Clasificar suena a asignatura y a los cuatro años es una cosa muy concreta: aplicar la misma regla a seis objetos seguidos sin cambiar de criterio a la mitad. Eso último es lo difícil, no la regla.
Por eso conviene que la primera regla sea una que ya conozca de sobra. «Lo que se puede comer» no hay que enseñarla: un niño de tres años la tiene. Lo que se practica es sostenerla, igual que en Clasifica en cestas.
La regla ya la sabe
Si la regla es nueva —lo que flota, lo que es de metal—, el niño tiene que aprenderla y aplicarla a la vez, y las dos cosas juntas no salen.
Con una regla conocida, toda la dificultad se concentra donde interesa: mirar los seis, decidir uno por uno y no perder el criterio por el camino.
Después se pueden meter reglas nuevas, y entonces la parte de aprender la regla es la conversación previa: qué flota y qué no, y por qué. Pero eso es otro día.
Uno por uno, y en voz alta
El método que funciona es preguntar por cada dibujo: «¿esto se come?». Seis preguntas, seis respuestas, y ninguna se salta.
Sin ese recorrido, el niño rodea los tres que ve primero y da la hoja por terminada. No es que se equivoque: es que ha dejado tres sin mirar.
Decirlo en voz alta la primera vez y dejar que lo diga él después es todo el entrenamiento. Al cabo de dos hojas lo hace por dentro.
El número de abajo
La hoja dice cuántos se comen. Ese número no es una pista: es una manera de comprobar sin que nadie corrija.
Cuando ha terminado, se cuentan los círculos y se compara. Si no coinciden, se vuelve a mirar, y ahí el niño busca su propio fallo, que vale mucho más que si se lo señalan.
Es también el primer contacto con la idea de comprobar el resultado, que después hace falta en todos los ejercicios de matemáticas y casi nadie enseña.
La misma hoja, otra regla
Los seis dibujos sirven para más de una tarde si se cambia la pregunta: rodea lo que es de madera, lo que se moja, lo que cabe en un bolsillo, lo que tiene ruedas.
Eso enseña algo importante y difícil: que las cosas se pueden agrupar de muchas maneras y que ninguna agrupación es la verdadera. La misma pelota está en un grupo o en otro según lo que se pregunte.
Con niños de cinco años ya se puede pedir que inventen ellos la regla: «agrupa estos como tú quieras y después dime por qué». Adivinar la regla del otro es un juego estupendo.
De una regla a dos
El escalón siguiente es cruzar dos criterios: lo que se come y además es rojo. Eso es de seis o siete años y no antes.
Antes de llegar ahí, el paso intermedio es útil: lo que se come pero no es fruta. Una regla con una excepción es más fácil que dos reglas a la vez.
Y la señal de que está listo para dos criterios es que pueda decirlos los dos en voz alta antes de empezar. Si sólo repite uno, va a clasificar por ese.
Los casos dudosos son lo mejor
Antes o después aparece algo que no está claro: una flor —¿se come?—, una bellota, una cáscara. Y ahí es donde la conversación se pone interesante.
Lo que no conviene es zanjarlo. Preguntar «¿tú te lo comerías?» y escuchar el razonamiento vale mucho más que dar la respuesta correcta.
Son además los casos que enseñan que una regla tiene bordes, y que en los bordes hay que decidir. Es una idea grande dicha en muy pequeño.
Con objetos, mejor que en papel
La versión de casa es la buena: se ponen diez cosas encima de la mesa y se separan en dos montones según la regla del día.
Con objetos se puede cambiar de opinión, mover, volver a mirar. En papel se rodea y ya está, y a los tres años esa irreversibilidad pesa.
Y da para una tarea real: ordenar el cajón de los juguetes por tipo, la compra por dónde se guarda, la ropa por quién la usa. Clasificar sirve para algo y conviene que se vea.
Adónde lleva
A las ciencias enteras: los animales por dónde viven o qué comen, las plantas por qué dan, los materiales por de qué están hechos.
Y a las matemáticas: agrupar de diez en diez es clasificar, y separar pares e impares también. La operación es la misma con números en vez de dibujos.
También a leer una tabla, que es una clasificación puesta en filas y columnas. Un niño que ha hecho montones entiende una tabla de doble entrada mucho antes.
Cuando la regla la pone él
El giro que más rinde es dejar que invente la regla: que separe en dos montones como quiera y después explique por qué. Y se acepta cualquier criterio que pueda justificar.
Salen cosas insospechadas —los que me gustan y los que no, los que tienen dientes— y todas valen si hay un motivo detrás. Lo que se entrena es sostener un criterio propio, no acertar el que esperaba el adulto.
Y después se le da la vuelta: el adulto separa y el niño adivina la regla. Ese juego es difícil, divertido y es exactamente lo que hará en cuarto de primaria al buscar el patrón de una serie.
Los montones se cuentan
Cuando ya están separados, queda un paso corto y muy rentable: contar cuántos hay en cada montón y decir cuál tiene más.
Ahí la clasificación se convierte en datos, y de los datos sale el primer gráfico de barras: los montones puestos en filas encima de la mesa ya son un gráfico sin haberlo dibujado.
Es la conexión que casi nunca se hace y que después ahorra mucho: leer una tabla o un gráfico es fácil para quien ha hecho montones y los ha contado.
Antes y después de esto
Para qué sirve clasificar está en clasificar para aprender, y el ejercicio contrario —encontrar el que sobra—, en encontrar lo que no encaja.
El paso anterior, emparejar de uno en uno, está en emparejar antes que clasificar. Y para mirar con método, mirar toda la fila.
Cómo practicarlo jugando
Clasifica en cestas es la versión con montones y con el criterio cambiando de ronda.
¿Qué sobra? pide encontrar el que no cumple la regla, y ¿Dónde vive cada uno? clasifica animales por hábitat.
Qué imprimir
Lo que se puede comer trae tres hojas de seis dibujos con el número de comprobación abajo.
Qué sobra en cada grupo trabaja el intruso, y Clasificar por dos criterios es el escalón de los seis años.
Lo esencial
- Lo difícil no es la regla: es sostenerla en los seis dibujos sin cambiarla a la mitad.
- La primera regla tiene que ser una que ya conozca, o aprende y aplica a la vez.
- Se pregunta por cada dibujo, uno a uno y en voz alta.
- El número de abajo permite comprobar sin que nadie corrija.
- La misma hoja con otra regla enseña que hay muchas maneras de agrupar.