Finales de octubre

Halloween para niños: actividades sin sustos de más

Halloween ha entrado en los colegios españoles por la puerta de la clase de inglés y ya no se va a ir; a la vez, el 1 de noviembre sigue siendo Todos los Santos, con la visita al cementerio, los huesos de santo y las castañas asadas en la calle. Para un niño de cuatro a ocho años las dos fiestas conviven sin problema: la calabaza y el disfraz por un lado, la merienda con los abuelos por el otro.

Lo que conviene en casa es medir el susto. A los tres y cuatro años la careta de un adulto asusta de verdad, y un niño que llora no está aprendiendo a ser valiente. Lo que funciona es lo que hace él mismo: recortar la calabaza de papel, pintar la cara del gato, inventar el monstruo. Con los de seis y siete, un cuento de miedo contado por vosotros, con la luz encendida, sale mejor que una película.

En el sitio hay ya material propio de la fecha: «Las caretas de Halloween», con la calabaza, el monstruo y el gato negro para colorear y recortar, y «La noche de Halloween», un cuadernillo de cuatro hojas con una lámina, un laberinto, tres mini-tareas y una medalla. Al lado siguen sirviendo «Recortar figuras» y «Recortar por la línea» para las caretas, «Dibuja la otra mitad» para una calabaza simétrica, «Busca la sombra» para jugar con siluetas y «Mensajes en clave» para una búsqueda del tesoro. Y para vosotros, «La tarde del 31 de octubre» y «Una careta hecha en casa».

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Juegos

Preguntas frecuentes

¿A qué edad puede disfrazarse de algo que da miedo sin que le afecte?

Cuando es él quien decide el disfraz y sabe que debajo está él mismo, normalmente a partir de los cinco años. Antes, lo que asusta no es su disfraz sino el de los demás: esa noche conviene que vea a los mayores ponerse la careta y quitársela, para que entienda el truco.

¿Se puede celebrar Halloween y Todos los Santos sin que se mezclen?

Se mezclan igual, y no pasa nada. Un niño de seis años entiende perfectamente que el 31 hay disfraces y el 1 se va a ver a la abuela y se comen buñuelos. Lo que sí ayuda es contarle de dónde viene cada cosa: una es una fiesta que ha llegado de fuera y la otra es la de recordar a los que ya no están.

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