Las tablas no se entienden mejor por explicarlas más veces. Se automatizan
por el número de veces que se ven, y ese número es alto: varios cientos de
encuentros con cada producto antes de que salga sin pensar.
Así que el problema real no es didáctico, es logístico: cómo conseguir
cientos de repeticiones sin que el niño abandone a la tercera hoja. Tablas de multiplicar resuelve una
parte con partidas de cinco minutos; el resto hay que buscarlo en otros
formatos.
Cinco minutos al día
Es la regla que más rinde y la que menos se sigue. Cinco minutos diarios
durante un mes son ciento cincuenta minutos repartidos en treinta sesiones.
Media hora un sábado durante cinco semanas son los mismos minutos en cinco
sesiones.
Los primeros funcionan y los segundos no, y la diferencia no es de
voluntad: la memoria consolida entre sesiones, no dentro de ellas.
La consecuencia práctica es que conviene elegir formatos cortos. Cualquier
cosa que dure cinco minutos y se pueda repetir todos los días vale más que
una actividad estupenda que se hace una vez al mes.
Cuáles cuestan de verdad
No todas las tablas son iguales, y tratarlas como si lo fueran gasta
tiempo. La del 1, la del 2, la del 5 y la del 10 se aprenden casi solas. La
del 3 y la del 4 cuestan poco.
Lo difícil es el 6, el 7, el 8 y el 9. Y dentro de esas, unos pocos
productos concretos: 6×7, 6×8, 7×8, 7×9, 8×9. Si se cuentan, son cinco.
Concentrar el esfuerzo en esos cinco en vez de recitar las diez tablas
enteras cambia mucho el rendimiento del tiempo invertido. Está desarrollado
en el artículo sobre las tablas
difíciles.
El truco del nueve
La tabla más temida tiene un patrón que la vuelve la más fácil de
comprobar: las cifras de sus resultados suman nueve. 18, 27, 36, 45, 54, 63,
72, 81.
Y hay más: la primera cifra es siempre uno menos que el multiplicador.
9×6 empieza por 5, y la otra cifra es lo que falta para nueve, o sea 4:
cincuenta y cuatro.
Enseñarlo produce bastante entusiasmo y tiene un efecto colateral bueno:
el niño empieza a buscar patrones en las otras tablas. Los hay.
La mitad del trabajo ya está hecha
Una cosa que casi nadie dice y que ahorra la mitad del esfuerzo: 6×7 y 7×6
son lo mismo.
Eso significa que de los productos que quedan por aprender, la mitad son
repeticiones. Decirlo explícitamente y comprobarlo con puntos —tres filas de
cuatro y cuatro filas de tres— quita bastante peso.
Y da una estrategia: cuando no salga 7×8, se puede intentar 8×7, que a
veces está más disponible por haberse practicado en otro orden.
Reconstruir desde una cercana
Un producto olvidado no está perdido si se sabe reconstruirlo. 6×7 es 6×6
más seis. 7×8 es 7×7 más siete. 8×9 es 8×10 menos ocho.
Esa última es especialmente útil, porque multiplicar por diez es
inmediato. Cualquier producto por nueve es el producto por diez menos el
número.
Reconstruir es más lento que recordar y es infinitamente mejor que
quedarse en blanco. Y con el tiempo, el camino corto acaba imponiéndose
solo.
Los dos sentidos
Recitar la tabla entrena ir de la cuenta al resultado. Falta el otro
sentido: ver 56 y saber que es 7×8.
Es el que hace falta para dividir, para simplificar fracciones y para casi
todo lo que viene después, y casi no se practica. Los formatos que lo trabajan
son el bingo —resultados en el cartón—, el memori y los laberintos de
múltiplos.
Divisiones con resto es donde se
cobra: buscar el múltiplo más cercano por debajo es exactamente esa
habilidad.
El laberinto, que da treinta comprobaciones
Un laberinto donde el camino solo pisa múltiplos de siete obliga a
comprobar unas treinta casillas para llegar a la salida. Treinta
comprobaciones hechas por voluntad propia.
La diferencia con una lista de treinta preguntas es todo: aquí el cálculo
es el peaje y lo que se quiere es salir. Y si se mete por una rama
equivocada, tiene que volver, que también entrena algo.
Conviene decir que el camino es único y que los números de fuera nunca
cumplen la regla. Así puede fiarse de lo que deduce.
Media docena, y conviene rotarlos para que ninguno se agote. Preguntas
sueltas en el coche. Una partida de memori. Un cartón de bingo. Media hoja de
laberinto. Cinco minutos de juego en pantalla. Las tablas dichas mientras se
suben escaleras.
Lo importante no es cuál, es que sea corto y que se repita. Un niño que
hace tres formatos distintos en una semana ve las mismas tablas desde tres
sitios, y eso consolida mejor que treinta repeticiones iguales.
Con o sin tabla a la vista
Al principio, a la vista. El objetivo de las primeras sesiones es que no se
atasque, no evaluar.
Después se pasa a tenerla boca abajo en la mesa: se puede consultar pero
cuesta un gesto, así que solo se hace cuando hace falta de verdad. Y por
último se retira.
Retirarla demasiado pronto produce bloqueos y frustración; dejarla
demasiado tiempo impide que la memoria trabaje. El punto medio es cuando la
consulte cada vez menos por su cuenta.
Medir sin exámenes
Una manera sencilla de ver si avanza: seis productos difíciles preguntados
sueltos, cronometrando mentalmente. Se apunta cuántos salen en menos de tres
segundos.
Repetir la prueba cada tres semanas con otros seis da una idea bastante
clara y no se vive como un examen. Y ver que el número sube es lo que
convence al niño de que el rato invertido servía.
Lo que no funciona
Recitar la tabla entera de corrido como única práctica: produce una canción
que solo se puede cantar desde el principio.
Y las sesiones largas de castigo, que garantizan que el niño asocie las
tablas con algo desagradable. Un tema que da pereza se practica menos, y lo
que se practica menos se olvida más: es un círculo que conviene no
empezar.
Cómo practicarlo jugando
Tablas de multiplicar hace
partidas de cinco minutos con opciones falsas que son productos vecinos, así
que no se acierta por descarte.
Divisiones con resto trabaja el
sentido inverso, y Encuentra la
pareja mantiene la mecánica del memori, que es el otro formato corto que
funciona.
Qué imprimir
El Laberinto de las
tablas difíciles son tres laberintos de múltiplos de 6, de 8 y de 9, con
las soluciones sombreadas.
Para el repaso directo, las Tablas mezcladas y las Tablas del 6 al 9.
Y para jugar, el Bingo de
multiplicar.
Lo esencial
- Las tablas se automatizan por número de veces que se ven. El problema no
es explicarlas: es conseguir las repeticiones.
- Cinco minutos al día durante un mes rinden mucho más que media hora los
sábados. La memoria consolida entre sesiones.
- Lo difícil son cinco productos: 6×7, 6×8, 7×8, 7×9 y 8×9. Concentrar el
esfuerzo ahí.
- 6×7 y 7×6 son lo mismo: la mitad del trabajo está hecha, y decirlo quita
bastante peso.
- Falta el sentido inverso —ver 56 y saber que es 7×8— y es el que hace
falta para dividir.