Juegos y actividades

Ordenar lo que pasa: primero, después y al final

Por El equipo de Kodomi Club · 2 de septiembre de 2026 · 8 min

Ordenar lo que pasa: primero, después y al final

Antes de contar una historia hay que poder ordenarla. Y ordenar exige imaginar la secuencia entera antes de decidir cuál va primero.

«Cuéntame la película.» Y el niño empieza por el final, mete algo del medio, vuelve al principio y acaba diciendo «bueno, y ya».

No es que no se acuerde. Es que ordenar lo que pasó es una habilidad aparte —distinta de recordarlo— y se construye entre los cuatro y los ocho años.

Qué pide ordenar

Más de lo que parece, y por eso cuesta.

Tener la secuencia entera en la cabeza antes de decidir cuál va primero. Con cuatro pasos hay que sostener los cuatro a la vez.

Encontrar la relación entre ellos. No es solo qué pasó antes: es por qué uno tiene que ir antes que otro. No se puede tapar el bocadillo antes de poner el jamón.

Distinguir lo importante. En una historia larga hay pasos que son el esqueleto y otros que son adorno.

Eso es exactamente lo que trabaja Qué va antes con imágenes, que es la manera más limpia de entrenarlo: sin leer, sin escribir y sin recordar nada.

Empezar por lo que hace todos los días

Las rutinas propias son el mejor material y no hace falta comprarlo.

Vestirse. Lavarse los dientes. Hacer un bocadillo. Prepararse para salir. Bañarse. Son secuencias que ha vivido cien veces y de las que tiene la película completa.

Con algo que no ha hecho nunca —cómo se construye una casa— no hay de dónde sacar el orden, y entonces el ejercicio mide conocimiento en vez de secuenciación.

Y tienen una ventaja añadida: se pueden comprobar haciéndolas. Si dice que primero se ponen los zapatos y después los calcetines, se prueba.

Las tres palabras

Primero, después y al final. Parecen poca cosa y son la mitad del ejercicio.

Casi ningún niño las usa por su cuenta: cuenta las cosas seguidas, unidas por «y». Pedirle explícitamente que use las tres cambia por completo cómo organiza lo que dice.

Después vienen las de más matiz: mientras, antes de, en cuanto, más tarde. Y esas ya permiten contar cosas que pasan a la vez, que es un escalón más.

Merece la pena tenerlas escritas a la vista las primeras veces. Se interiorizan en unas semanas.

Cuando hay más de un orden posible

Es la parte interesante y la que suele corregirse mal.

Para hacer un bocadillo, da igual sacar el pan o sacar el jamón primero. Pero no da igual poner el jamón antes o después de cortar el pan.

Preguntar cuáles se pueden cambiar y cuáles no obliga a pensar en la razón del orden, no solo en el orden. Y esa razón —esto no se puede hacer sin aquello— es causa y efecto, que es lo que hay debajo.

Si el niño propone un orden distinto y lo justifica, está bien. Corregirlo enseña a adivinar en vez de a pensar.

De ordenar a contar

Aquí está el motivo por el que esto importa tanto: no se puede contar una historia que no se ha ordenado.

Un niño que cuenta las cosas revueltas no tiene un problema de lenguaje: tiene la secuencia desordenada en la cabeza, y el lenguaje sale como está la cabeza.

Por eso trabajar el orden con imágenes mejora cómo cuenta las cosas, aunque no se practique hablar. Y por eso es la base de escribir una historia, contado en El folio en blanco.

Y de contar a entender

Funciona igual en la otra dirección: para seguir un texto hay que reconstruir el orden de lo que cuenta.

Y los textos no siempre van en orden. «Antes de salir, había desayunado» cuenta primero lo segundo. Un niño que no maneja el orden lee eso y se lía.

Lo mismo con las instrucciones, las recetas y los problemas de matemáticas de dos pasos, donde el orden de las operaciones es justo lo que hay que descubrir.

La escalera

Tres años. Dos viñetas: qué pasó antes y qué después.

Cuatro y cinco. Tres o cuatro pasos de una rutina propia.

Seis y siete. Cinco o seis pasos, y contarlo con las tres palabras.

Ocho y nueve. Secuencias donde algo pasa a la vez que otra cosa, y textos donde el orden de lo contado no es el de lo ocurrido.

Y en paralelo, las secuencias de tiempo largo: los días, los meses, las estaciones — que son lo mismo a otra escala, contado en Los días y los meses.

Dónde se practica sin material

Contando el día al acostarse. Qué hicimos primero, qué después. Dos minutos y todos los días.

Con las películas. Al terminar, contarla en cinco frases. Es más difícil de lo que parece.

Con recetas. Leer los pasos y hacerlos en orden, con la comprobación de que si se saltan, no sale.

Explicando cómo se juega a algo. Obliga a ordenar reglas para alguien que no las conoce.

Las viñetas, que son el material clásico

Cuatro dibujos desordenados que hay que numerar es el ejercicio de siempre, y funciona por un motivo concreto: no hay que leer ni escribir nada, así que toda la atención va al orden.

Se pueden hacer con cualquier cosa: fotos del móvil de algo que se hizo el fin de semana, viñetas de un cómic recortadas, o dibujos hechos por el propio niño.

Las fotos propias son especialmente buenas porque hay memoria real detrás, y además obligan a fijarse en pistas —la luz, la ropa, quién sale— para deducir cuál fue antes.

Y hechas por él, dibujar la secuencia de algo es un escalón más: hay que decidir qué momentos merecen un dibujo, que es resumir.

Cuando el orden lo dice el texto

A partir de los ocho aparece un caso más difícil: la historia no se cuenta en el orden en que ocurrió, y hay que reconstruirlo.

«Cuando llegó a casa ya había cenado.» Dos cosas, y la segunda pasó antes. Para entenderlo hay que deshacer el orden del texto y rehacer el de los hechos.

Se trabaja preguntando explícitamente: «¿qué pasó primero de verdad?». Y suele sorprender lo que cuesta, incluso a niños que leen muy bien.

Las palabras que lo señalan son pocas y conviene nombrarlas: ya había, antes de, después de que, mientras. Reconocerlas es media batalla.

Cómo practicarlo jugando

Qué va antes y Qué viene después trabajan el orden con imágenes, que es donde conviene empezar.

Recuerda la secuencia añade la memoria: hay que retener el orden además de deducirlo.

Cinco minutos. Y contar el día al acostarse, que es el ejercicio más barato que existe.

Qué imprimir

Ordenar lo que pasa usa rutinas que el niño hace todos los días —vestirse, hacer un bocadillo, plantar una semilla— y pide escribirlas en orden con las tres palabras.

La tercera hoja tiene además un giro: hay pasos que hace la persona y pasos que hace la planta sola, y separar los unos de los otros es un ejercicio en sí.

Y Series y patrones para el orden en su forma más abstracta, sin historia de por medio.

Lo esencial

Ordenar lo que pasa es una habilidad distinta de recordarlo, y exige sostener la secuencia entera antes de decidir cuál va primero. Se empieza por las rutinas propias, porque de lo que no se ha vivido no hay orden que sacar. Las tres palabras —primero, después, al final— son la mitad del ejercicio y casi ningún niño las usa solo. Cuando hay varios órdenes posibles, preguntar cuáles se pueden cambiar enseña la razón del orden. Y todo esto sostiene después contar una historia, escribirla y entender un texto que no va en orden.

Para practicarlo jugando

Seguir leyendo