Nadie aprende a leer por el abecedario. Las primeras letras se eligen por lo que se puede hacer con ellas, y con cinco bien elegidas ya se leen palabras.
La pregunta llega en cuanto un niño empieza a interesarse por las letras: ¿se
enseñan en orden? Y la respuesta corta es que sí, pero no en el del abecedario —
la a, be, ce no sirve para aprender a leer, sirve para buscar en un diccionario.
El orden que funciona se decide por otra cosa: por cuántas palabras se pueden
formar con lo que ya se tiene. Con cinco letras bien elegidas se leen palabras
reales la primera semana; con las cinco primeras del abecedario, ninguna.
Las cinco vocales, siempre primero
En español no hay discusión aquí, y es una de las grandes ventajas de nuestro
idioma: cinco vocales, cinco sonidos, sin excepciones. La a suena a en todas las
palabras y en todas las posiciones.
Eso significa que se pueden dar las cinco de golpe, en una semana, y quedan
aprendidas. En inglés eso es impensable — cada vocal tiene varios sonidos y hay
que aprenderlos uno a uno con ejemplos.
Y las vocales solas ya sirven: son las palabras más cortas que existen —«a»,
«y», «o»— y sobre todo son la mitad de cada sílaba que viene después.
Para esta fase, Aprende las letras
presenta cada una muchas veces y siempre con su sonido, que es lo que hace falta:
el nombre de la letra viene después y no sirve para leer.
Aquí está el criterio y explica todo lo demás: se empieza por las que
permiten hacer palabras enseguida.
El primer grupo: m, p, l, s, t. Son continuas o fáciles de
alargar, se pronuncian sin esfuerzo y con ellas más las vocales salen mamá, papá,
pelo, mesa, sopa, lata, ala. Media docena de palabras reales con cinco letras.
El segundo: n, d, f, b, c, r, v. Aquí ya se puede leer casi
cualquier cosa, y aparecen las primeras dificultades — la b y la d se parecen, la
c cambia de sonido.
Y al final: h, j, k, q, w, x, y, z, ñ. Las que casi no salen
en las primeras lecturas. Practicarlas antes de tiempo es gastar el rato en lo
menos rentable.
La m suele ir la primera por un motivo sencillo: se puede alargar —mmmm— sin
añadir ninguna vocal, y eso hace que juntarla con la a sea evidente. Con la p no
pasa: no hay manera de decirla sola sin que suene «pe», y ahí empieza el lío que
se cuenta en Cómo enseñar a leer
por sílabas.
El sonido, no el nombre
Es la regla que más cambia el resultado y la que más se salta.
Para leer mesa hay que juntar mmm-e-sss-a. Si el niño ha aprendido
los nombres, lo que junta es eme-e-ese-a, y de ahí no sale ninguna palabra. Es
uno de los atascos más comunes al empezar a leer y viene de una costumbre del
adulto.
Los nombres de las letras hacen falta después —para deletrear, para buscar en
un índice, para decir «con hache»—, pero no para leer, y meterlos antes de tiempo
estorba.
Con las mayúsculas pasa lo mismo: se enseñan por su sonido, no por su nombre,
aunque se escriban distinto.
Mayúsculas o minúsculas, y en qué orden
La mayoría de los colegios españoles empieza por las mayúsculas de imprenta, y
tiene su lógica: son rectas, no se enlazan y no hay que distinguir arriba de
abajo. Para una mano de cuatro años son claramente más fáciles.
El problema es que en los libros casi todo está en minúscula, así que hace
falta el paso siguiente relativamente pronto. Y ahí aparece lo difícil de verdad:
la b y la d, la p y la q, que en mayúscula se parecen bastante menos.
Sobre cuál usar y cuándo hacer el cambio hay más en Mayúsculas o minúsculas. Lo
que sí conviene, sea cual sea el orden, es no mezclar los dos tipos en la misma
hoja mientras la letra es nueva.
Cuántas por semana
Una o dos, y con muchas repeticiones. La tentación de meter cinco porque «se
las sabe» acaba casi siempre en que se confunden entre sí a las dos semanas.
La señal de que una letra está no es que la reconozca en una hoja de esa
letra. Es que la reconozca días después, mezclada con otras, sin que nadie avise
de cuál es — y que la escriba sin mirar el modelo.
Y conviene volver sobre las anteriores todo el tiempo. El repaso espaciado
—cinco minutos cada día con las que ya están— rinde más que introducir una
nueva.
Los nombres propios se saltan la cola
Hay una excepción a todo lo anterior que conviene aprovechar: las letras del
propio nombre.
Un niño aprende las letras de su nombre en cualquier orden y a cualquier edad,
porque le importan. Si se llama Jorge, la jota y la ge entran a los cuatro años
aunque en la lista vayan al final, y no pasa absolutamente nada.
Lo mismo con las de los nombres de casa, y con las que aparecen en algo que le
interesa. El orden es una guía para lo sistemático, no una prohibición.
Cuándo pasar de la letra a la sílaba
Es la pregunta que sigue a todo esto, y la respuesta es: antes de lo que
parece. En cuanto haya dos o tres consonantes del primer grupo.
Con la eme y las cinco vocales ya se puede leer ma, me, mi, mo, mu — y de ahí
sale «mamá», que es una palabra de verdad. Esperar a tener diez letras antes de
juntar ninguna es alargar la parte aburrida sin necesidad.
De hecho, en español conviene meter la sílaba muy pronto porque es la unidad
que de verdad se lee: nadie lee letra a letra, se leen trozos. Un niño que
practica sílabas desde la segunda semana empieza a leer palabras mucho antes que
uno que se pasa dos meses con letras sueltas.
La señal de que ya se puede es que reconozca las vocales sin dudar. Con eso y
una consonante, la tabla de sílabas ya tiene sentido.
El error de enseñarlas por orden alfabético
Merece un párrafo aparte porque sigue pasando, sobre todo con material comprado
que viene organizado de la a a la zeta.
El problema no es solo que la be vaya la segunda cuando debería ir bastante
después. Es que con a, be, ce, de no se puede formar ninguna palabra que un niño
reconozca, así que las cuatro primeras semanas no hay ninguna recompensa — solo
símbolos que memorizar.
Y hay un efecto peor: cuando por fin llegan la eme y la pe, el niño lleva ya
un mes tratando las letras como cosas que se memorizan y no como sonidos que se
juntan. Cambiar ese chip después cuesta.
Cómo practicarlo jugando
Aprende las letras es el que presenta
cada letra en contextos distintos hasta que reconocerla no cuesta nada, con la voz
diciendo su sonido cada vez.
Trazar letras trabaja el otro lado —el
gesto de escribirla— con el recorrido y la dirección marcados, que es la
información que un cuaderno no da.
Y Primer sonido es el que conecta con leer
de verdad: aislar el sonido con el que empieza una palabra, que es lo que hace
falta para juntar letras.
Cinco minutos al día, diciendo siempre el sonido. Sobre cuándo empezar con
todo esto está A qué edad empezar
con las letras.
Qué imprimir
Las hojas siguen el mismo orden. Escribir las vocales y
después Escribir las
consonantes, que trae el primer grupo: m, s, l, p, t y tres más.
Cuando esas salgan, Escribir más
consonantes con el segundo grupo —b, c, g, r, v— y una hoja donde la b y la d
van seguidas a propósito: lo que hace que dejen de confundirse no es separarlas
sino tener que decidir muchas veces.
Y las últimas, Las letras que salen
menos, para cuando el resto esté.
Para juntar el sonido con la letra sin escribir, Bingo de letras: el adulto dice el
sonido y el niño busca la casilla.
Lo esencial
El abecedario no es el orden para aprender a leer: las letras se eligen por
cuántas palabras permiten formar. Primero las cinco vocales, que en español son
cinco sonidos sin excepciones y se pueden dar de golpe. Después m, p, l, s, t,
que ya dan palabras reales. Luego el segundo grupo, y al final las que casi no
salen. Se dice siempre el sonido y no el nombre, una o dos letras por semana con
mucho repaso — y las del propio nombre se saltan la cola, porque esas se
aprenden solas.