La resta es la operación que menos práctica voluntaria recibe. Nadie
resta por gusto: cuesta más que sumar, la serie hacia atrás no está
automatizada y las hojas de restas se abandonan antes que las de sumas.
Y a la vez necesita más repeticiones que ninguna, precisamente por eso.
Ese círculo es el problema, y el formato de juego de mesa es la manera más
sencilla de romperlo. En pantalla lo resuelve Restar jugando con estrellas y niveles; en
casa hace falta otra gente.
El bingo, y por qué funciona así
En el cartón van los resultados. Quien canta lee la resta en voz alta:
«quince menos siete». El que tenga el 8 lo tacha.
La decisión de diseño importante es esa: los resultados en el cartón y las
restas cantadas. Al revés —restas en el cartón y resultados cantados— se
podría buscar una cadena de símbolos sin calcular nada.
Así no hay atajo: el número que se busca solo existe después de haber
hecho la resta. Y eso pasa treinta veces por partida sin que nadie lo
pida.
La cantidad, que es lo que faltaba
Treinta restas en diez minutos es más de lo que aguanta cualquier hoja. Y
llegan sin fatiga porque lo que mueve al niño no es acabar el ejercicio, es
ganar.
Hay además una cosa que la hoja no da: hay que estar atento a todas las
restas que se cantan, no solo a las que uno tiene. Esa atención sostenida
durante diez minutos es un trabajo aparte y bastante valioso.
Y una tercera: los resultados se repiten a lo largo de la partida, así que
la misma resta se resuelve varias veces separada por minutos, que es la forma
de repetición que mejor fija un cálculo.
Cantar despacio
El error más común de quien canta es ir rápido para que la partida sea
emocionante. Con eso, el que va justo de cálculo se queda atrás, mira el
cartón del vecino y deja de calcular.
Cinco segundos entre ficha y ficha las primeras partidas. Se puede
acelerar después, cuando todos vayan sobrados, y entonces la velocidad sí
añade algo en vez de excluir a alguien.
Y una regla de la casa que arregla casi todo: si alguien tiene el número y
no lo ha visto, se le avisa. Esto no es una competición de vista.
Qué restas poner
Las que cruzan la decena, que son las que de verdad cuestan: 15 − 7, 13 −
6, 14 − 8. Las que no la cruzan —18 − 3— se resuelven sin pensar y no
entrenan nada.
Por eso el cartón lleva resultados del 1 al 16 y las fichas cantadas
cruzan la decena. Es una elección deliberada: si el juego fuera fácil, no
serviría.
Si el niño todavía se atasca ahí, el bingo no es el sitio: hay que volver
unos días a la estrategia del diez, que está contada en el artículo sobre por qué la resta
cuesta más.
Decir la cuenta en voz alta
Una regla que multiplica el valor del juego: al tachar, decir la resta
completa. «Quince menos siete son ocho.»
Sirve para que el adulto oiga cómo lo hace. Si dice «quince, catorce,
trece, doce...», está contando hacia atrás y ahí hay trabajo pendiente. Si
dice «de siete a diez van tres, y cinco más», la estrategia está puesta.
Es información que ninguna hoja da, y llega gratis y en tiempo real.
Tres o cuatro jugadores
Con dos, la partida se acaba en un minuto y no da tiempo a nada. Con tres
o cuatro hay suficientes fichas cantadas y suficiente tensión.
Y con hermanos de edades distintas tiene una virtud poco común: se puede
jugar la misma partida con contenidos distintos. El pequeño con un cartón de
sumas, el mediano con restas, el mayor con multiplicaciones.
Todos juegan a lo mismo, todos pueden ganar y cada uno trabaja lo suyo.
Pocas actividades permiten eso.
El que canta también trabaja
Se suele dar por hecho que es el papel aburrido. Es el más exigente: hay
que leer la resta, resolverla mentalmente para comprobar y vigilar quién ha
tachado bien.
Por eso es la mejor manera de que participe alguien que ya vuela con las
restas, y por eso conviene rotar el papel entre todos.
Tiene además un efecto social que no conviene desaprovechar: el que canta
lleva el ritmo. Para un niño que se frustra fácil, tener el control de la
partida cambia cómo la vive.
Cuando a alguien no le sale nada
Pasa, y es la manera más rápida de que no quiera volver a jugar. Con nueve
casillas y dieciséis números posibles, la mala suerte existe.
El remedio que mejor funciona: no jugar a cartón lleno sino a cinco
casillas, de modo que las partidas sean cortas y haya muchas. Con seis
partidas en media hora, la suerte se reparte.
Y para el más pequeño, un cartón de dos por dos con menos números.
Guardarlo
Un juego recortable se usa dos veces o veinte según si se guarda. Un sobre
con el nombre escrito, o una bolsa con cierre, y sigue disponible dentro de
seis meses.
Conviene imprimir en el papel más grueso que admita la impresora, o pegar
en cartulina antes de recortar. Las fichas finas se doblan, y una ficha
doblada se reconoce por detrás.
Variantes con el mismo material
Tres, que alargan bastante la vida del juego. La primera: cantar el
resultado y pedir que quien lo tenga diga una resta que lo dé. Es más difícil,
porque hay que producir en vez de reconocer.
La segunda: bingo a la contra, donde gana el último en llenar el cartón. De
repente interesa no tener los números que salen, y hay que estar igual de
atento.
Y la tercera, para los que ya vuelan: dos fichas cantadas seguidas, y se
tacha el resultado de restarlas entre sí. Sube mucho el nivel sin imprimir
nada nuevo.
Con la suma al lado
Una manera de aprovechar el material que conviene y que casi no se usa:
mezclar el bingo de sumas y el de restas en la misma partida.
Entonces hay que leer el signo antes de calcular, que es el descuido
clásico de esta edad, y está contado en el artículo sobre mezclar las
operaciones. Con las fichas de las dos barajas en la misma bolsa, cada
cuenta obliga a decidir.
Cómo practicarlo jugando
Restar jugando hace la práctica
individual con apoyo visual, que es lo que hace falta mientras la estrategia
todavía no está.
Resuelve la operación pide el
cálculo directo sin apoyo, y Descompón
el número trabaja la descomposición, que es el requisito escondido para
restar sin contar.
Qué imprimir
El Bingo de restar trae
cartones para tres jugadores y las fichas para quien canta, con restas que
cruzan la decena.
Para los más pequeños, el Bingo de
sumas, y para los mayores el Bingo de multiplicar. En papel,
las Restas hasta 20.
Lo esencial
- La resta necesita más repeticiones que ninguna operación y es la que
menos práctica voluntaria recibe.
- Los resultados van en el cartón y las restas se cantan. Al revés se
podría acertar sin calcular.
- Las restas que cruzan la decena son las que entrenan. Si el juego fuera
fácil no serviría de nada.
- Decir la cuenta en voz alta al tachar deja oír qué estrategia usa, y eso
llega gratis.
- Partidas cortas a cinco casillas: con seis partidas en media hora, la
mala suerte se reparte y nadie se queda sin tachar.