Los cuatro años son la edad bisagra. A los tres, casi todo lo que hace un niño
es explorar; a los cinco ya se le puede pedir que trabaje diez minutos en algo
concreto. Los cuatro están en medio, y eso los convierte en el mejor momento para
instalar hábitos y en el peor para exigir resultados.
Las manos
El cambio más visible respecto al año anterior, y el que más se nota también
en la pantalla: un niño de cuatro ya puede seguir con el dedo el recorrido de una
figura en Trazar letras, cosa que a los tres
era imposible. Copia un cuadrado, cosa que a los tres tampoco podía: el
cuadrado exige parar el trazo y cambiar de dirección cuatro veces, y esa es la
novedad. Dibuja una persona con cabeza, tronco y algunas
extremidades, casi siempre desproporcionada y con los brazos saliendo de la
cabeza, lo cual es exactamente lo esperable.
Empieza a coger el lápiz con tres dedos en lugar de con el puño, y esta es la
edad en que merece la pena mirarlo: corregir el agarre ahora cuesta bastante menos
que dentro de dos años, cuando ya esté automatizado. Recorta con tijeras
siguiendo una línea recta, más o menos.
Lo que todavía no hace: mantenerse dentro de una raya con constancia, escribir
letras reconocibles, colorear sin salirse. Nada de eso se acelera insistiendo; lo
que lo mueve es que la mano tenga fuerza, y eso se gana recortando, amasando y
rayando. Está en Grafomotricidad:
por dónde empezar.
Los números
Cuenta objetos de verdad hasta cinco o seis, y recita bastante más allá.
Reconoce algunas cifras escritas, casi siempre el 1, el 2 y la de su edad.
Compara dos grupos y dice cuál tiene más, aunque se equivoque si el grupo con
menos cosas ocupa más sitio.
El salto de esta edad es que la última palabra al contar empieza a ser la
respuesta: cuenta cuatro galletas y, al preguntarle cuántas hay, dice cuatro en
lugar de volver a contar. Ese cambio es más importante que contar hasta veinte, y
es la señal de que empieza a entender qué es una cantidad. Está contado en Contar no es recitar, y en pantalla se ve en
A contar.
El lenguaje
Frases largas, historias con principio y final —desordenado—, y preguntas
encadenadas. La diferencia con los tres años es que ahora el «por qué» busca una
explicación de verdad y no solo mantener la conversación, y se nota en que no se
conforma con cualquier respuesta.
Aparecen dos cosas que sostienen la lectura y conviene aprovechar: empieza a
rimar a propósito y empieza a poder decir con qué sonido empieza una palabra. No
todos a los cuatro, y no pasa nada — pero cuando aparece, es el momento de jugar
mucho con los sonidos, porque es lo que más decide después. Lo explicamos en La conciencia fonológica.
Sigue cambiando sonidos al hablar —la erre, los grupos con l y r— y puede
seguir así hasta los cinco o seis sin que signifique nada.
La cabeza
Clasifica por una propiedad y —esto es nuevo— puede cambiar de criterio si se
le pide: agrupar por color y después por forma. A los tres años, cambiar de
criterio era casi imposible; a los cuatro empieza a poder, y esa flexibilidad es
la base de casi todo el razonamiento posterior.
Continúa una serie sencilla de dos elementos. Encuentra lo que sobra en un
grupo de cuatro cosas, aunque el «por qué» le cueste explicarlo — y conviene
pedírselo igualmente, porque justificar es lo que de verdad entrena. Qué sobra va exactamente a eso, y Qué figura es asienta el vocabulario de formas que
hace falta para poder describir.
La atención y lo que se le puede pedir
De diez a quince minutos en algo dirigido por un adulto, si le interesa. Es el
doble que a los tres años y sigue siendo poco comparado con lo que se supone.
Esa cifra es la que debería decidir el tamaño de cualquier actividad en casa:
una hoja corta, cinco o seis rondas de un juego, un cuento. Y es la edad perfecta
para instalar la rutina, precisamente porque todavía no hay deberes ni obligación:
diez minutos al día a la misma hora, con algo que se termine. Está en Diez minutos al día.
El juego simbólico, que es el trabajo de esta edad
Hay una cosa que ocupa buena parte del día de un niño de cuatro años y que casi
nunca aparece en las listas de lo que se espera: jugar a ser otro. Ser el médico,
ser la madre, ser el conductor del autobús. Un palo que es una espada, una caja
que es una casa.
Eso no es un descanso entre actividades educativas, es la actividad. Para
representar a otro hay que imaginar lo que ese otro hace, quiere y siente, y esa
es la misma operación que después permite entender lo que le pasa a un compañero
o lo que quiere decir un personaje de un cuento. Es también donde más vocabulario
nuevo se usa, porque hablando como un médico se dicen cosas que no se dicen
siendo uno mismo.
Conviene por tanto no llenarle la tarde de fichas. Diez minutos dirigidos y el
resto suyo es una proporción bastante razonable a los cuatro años, y la parte
suya no es tiempo perdido.
Lo que todavía no toca
Escribir letras. Leer. Sumar. Quedarse quieto media hora. Compartir sin que se
lo recuerden. Perder sin enfadarse.
De todas, la última es la que más conflictos genera en casa y la que menos se
entiende: a los cuatro años perder no se vive como un resultado sino como algo
que le han hecho, y la reacción es proporcional a eso. No se arregla explicando
que es un juego. Se arregla jugando a cosas cortas, donde la revancha esté a tres
minutos.
Cómo practicarlo jugando
A esta edad lo que rinde son los juegos de clasificar, comparar y reconocer, en
sesiones de cinco o seis rondas.
Qué sobra para encontrar lo que no encaja en un
grupo, que es clasificar visto del revés. A contar
para pasar de recitar a contar de verdad. Y Qué
figura es para el vocabulario de formas, que es lo que después permite decir
en qué se diferencian dos cosas.
Y algo que importa más que la elección del juego: a los cuatro años conviene
estar al lado. No corrigiendo — sentado, mirando, y comentando de vez en cuando lo
que hace. La compañía es la mitad de por qué funciona.
Qué imprimir
Poco y corto. Para la mano, Trazos y líneas y las Cenefas para completar,
que además de trazo entrenan el patrón.
Para los números, Contar hasta
10 empezando por las hojas hasta cinco, aunque recite hasta veinte.
Y los laberintos de 3 a 4
años, que tienen una virtud a esta edad: se acaban en dos minutos y se ve
clarísimo cuándo están terminados, que es justo lo que hace falta para entrenar el
hábito de acabar lo que se empieza.
Y para jugar con otros sin necesidad de leer ni contar, el bingo de figuras y
colores: se canta «círculo azul» y hay que encontrarlo en el cartón. Buscar
en una cuadrícula y esperar el turno son las dos cosas que entrena, y las dos
tocan justo a esta edad.
Lo esencial
A los cuatro años un niño copia un cuadrado, cuenta cinco o seis objetos de
verdad, clasifica y puede cambiar de criterio, y aguanta entre diez y quince
minutos. Aparecen dos cosas que conviene aprovechar: el «por qué» que busca
explicaciones y los primeros juegos con los sonidos de las palabras. No escribe,
no lee, no suma y no sabe perder, y ninguna de las cuatro se acelera insistiendo.
Es la mejor edad para instalar la rutina de diez minutos, porque todavía no hay
nada obligatorio con lo que competir.