«Cuéntame la película.» Y el niño empieza por el final, mete algo del medio,
vuelve al principio y acaba diciendo «bueno, y ya».
No es que no se acuerde. Es que ordenar lo que pasó es una habilidad aparte
—distinta de recordarlo— y se construye entre los cuatro y los ocho años.
Qué pide ordenar
Más de lo que parece, y por eso cuesta.
Tener la secuencia entera en la cabeza antes de decidir cuál
va primero. Con cuatro pasos hay que sostener los cuatro a la vez.
Encontrar la relación entre ellos. No es solo qué pasó antes:
es por qué uno tiene que ir antes que otro. No se puede tapar el bocadillo antes
de poner el jamón.
Distinguir lo importante. En una historia larga hay pasos que
son el esqueleto y otros que son adorno.
Eso es exactamente lo que trabaja Qué va
antes con imágenes, que es la manera más limpia de entrenarlo: sin leer, sin
escribir y sin recordar nada.
Empezar por lo que hace todos los días
Las rutinas propias son el mejor material y no hace falta comprarlo.
Vestirse. Lavarse los dientes. Hacer un bocadillo. Prepararse para salir.
Bañarse. Son secuencias que ha vivido cien veces y de las que tiene la película
completa.
Con algo que no ha hecho nunca —cómo se construye una casa— no hay de dónde
sacar el orden, y entonces el ejercicio mide conocimiento en vez de secuenciación.
Y tienen una ventaja añadida: se pueden comprobar haciéndolas. Si dice que
primero se ponen los zapatos y después los calcetines, se prueba.
Las tres palabras
Primero, después y al final. Parecen poca cosa y son la mitad del ejercicio.
Casi ningún niño las usa por su cuenta: cuenta las cosas seguidas, unidas por
«y». Pedirle explícitamente que use las tres cambia por completo cómo organiza
lo que dice.
Después vienen las de más matiz: mientras, antes de, en cuanto, más tarde. Y
esas ya permiten contar cosas que pasan a la vez, que es un escalón más.
Merece la pena tenerlas escritas a la vista las primeras veces. Se interiorizan
en unas semanas.
Cuando hay más de un orden posible
Es la parte interesante y la que suele corregirse mal.
Para hacer un bocadillo, da igual sacar el pan o sacar el jamón primero. Pero
no da igual poner el jamón antes o después de cortar el pan.
Preguntar cuáles se pueden cambiar y cuáles no obliga a pensar en la razón del
orden, no solo en el orden. Y esa razón —esto no se puede hacer sin aquello— es
causa y efecto, que es lo que hay debajo.
Si el niño propone un orden distinto y lo justifica, está bien. Corregirlo
enseña a adivinar en vez de a pensar.
De ordenar a contar
Aquí está el motivo por el que esto importa tanto: no se puede contar una
historia que no se ha ordenado.
Un niño que cuenta las cosas revueltas no tiene un problema de lenguaje: tiene
la secuencia desordenada en la cabeza, y el lenguaje sale como está la cabeza.
Por eso trabajar el orden con imágenes mejora cómo cuenta las cosas, aunque no
se practique hablar. Y por eso es la base de escribir una historia, contado en El folio en blanco.
Y de contar a entender
Funciona igual en la otra dirección: para seguir un texto hay que reconstruir
el orden de lo que cuenta.
Y los textos no siempre van en orden. «Antes de salir, había desayunado»
cuenta primero lo segundo. Un niño que no maneja el orden lee eso y se lía.
Lo mismo con las instrucciones, las recetas y los problemas de matemáticas de
dos pasos, donde el orden de las operaciones es justo lo que hay que descubrir.
La escalera
Tres años. Dos viñetas: qué pasó antes y qué después.
Cuatro y cinco. Tres o cuatro pasos de una rutina propia.
Seis y siete. Cinco o seis pasos, y contarlo con las tres
palabras.
Ocho y nueve. Secuencias donde algo pasa a la vez que otra
cosa, y textos donde el orden de lo contado no es el de lo ocurrido.
Y en paralelo, las secuencias de tiempo largo: los días, los meses, las
estaciones — que son lo mismo a otra escala, contado en Los días y los meses.
Dónde se practica sin material
Contando el día al acostarse. Qué hicimos primero, qué
después. Dos minutos y todos los días.
Con las películas. Al terminar, contarla en cinco frases. Es
más difícil de lo que parece.
Con recetas. Leer los pasos y hacerlos en orden, con la
comprobación de que si se saltan, no sale.
Explicando cómo se juega a algo. Obliga a ordenar reglas para
alguien que no las conoce.
Las viñetas, que son el material clásico
Cuatro dibujos desordenados que hay que numerar es el ejercicio de siempre, y
funciona por un motivo concreto: no hay que leer ni escribir nada, así que toda
la atención va al orden.
Se pueden hacer con cualquier cosa: fotos del móvil de algo que se hizo el fin
de semana, viñetas de un cómic recortadas, o dibujos hechos por el propio niño.
Las fotos propias son especialmente buenas porque hay memoria real detrás, y
además obligan a fijarse en pistas —la luz, la ropa, quién sale— para deducir cuál
fue antes.
Y hechas por él, dibujar la secuencia de algo es un escalón más: hay que
decidir qué momentos merecen un dibujo, que es resumir.
Cuando el orden lo dice el texto
A partir de los ocho aparece un caso más difícil: la historia no se cuenta en
el orden en que ocurrió, y hay que reconstruirlo.
«Cuando llegó a casa ya había cenado.» Dos cosas, y la segunda pasó antes.
Para entenderlo hay que deshacer el orden del texto y rehacer el de los hechos.
Se trabaja preguntando explícitamente: «¿qué pasó primero de verdad?». Y suele
sorprender lo que cuesta, incluso a niños que leen muy bien.
Las palabras que lo señalan son pocas y conviene nombrarlas: ya había, antes
de, después de que, mientras. Reconocerlas es media batalla.
Cómo practicarlo jugando
Qué va antes y Qué viene después trabajan el orden con
imágenes, que es donde conviene empezar.
Recuerda la secuencia añade la
memoria: hay que retener el orden además de deducirlo.
Cinco minutos. Y contar el día al acostarse, que es el ejercicio más barato
que existe.
Qué imprimir
Ordenar lo que pasa usa
rutinas que el niño hace todos los días —vestirse, hacer un bocadillo, plantar
una semilla— y pide escribirlas en orden con las tres palabras.
La tercera hoja tiene además un giro: hay pasos que hace la persona y pasos
que hace la planta sola, y separar los unos de los otros es un ejercicio en sí.
Y Series y patrones para el
orden en su forma más abstracta, sin historia de por medio.
Lo esencial
Ordenar lo que pasa es una habilidad distinta de recordarlo, y exige sostener
la secuencia entera antes de decidir cuál va primero. Se empieza por las rutinas
propias, porque de lo que no se ha vivido no hay orden que sacar. Las tres
palabras —primero, después, al final— son la mitad del ejercicio y casi ningún
niño las usa solo. Cuando hay varios órdenes posibles, preguntar cuáles se pueden
cambiar enseña la razón del orden. Y todo esto sostiene después contar una
historia, escribirla y entender un texto que no va en orden.