Si hubiera que elegir una sola actividad de mesa para preparar la mano de un
niño de cuatro años antes de escribir, no sería una hoja de trazos: serían unas
tijeras.
El motivo es anatómico y bastante directo. Abrir y cerrar unas tijeras usa los
mismos músculos que después sujetan el lápiz —los del pulgar, el índice y el
corazón— y los usa contra resistencia, que es como se fortalecen. Media hora
recortando hace por la escritura más que media hora de trazos, y encima el niño no
lo vive como un ejercicio.
Eso no quita lo otro: el recorrido y la dirección de cada letra hay que
aprenderlos aparte, y para eso está Trazar
letras. Son dos mitades distintas del mismo asunto.
Lo que hace la mano al recortar
Tres cosas a la vez, y ninguna es evidente mirando desde fuera.
Abrir y cerrar contra resistencia. El papel se resiste, y esa
resistencia es lo que fortalece. Por eso recortar cartulina cunde más que recortar
folio, aunque cueste más.
Girar el papel con la otra mano. Esta es la parte que casi
nadie enseña y la que más cuesta: las tijeras no giran, gira el papel. Un niño que
intenta seguir una curva torciendo las tijeras acaba con un recorte con picos.
Coordinar las dos manos en tareas distintas —una corta, la otra guía— es una
habilidad en sí misma.
Parar donde toca. Cerrar las tijeras justo en el punto donde
acaba la línea, sin pasarse. Es exactamente el mismo control que después hace que
una letra no se salga del renglón.
El orden que funciona
No se empieza por la línea recta, aunque parezca lo más fácil. Se empieza por
algo más simple todavía:
Tres años y medio o cuatro: dar tijeretazos. Tiras de papel
estrechas —tres o cuatro centímetros— y cada corte las parte del todo. Un
movimiento, un trozo que cae. No hay que seguir nada, solo abrir y cerrar. Esta
fase es la que más fortalece y la que más se salta.
Cuatro años: la línea recta. Una raya gruesa de rotulador y a
seguirla. Aquí ya hay que hacer varios cortes seguidos sin sacar las tijeras del
papel, que es más difícil de lo que parece.
Cuatro y medio o cinco: la línea quebrada. Zigzag. Obliga a
parar y cambiar de dirección, que es donde entra en juego girar el papel.
Cinco años: las curvas. Círculos grandes primero. Aquí la
mano que sujeta el papel trabaja más que la que corta.
Cinco y medio o seis: recortar figuras. Contornos con entrantes
y salientes, que es lo que hace falta para cualquier recortable de verdad.
Qué tijeras comprar
Punta roma, hoja corta —unos doce centímetros— y de metal. Las tijeras de
plástico entero no cortan: se doblan, el papel se arruga y el niño concluye que
recortar es imposible. Es de los pocos casos en que el material barato arruina la
actividad entera.
Si el niño es zurdo, tijeras de zurdo. No es un detalle menor: unas tijeras
normales usadas con la izquierda tapan la línea de corte con la propia hoja y el
papel se dobla en lugar de cortarse. Lo contamos en Niños zurdos: qué cambia de verdad.
Las tijeras con muelle —que se abren solas— sirven para el niño que aún no
tiene fuerza para abrirlas, aunque conviene pasar a las normales en cuanto pueda:
abrir es la mitad del ejercicio.
Cómo se sujetan y cómo se corrige
Hay una postura correcta y merece la pena instalarla desde el principio, porque
después cuesta cambiarla igual que el agarre del lápiz.
El pulgar arriba, en el agujero pequeño. El corazón —y a veces el anular—
abajo, en el grande. El índice se queda fuera, apoyado en el lateral, guiando. Y
el pulgar mirando siempre al techo: si la mano se gira y el pulgar acaba mirando
al suelo, las tijeras cortan de lado y el papel se dobla.
El fallo más común es meter todos los dedos en el agujero grande y cerrar con
la fuerza del puño. Se corrige poniéndole una pegatina en la uña del pulgar y
diciéndole que la pegatina tiene que verse siempre desde arriba. Funciona mejor
que cualquier explicación, porque le da algo que mirar.
El otro fallo es de la mano que no corta: el niño la deja quieta o sujeta el
papel demasiado cerca del corte. Se le dice que esa mano es la que gira el papel,
y que agarre por la parte de lejos.
Los tres errores del adulto
Sujetarle el papel. Se hace con la mejor intención y quita
justo la mitad del aprendizaje. Es mejor darle una hoja pequeña, que se maneja
sola, que sujetarle una grande.
Pedir que quede bien. Un recorte de un niño de cuatro años
tiene picos y se sale, y así es como tiene que ser. Lo que se está entrenando es
la mano, no el resultado. Si el recorte va a servir para algo —un memori, un
dominó—, conviene que el adulto recorte esas piezas y le deje al niño otras hojas
para practicar.
Vigilar de más. Con tijeras de punta roma y a la vista, un niño
de cuatro años puede recortar sin que haya nadie encima. Estar cerca sí; corregir
cada corte, no.
Qué recortar cuando se acaban las fichas
Casi cualquier cosa, y esto tiene la ventaja de que no cuesta nada:
publicidad del buzón, cajas de cereales —cartón fino, que se resiste bien—,
revistas viejas. Recortar figuras de un catálogo y pegarlas en una hoja para
hacer un collage es de las actividades que más aguanta un niño de cinco años
seguido.
Y hay una versión con más miga: recortar y clasificar. Se recortan veinte cosas
de una revista y se pegan en dos columnas, «lo que se come» y «lo que no». Se
trabaja la mano y de paso la clasificación, que a esa edad es el trabajo mental
principal.
Cómo practicarlo jugando
La pantalla no puede entrenar la fuerza de la mano —eso solo lo dan las
tijeras, la plastilina y el lápiz—, pero sí la parte de precisión y de seguir un
recorrido, que es la otra mitad.
Laberinto es seguir un camino sin salirse, que
es exactamente lo que hace la mano al recortar por una línea. Une los puntos añade parar en un punto concreto
antes de seguir, que es el control que falta cuando el niño se pasa del final de
la línea.
Y Trazar letras para el recorrido concreto
de la escritura, cuando ya toque.
Qué imprimir
Los recortables van directos: Dominó para imprimir y Memori para recortar tienen líneas
de puntos rectas y largas, que es el mejor material de práctica para un niño de
cinco o seis años — y encima, al terminar, hay un juego.
Para el niño más pequeño, cualquier hoja sirve como papel de práctica: los laberintos ya hechos se pueden
recortar por la mitad, en tiras, en cuadrados. Una hoja usada vale exactamente lo
mismo que una nueva para esto.
Y el marco general —qué prepara la mano y en qué orden— está en Grafomotricidad: por dónde
empezar.
Y para cuando recortar ya salga bien, el tangram: siete piezas que hay
que cortar con precisión porque después tienen que encajar unas con otras. Es de
los pocos recortables donde el corte tiene consecuencias.
Lo esencial
Recortar fortalece exactamente los músculos que después sujetan el lápiz, y lo
hace contra resistencia, que es como se ganan. Se empieza a los tres y medio o
cuatro dando tijeretazos a tiras estrechas —sin seguir ninguna línea—, y de ahí a
la recta, el zigzag, las curvas y las figuras. Hacen falta tijeras de metal con
punta roma, y de zurdo si el niño lo es. El adulto no sujeta el papel y no exige
que quede bien: lo que se entrena es la mano.