vez
de una definición escrita, un dibujo. Se ve una manzana y hay que escribir
MANZANA en las casillas.
Quita la parte de comprensión y deja la de escribir la palabra letra a
letra, que ya es bastante a esa edad. Y prepara la mecánica —las casillas,
los cruces, el número de cada palabra— para cuando lleguen las definiciones
de verdad.
Cuándo dar la respuesta
Hay un punto en el que un crucigrama se atasca del todo: quedan tres
palabras que no sabe y ninguna cruza con las resueltas. Ahí, insistir es
inútil y solo produce frustración.
La ayuda que funciona sin resolverlo: dar la primera letra. Casi siempre
basta, y el niño mantiene la sensación de haberlo sacado. La segunda ayuda:
decir la palabra en una frase, sin nombrarla. «Es el que trae las cartas
todos los días.»
Dar la palabra directamente es el último recurso y conviene reservarlo,
porque un crucigrama acabado por el adulto no deja nada.
Vocabulario por campos
Los crucigramas por temas —los oficios, la casa, los animales— tienen una
ventaja sobre los generales: dejan una red y no palabras sueltas.
Cuando siete palabras del mismo campo aparecen juntas, el niño las guarda
relacionadas entre sí, y eso hace que se recuperen mejor después. Es la misma
razón por la que las listas de vocabulario de inglés van por temas.
Y permite aprovechar lo que se está dando en clase: si esta semana han
visto los oficios, un crucigrama de oficios es repaso sin que lo parezca.
Palabras que no conoce
En un crucigrama bien hecho para su edad debería haber una o dos palabras
que no conozca del todo. No más, o se convierte en un ejercicio de
adivinanza.
Esas una o dos son el valor añadido: apicultor, albañil, pupitre. Se
resuelven con los cruces o preguntando, y quedan asociadas a una definición
concreta que el propio niño ha tenido que casar con las casillas.
Preguntar «¿tú sabías lo que era un apicultor?» al acabar convierte el
pasatiempo en una conversación de dos minutos, que es donde el vocabulario
nuevo se fija de verdad.
Escribir las pistas, que es lo difícil
Cuando el crucigrama ya no ofrece resistencia, hay un ejercicio que vale
por cinco: pedirle que escriba él las definiciones. Se le da una lista de
seis palabras y tiene que redactar una pista para cada una.
Ahí aparece la dificultad de verdad. Una buena pista tiene que ser
suficiente para llegar a la palabra y no puede contener la palabra. Escribir
«el bombero apaga fuegos» no vale; hay que decir «apaga los fuegos» y
callarse el sujeto.
Es un ejercicio de precisión lingüística notable y se hace con gusto,
porque el destinatario es alguien de casa que tendrá que resolverlo. Y como
en el caso de las palabras de
casa, definir sin nombrar es la habilidad que hay debajo de todo
esto.
Conviene distinguir el crucigrama del autodefinido, porque son ejercicios
diferentes. En el crucigrama clásico las pistas están en una lista numerada
al lado; en el autodefinido van dentro de las propias casillas.
Para un niño de siete años el clásico es más manejable: la lista se lee
entera, se elige por dónde empezar y no hay que interpretar una rejilla llena
de texto pequeño. El autodefinido, que es el que traen las revistas, viene
después.
Y hay un tercer formato que suele gustar: el crucigrama sin rejilla, donde
las palabras se escriben en una lista y hay que casarlas con las pistas. Es
más fácil, útil cuando la parte espacial se atraganta, y aísla la parte de
comprensión.
Cómo practicarlo jugando
En una palabra trabaja el paso de
varios objetos concretos al término que los agrupa, que es el mismo
movimiento que pide una definición.
Forma la palabra practica escribir
letra a letra, que es lo que se hace al rellenar las casillas. Y Qué sobra pide encontrar lo que tienen en común
varios elementos, que es el músculo de la clasificación por campos.
Qué imprimir
El Crucigrama de los
oficios son tres crucigramas —quién hace qué, con animales y plantas, en
la calle— con sus soluciones al final.
El Crucigrama de la
casa hace lo mismo con las cosas de todos los días, que suelen ser más
fáciles de definir. Y para empezar antes, el Crucigrama con dibujos
sustituye las definiciones por imágenes.
Lo esencial
- La pista no da la palabra: da lo que hace. Ir de la función al nombre es
lo contrario de una lista de vocabulario.
- Leer la definición entera antes de pensar. Cazar una palabra conocida
dentro de la pista es el error típico, y el mismo que estropea los enunciados
de matemáticas.
- Contar las casillas antes de escribir. Cuando la palabra no cabe, hay que
buscar un sinónimo, y ahí se aprende vocabulario.
- Si una pista no sale, se salta y se vuelve con las letras que regalen las
que la cruzan. Hay que enseñarlo: no se descubre solo.
- Una o dos palabras desconocidas por crucigrama es lo justo. Preguntar por
ellas al acabar es donde se fijan.