Cálculo y matemáticas

Las casitas de números

Por El equipo de Kodomi Club · 4 de septiembre de 2026 · 8 min

Las casitas de números

Es la pieza que sostiene todo el cálculo mental posterior, y la que más se salta: partir un número en dos.

Hay una diferencia enorme entre dos niños de siete años que suman igual de bien. Uno resuelve 8 + 5 contando cinco desde el ocho. El otro lo resuelve así: del 8 al 10 van dos, me quedan tres, trece.

El segundo no calcula mejor: sabe partir el cinco en dos y tres. Esa capacidad —descomponer— es la que separa a quien acabará calculando de cabeza de quien seguirá contando con los dedos, y es exactamente lo que trabaja Descompón el número.

Qué es una casita

En el tejado vive un número. En cada piso hay dos ventanas, y las dos ventanas de un piso tienen que sumar el número del tejado. La casita del seis tiene cinco pisos: 1 y 5, 2 y 4, 3 y 3, 4 y 2, 5 y 1.

Es la descomposición completa de un número, puesta en orden y de un vistazo. Y ese orden es lo que la hace mejor que una lista de sumas: al rellenarla se ve que cuando un lado sube, el otro baja.

Ese patrón no es un adorno. Es la primera vez que un niño ve una relación entre dos cantidades que cambian a la vez, y es lo que le permitirá después deducir una pareja sin haberla memorizado.

Por qué el diez es especial

Todas las casitas valen y la del diez vale más. Nuestro sistema de numeración se apoya en el diez, así que las parejas que lo forman son las que se usan constantemente.

Un niño que tiene automatizadas las parejas del diez cruza la decena sin esfuerzo, presta y pide prestado en columna sin problema, y calcula el cambio en una tienda. Uno que no las tiene se pelea con todo eso durante dos cursos.

Merece la pena dedicarle tiempo extra: no una casita más entre otras, sino un cartel en la pared, un juego de cartas, preguntas sueltas durante el día. «Siete y cuántos son diez» debería contestarse en menos de un segundo.

Antes del papel, los objetos

La casita se entiende mucho mejor si antes se ha hecho con las manos. Nueve garbanzos repartidos en dos montones, y contar cuántos hay en cada uno. Volver a repartirlos de otra manera. Y otra.

Lo que se descubre haciendo eso es lo importante: el total no cambia. Nueve siguen siendo nueve estén repartidos como estén. Parece obvio para un adulto y no lo es a los cinco años.

Juegos como Pon la mesa hacen ese trabajo con un motivo real —que a nadie le falte un plato—, y un niño que se pierde contando fichas sueltas suele resolver bien la misma tarea cuando hay una razón para contar.

Un dato en cada piso

En las fichas, cada piso viene con una ventana rellena y la otra vacía. No es casual: dar el total y las dos ventanas vacías convertiría el ejercicio en buscar parejas al azar, que es otra cosa.

Con un dato puesto, la operación que hay que hacer es una resta —seis menos dos— aunque el ejercicio parezca de sumar. Y ahí está el segundo valor de la casita: se resta sin que nadie haya dicho la palabra.

En las casitas de números más altos, el dato va alternando de lado a propósito. Con el dato siempre a la izquierda, el niño acaba rellenando en automático sin mirar el tejado.

El patrón que se descubre solo

Cuando lleva tres o cuatro casitas rellenas, casi siempre pasa algo: deja de calcular y empieza a escribir. Ha visto que la columna de la derecha va bajando de uno en uno mientras la izquierda sube.

No es hacer trampa: es haber encontrado una regla, que es mejor que calcular treinta veces. Conviene celebrarlo y después pedirle que explique por qué pasa. Explicarlo es más difícil que verlo.

Y conviene, después, mezclar los pisos desordenados en alguna hoja, para que la regla no sustituya del todo al cálculo.

Cuántas y con qué números

Del cuatro al diez a los cinco o seis años. Las casitas de números pequeños son cortas —la del cuatro tiene tres pisos— y dan la sensación de logro enseguida.

Cuatro casitas por hoja y una hoja por sesión. Es un ejercicio de concentración tranquila y a la quinta casita se hace mecánico, que es cuando deja de enseñar.

Por encima del diez la cosa cambia bastante, y de eso va el artículo sobre descomponer por encima del diez: ahí ya no valen los dedos y aparecen las parejas que de verdad hacen falta.

El cero y el número entero

Una pregunta que suele salir: ¿por qué la casita del seis no tiene el piso «0 y 6»? Se puede incluir y nosotros no lo hacemos, por una razón práctica: a esta edad el cero como sumando confunde más de lo que aporta.

Cuando el niño lo pregunte, conviene contestar que sí, que también vale, y dejarlo ahí. Que haya preguntado significa que ya está viendo el patrón entero, que era el objetivo.

De la casita a la resta

Hay una manera de aprovechar la casita rellena que casi nadie usa: leerla al revés. Si en la casita del nueve hay un piso con 4 y 5, entonces 9 − 4 es 5 y 9 − 5 es 4.

Preguntarlo así, señalando el piso, enseña de golpe que sumar y restar son la misma relación. Y como la casita está delante, la respuesta se comprueba sola.

Es un ejercicio de un minuto que se puede hacer con cualquier casita ya rellena, y merece la pena hacerlo con todas. Cada piso da dos restas de regalo, así que una casita del nueve terminada son ocho parejas de sumas y dieciséis restas contestadas sin escribir ni una cuenta más.

Con los meses, esa lectura al revés es la que permite resolver «catorce menos seis» pensando «seis y cuántos son catorce». Y esa es, literalmente, la manera en que calcula un adulto.

Cómo practicarlo jugando

Descompón el número es el juego central de esta idea: parte un número en dos y hay que encontrar la pareja que falta, que es exactamente un piso de la casita.

Sumar jugando mantiene rodada la suma directa, y Pon la mesa trabaja la correspondencia y el reparto con objetos, que es el paso anterior al papel.

Qué imprimir

Las Casitas de números son tres hojas con las casitas del cuatro al diez, con la del diez en una página entera por lo que vale.

Después, las Casitas hasta 20 siguen con los números del once al dieciséis. Y para practicar la suma que todo esto sostiene, las Sumas hasta 10.

Lo esencial

  • Descomponer es lo que separa a quien calculará de cabeza de quien seguirá contando con los dedos.
  • La casita enseña todas las parejas de un número juntas y en orden, y ese orden hace visible el patrón.
  • Las parejas del diez merecen tiempo aparte: son las que se usan constantemente y deberían salir en menos de un segundo.
  • Con un dato puesto en cada piso, el niño está restando aunque el ejercicio parezca de sumar.
  • Leer la casita al revés —«si 4 y 5 son 9, entonces 9 menos 4…»— enseña de golpe que sumar y restar son lo mismo.

Para practicarlo jugando

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